UNA DAMA EN PELIGRO

Fredric Brown

 

 

 

Título original: The late lamented

Traducción: René Cárdenas Barrios

© 1965 Editorial Diana S.A.

Tlacoquemécatl 73 - México D.F.

Edición digital: Gustavo Masso

 

 

CAPÍTULO UNO

 

—Gin, Ed —dijo mi tío y puso sus cartas sobre la mesa—. ¿Tengo puntos suficientes para ganar el juego?

Sumé mis cartas, que no formaban ninguna combina­ción y moví la cabeza afirmativamente.

—Y un buen juego. Yo no tengo nada —sumé las can­tidades—. Cuatrocientos treinta y ocho dólares. Lo que hace la suma acumulativa... déjame ver; te debo ocho mil seis­cientos veintidós. Me estás dominando.

Sería mucho dinero, si hubiera significado algo, pero, por supuesto, no era así. Llevábamos una anotación, a un dólar el punto, solamente por diversión. Siempre que alguno de los dos llegaba a deber al otro diez mil dólares, le pagaba con una invitación a cenar en un buen restau­rante, uno de los establecimientos en que no podíamos hacerlo regularmente y después al teatro, si había un buen espectáculo en Chicago que quisiéramos ver, o a un club nocturno que no fuera muy costoso y que tuviera buena variedad. Eso liquidaba la deuda de diez mil dólares y volvíamos a iniciar nuestra anotación de gin rummy. La anotación solamente llegaba al límite de los diez mil dó­lares cada par de meses, que no era demasiado para per­mitirnos pasar una noche en la ciudad.

Tío Am miró su reloj.

—¿Quieres salir a comer, muchacho, o jugamos antes otro juego?

Estaba a punto de votar en favor de otro juego... yo no tenía hambre todavía, cuando sonó el teléfono. Tío Am lo levantó y dijo:

—Agencia de Detectives Hunter y Hunter. —Y después añadió—: Espera un minuto, Ben. Ed también está aquí; deja que vaya hasta la extensión telefónica y escuche, para que no tengamos que hablar dos veces de lo mismo, ¿está bien?

Me hizo una señal con la cabeza y yo salí al cuarto de recepción y me encaminé hacia la extensión telefónica que había allí. Pero antes de levantar el aparato, déjenme decirles quiénes son los Hunter; en el relato explicaré quién es Ben.

Soy Ed Hunter, de veinticinco años. Ambrose Hunter, de cuarenta y cinco años, bajo, rollizo y hábil, es el her­mano de mi padre y mi único familiar viviente. Trabajó muchos años en un circo. Después que murió mi padre, cuando yo tenía dieciocho años, trabajé por un par de temporadas en el circo, con mi tío. Después, nos separa­mos y regresamos a Chicago. Tío Am había sido detective privado antes de agregarse al circo y consiguió trabajo con Ben Starlock. Ben tiene una agencia de investigacio­nes de tamaño regular, con empleados de oficina y de diez a doce agentes. Poco después, cuando yo tenía veinte años, tío Am convenció a Ben para que también me contratara como agente. Ambos trabajamos varios años para Ben, reunimos un poco de dinero y decidimos correr el riesgo de abrir nuestra propia agencia, Hunter y Hunter. Eso fue hace un par de años; perdimos dinero por un tiempo y después recuperamos las pérdidas; ahora tenemos saldo en negro. No estamos haciéndonos ricos, pero ganamos para vivir.

Y seguimos siendo amigos de Ben Starlock; algunas veces, cuando tiene más trabajo del que pueden hacer sus agentes, nos pide ayuda. Y viceversa. Así funcionan las agencias de investigaciones. Por días y hasta semanas, no tiene uno nada que hacer y, de pronto, necesita más detec­tives de los que tiene, ya sea que se trate de una agencia grande, como la de Starlock, o una sociedad de dos hom­bres, como Hunter y Hunter. Casi todas las agencias man­tienen relaciones amistosas con una o dos más, para resol­ver tales emergencias.

Me senté en la esquina del escritorio del cuarto de recepción, que debía pertenecer a una estenógrafa, tene­dora de libros y recepcionista, si alguna vez estuviéramos en una situación bastante solvente para necesitarla y le­vanté el teléfono. Dije:

—Hola, Ben. Ahora estamos los tres en comunicación. Dispara.

—¿Están disponibles?

—No estamos trabajando por el momento, si eso es lo que quieres decir.

Ben Starlock gruñó.

—Pero oigan antes una cosa. No podré utilizarlos, si no es propicia la respuesta a una pregunta. ¿Cuándo fue la última vez que estuvieron en mi agencia? ¿Juntos o se­parados?

—Estuve junto —bromeó mi tío—. Creo que fue hace un mes, aproximadamente. Cuando menos, ésa fue la úl­tima vez que fui yo. No creo que Ed haya ido desde enton­ces. ¿Lo has hecho, Ed?

—No —contesté—. Ésa fue la última vez. Pero yo diría que fue hace cinco semanas, tal vez seis, no un mes.

—¿Quién era la recepcionista?

—La pelirroja alta —dije—. No sé su nombre.

—Bueno —Starlock pareció aliviado—. ¿Puedo verlos dentro de media hora?

—Seguro —respondió tío Am—. ¿En tu oficina?

—Diablos, no. Si se presentan por aquí, no hay trato. Yo iré a ese agujero en la pared que tienen. Hasta luego.

Tío Am me miró cuando entré a la oficina privada.

—¿Por qué diablos habrá dicho eso?

Me apoyé contra el marco de la puerta y comenté:

—No estás pensando, tío Am. Se reduce a una cosa. Alguien que trabaja en su oficina está involucrado en lo que él desea que hagamos y no quiere que esa persona nos vea. Y esa persona ha trabajado allí solamente un mes o algo así, o él ya nos habría visto.

Tío Am movió la cabeza.

—Quiere decir, ella nos habría visto ya. Tiene que ser la que reemplazó a la pelirroja como recepcionista. Ben no estaba seguro respecto a si podríamos hacer el trabajo, hasta que supo que la pelirroja todavía trabajaba allí la última vez que fuimos —volvió a encender su cigarro puro, que se había apagado durante la conversación tele­fónica—. Pero no tiene objeto gastarnos el cerebro, dedu­ciendo lo que él mismo nos dirá pronto. Tenemos tiempo para otro juego de gin. ¿Está bien?

—Creo que no —contesté—. Debo enviar el cheque de la renta y el de la cuenta del teléfono. Será mejor que lo haga ahora, por si ese trabajo es algo que debamos empe­zar inmediatamente.

Volví al escritorio del cuarto de recepción y comencé a trabajar. Preparé los cheques para ser enviados y después hallé otras cosas que hacer, para estar ocupado, o cuando menos parecer ocupado, cuando llegara Starlock.

Cuando se presentó, entré con él a la oficina privada y le ofrecimos el de los clientes. Tío Am le preguntó:

—¿Cómo están los negocios, Ben?

—Infames. Ahora mismo, tengo cuatro agentes senta­dos, esperando. Pero ustedes son lo bastante hábiles para haber deducido por qué no puedo usar mis propios de­tectives.

—Seguro —respondió tío Am—. ¿Cuánto tiempo ha trabajado contigo? ¿Un mes, aproximadamente?

—Más o menos. Pero sólo seguirá conmigo dos días más. Ya avisó que dejará el empleo el sábado.

—¿Y qué sospechas de ella? No que ha estado robando estampillas postales. ¿Quizá información de tus archivos?

Starlock movió la cabeza. Sonrió y pareció un Buda benigno, como sucede siempre que sonríe. Es un hombre grande, con cuerpo como el de un Buda y hasta tiene una verruga en medio de la frente, para hacer más grande la semejanza.

—No sospecho nada de ella y menos de robar infor­mación de mis expedientes, ya que no tiene acceso a ellos. No, Am, tengo un cliente que está interesado en ella. Cree que puede saber dónde están ocultos cuarenta y seis mil dólares. ¿Han leído las noticias del caso de Jason Rogers?

—El nombre me suena conocido. Pero pregunta a Ed; él es quien tiene mejor memoria de los dos. Si leyó las noticias, quizá pueda repetirte los detalles de todo.

Starlock me miró.

—¿Leíste las noticias, Ed? ¿Y qué puedes recordar de ellas?

—Estuve en Freeland —expliqué—. ¿Tú vives allá to­davía, Ben?

Starlock movió la cabeza afirmativamente. Freeland es una ciudad pequeña, situada a orillas del Condado de Cook. No es exactamente un suburbio de Chicago y goza de independencia política, pero muchas personas que trabajan en Chicago viven allí y se transportan en omnibuses.

—Jason Rogers era tesorero de la Ciudad de Freeland. Hace un par de meses... —dije.

—Seis semanas —me interrumpió Ben—. Adelante. Yo te corregiré si estás equivocado en algo.

—Hace seis semanas, murió… atropellado por un carro. No recuerdo los detalles del accidente, pero creo que no fue un caso de "pega y huye".

—No lo fue. Adelante.

—Bueno, aparentemente era muy conocido y lo que­rían bien allí y había sido tesorero por bastante tiempo... ¿Cuánto, Ben?

—Trece años. Es un cargo de elección, cada dos años y fue electo siete años seguidos. Las dos últimas veces, sin oposición. Estaba a la mitad de su séptimo periodo, cuando murió.

—Sí —dije—. De cualquier modo, lo querían. Le hicie­ron un obituario amable y un editorial elogioso. Fue el lamentado Jason Rogers..., hasta una semana después. Entonces, una auditoría que hicieron para entregar los libros a su ayudante, reveló un déficit. Pero no me parece que la cantidad haya sido cuarenta y seis de a mil.

—No era así, al principio —admitió Starlock—. Creo que la primera estimación fue de treinta y cinco. Pero encontraron unas pocas discrepancias más. El total verda­dero fue cuarenta y seis. ¿Recuerdas algo más, Ed?

—Su única sobreviviente es su hija. No recuerdo el nombre. ¿Adivino que está trabajando en tu oficina?

—Sí. Wanda Rogers. Y nuestro cliente es Indemniza­ciones Waukegan; ellos afianzaron a Jason Rogers por cin­cuenta mil, así que tendrán que pagar los cuarenta y seis completos... si la Corte decide que fue culpable de malver­sación. Tal vez eso tomará mucho tiempo, pero mientras tanto, la compañía afianzadora está preocupándose mucho por eso. Es mucho dinero que pagar.

—¿No hay pruebas en un sentido o en otro?

—No las han encontrado aún. Los auditores están trabajando todavía en los libros, pero faltan algunas cosas y va a ser difícil probar sin lugar a dudas que él lo hizo... o que lo hizo otro. Pero él estaba al mando y habría sido difícil para cualquiera otro extraer tanto dinero, sin que él lo notara. Entonces, ya que hay fuertes sospechas en ese sentido, la Corte puede decidir que la compañía afianzadora debe pagar. A ellos les gustaría poder probar que él no tomó el dinero... o hallarlo, si él lo tomó y lo ocultó en algún lado. Cualquiera de las dos cosas.

—¿Creen que lo tomó, lo ocultó y no lo gastó... y que su hija sabe dónde está?

—Contestaré cada pregunta separadamente, Ed. Res­pecto a la ocultación..., probablemente lo hizo, si tomó el dinero. Ganaba diez mil dólares al año y su nivel de vida estaba dentro de lo posible con ese sueldo. Por su­puesto, podía haber perdido dinero en el juego, pero no se sabía que fuera un apostador, ni siquiera con su propio dinero. Por lo que se sabe, ni distinguía entre la ruleta y un ábaco. No, si lo tomó, estaba guardándolo, probable­mente con la intención de huir y vivir en Sudamérica o en alguna otra parte el resto de su vida. Y esto debería hacerlo en las dos semanas siguientes al día en que murió, si ése hubiera sido el caso.

—¿Corno sabes eso? —inquirió tío Am.

—Entonces era cuando una compañía haría la audi­toría ordinaria anual y cualquier déficit habría apare­cido entonces. La última auditoría, hecha un año antes, resultó correcta. Así que el dinero se desvaneció desde en­tonces.

—¿Y antes de su muerte? ¿No pudo alguien..., cual­quiera que haya tomado su trabajo cuando murió, pero antes que fuera hecha la auditoría, haber trabajado rápi­damente, sabiendo que Rogers sería culpado?

—No. La auditoría empezó al día siguiente de su muerte. La compañía auditora tenía tres hombres desocu­pados y no había por qué esperar. Pero algo como eso toma tiempo y fue hasta después de una semana, aproxi­madamente, cuando descubrieron el déficit. Y mientras tanto, no fueron alterados los libros.

—Muy bien —acepté—, así que vamos a suponer que él tomó el dinero y lo ocultó, ¿qué razón tienen para pensar que la hija, Wanda, sabía el secreto y sabe dónde está el dinero? Un malversador no confía comúnmente a su familia lo que está haciendo.

—Cierto. Pero como era tanto dinero, pudo haber de­seado que su hija lo recibiera, en caso de que algo le suce­diera, como sucedió, antes de terminar la operación. Y eso es algo que pudo haber sucedido fácilmente en este caso... No estoy diciendo que él lo hizo; estoy opinando que pudo haberlo hecho, por una cosa que surgió durante la inves­tigación.

"El abogado de Jason Rogers, para cualquier trabajo legal personal que tuviera, era John Carstairs, un amigo suyo. Su testamento estaba en la caja fuerte de Carstairs. Y unos pocos meses antes de su muerte, entregó tam­bién a Carstairs un sobre cerrado, dirigido a su hija, con instrucciones. El sobre debía entregárselo a ella, después de su muerte. Carstairs lo entregó a ella al día siguiente de la muerte de Rogers... y ella lo abrió en su presencia, pero no le leyó el contenido. Allí podía haberle dicho dónde estaba oculto el dinero.

—¿Cuál fue la explicación de ella? ¿Supongo que fue interrogada al respecto?

—Oh, seguro. Una semana más tarde, cuando salió a la luz el déficit. Y lo que dijo tiene sentido, que se refería a sus funerales y a dónde quería ser sepultado. Y que ella cumplió sus deseos respecto al funeral, pero no con­servó la nota. Así que no tiene pruebas de que haya sido lo que dijo y es cuestión solamente de su palabra contra la otra posibilidad.

—Ujú —dije—. Uno paga su dinero y escoge. Una pre­gunta más, antes que lleguemos a lo que quieres que ha­gamos. ¿Cómo fue que obtuvo un empleo contigo? ¿Fue coincidencia solamente? ¿Y por qué tuvo que empezar a trabajar tan pronto, después de la muerte de su padre? ¿No le dejó ninguna posesión, con ingresos de diez mil dólares al año?

—Le dejó posesiones... no mucho, sino unos pocos de miles, además de la casita en que vivían. Quizá unos diez mil dólares en total, después que la casa haya sido vendida, para pagar al Estado. Pero eso va a estar conge­lado por un tiempo, más que lo ordinario, para compro­bación del testamento, en vista de las circunstancias. Por­que si es juzgado culpable de malversación y si no se encuentra el dinero, las propiedades serán reclamadas, como una restitución parcial. Carstairs es el albacea y el procu­rador de la ciudad lo previno de no entregar a Wanda ni siquiera adelantos, hasta que todo estuviese arreglado. Y como ella no tiene dinero ni propiedades a su nombre, eso la dejó parada sobre un pie, hasta que reciba su herencia, si la recibe.

"Ahora, respecto a cómo consiguió trabajo conmigo, yo la conocía... creo que solamente había hablado con ella dos veces. Conocí a su padre, superficialmente. Hace seis meses, aproximadamente, ingresé al Club Campestre de Freeland. Él ya era miembro. No asisto al club con fre­cuencia, pero allí nos conocimos. Un domingo, jugué golf con él, por parejas. Y... sí, fueron dos veces las que me encontré allí con él y con su hija. La primera vez, nos presentó. Quizá pensó que él y yo nos conocíamos mejor.

"De cualquier modo, diez días después de la muerte de su padre, aproximadamente, como tres días después de que empezó el escándalo, acudió a mi oficina en busca de empleo. Imagino, eso y adivinando solamente, que había visto antes a otros amigos de su padre, a quienes él cono­cía mejor, pero ellos no hicieron nada por ella, ya fuera porque no tenían vacantes o porque... bueno, porque creyeran que su padre fue realmente un malversador y no quisieran contratar a la hija. Pero Jennifer, ésa es la pelirroja que mencionaste antes me había avisado que me dejaría en siete días y yo estaba buscando realmente una recepcionista y ella me pareció adecuada. ¡Qué diablos! ¿Por qué no? Siempre y cuando necesitara a la muchacha. No creo en tendencias hereditarias hacia el crimen, así que, aun cuando su padre fuera culpable, y yo estaba muy lejos de creer que lo fuese, no vi por qué debiera ser cas­tigada ella por eso.

—¿Aun cuando supiera dónde está el dinero? —pre­guntó tío Am—. ¿Y si necesitaba un empleo por poco tiempo, hasta que pudiera apoderarse de él sin peligro?

Starlock se frotó el mentón.

—En aquel tiempo, yo no sabía nada respecto a la carta cerrada que le dejó su padre. No había salido en los pe­riódicos..., nunca se hizo público, de hecho. Mi cliente me lo dijo esta mañana. Tal vez eso me habría hecho pen­sar. Pero como no lo sabía, me sentí seguro de que, si su padre fue culpable, ella no lo sabía.

—¿Y cómo fue —pregunté— que Indemnizaciones Waukegan acudió a ti para que la investigaras? ¿Fue por coin­cidencia o porque pensaron que tú tenías una ventaja, ya que ella trabajaba contigo?

―Ninguna de ambas cosas, exactamente. Le habían seguido la pista, por supuesto. Sabían dónde trabajaba. Y esta mañana, el gerente de su sucursal en Freeland, un tipo llamado Koslovsky, vino a verme, para hacerme pre­guntas respecto a ella...

—¿Diciendo a la recepcionista su nombre auténtico y el de la compañía? —lo interrumpió tío Am.

Starlock sonrió.

—Esos tipos de las compañías de seguros conocen su juego. Me llamó anoche por teléfono a la casa, concertó una cita y fue a verme a casa esta mañana, antes que sa­liera.

"De cualquier modo, le dije lo poco que pude, lo que he estado diciéndoles a ustedes, respecto a ella y a su padre. Y me preguntó si quería tomar el trabajo respecto a ella. Me agradan los negocios, naturalmente..., aunque tenga que pasarlos a tipos como ustedes y conformarme con mi parte. Así que contesté afirmativamente y cerra­mos el trato. No podía hacerlo personalmente y de cualquier modo, está ocupado en investigar la parte corres­pondiente a Freeland..., trabajando con los auditores y los policías.

—¿Qué quiere que se haga? ¿Un "enredo"? —inquirí.

—Sí, pero antes, hay un trabajo de vigilancia. Lo he pensado en esta forma. Am puede esperarle cuando salga esta noche de trabajar y ver cómo pasa sus noches, a dónde va, esas cosas. Aprenderá lo suficiente de ella, quizá en una noche, tal vez tome más tiempo, sus costumbres y lu­gares que frecuenta, para que tú, Ed, puedas elegir el mo­mento y el lugar adecuados para abordarla. Y de allí en adelante, será tu trabajo en la mayor parte, aunque quizá Am pueda seguirla de tiempo en tiempo, por las noches, cuando tú no hayas salido con ella. ¿Está bien?

—Muy bien —dije—. Cuando menos, lo intentaré. Sin embargo, si caigo de boca la primera vez que trate de abor­darla, será difícil seguirlo intentando.

—No sucederá así —aseguró tío Am—. Dijiste que va a dejarte para tomar otro empleo. ¿Dónde será eso?

—Con Marshall Field, a partir del lunes, como modelo. O cuando menos, eso fue lo que me dijo. Pensándolo bien, puedo verificar eso con una llamada telefónica y lo haré. Me dijo que sentía mucho renunciar, después de haber trabajado por tan poco tiempo, pero que le ofrecieron un trabajo de modelo, en el que le pagarían diez dólares más a la semana, así que no podía rechazarlo. Y admití que no podía hacerlo. No hay muchas posibilidades, si acaso las hay, de que promueva a mis empleados o de que les pague mucho más. Conmigo, tendrían que pasar un par de años, tal vez más, antes que pudiera subirle así el sueldo.

Tío Am me miró y sonrió.

—Si es lo bastante bonita para ser modelo, Ed, parece que tu trabajo no será tan aburrido.

—Es más que bonita —afirmó Starlock—. ¿Quieren el resto de la descripción?

—Dispara —contestó tío Am.

—Veintidós años de edad. Un metro sesenta y tres cen­tímetros de altura, alrededor de cincuenta y dos kilos de peso, cabellos castaños, peinados en cola de caballo..., quizá eso es anticuado, pero en ella parece perfecto... ojos azules, piel cremosa. No usa afeites, excepto lápiz de labios. Cuerpo bonito... no demasiado, pero suficiente. Porte y forma de andar agradables.

"Y ahora, la distinguirás la primera vez por su ropa principalmente, Am. Viste, de abajo hacia arriba, zapa­tillas negras, opacas, con tacón cubano, medias color bron­ce, falda con un dibujo a cuadros, complicado, en dos tonos de verde y con algo de café, pero parecerá verde al verla desde lejos y Una blusa sencilla, color café claro. Pero estará cubierta con un abrigo corto, café claro, hasta la cadera, más o menos, cuando la veas salir de la oficina. No usa sombrero.

—Es suficiente —opinó tío Am—. Y saldrá del edificio a las cinco de la tarde o poco después.

—Cierto. La seguirás desde allí. Oh, no vive en Freeland; la casa de allá está vacía. Tomó un cuarto en el cercano lado norte. La dirección es West Covent Place ciento ochenta y seis. Está a unas doce cuadras de la ofi­cina. Pero no tiene automóvil, así que no tienes que pre­ocuparte por eso.

—¿Su número telefónico? ¿O sabes el número de su cuarto?

—Tenemos el número del teléfono en nuestro archivo —dijo Starlock—, pero no me preocupé por copiarlo o memorizarlo. No lo necesitarás para seguirla, Am. Y si Ed no puede conseguirlo él mismo, tampoco podrá usarlo. No, no tengo el número de su cuarto. No conozco el edificio, pero sí el área y qué clase de casa debe ser y los cuartos no deben estar numerados.

Sacó de su bolsillo un papel doblado y lo puso en el escritorio.

—Aquí está la solicitud que llenó cuando la contraté. No hay mucho en ella que no les haya informado ya..., nada absolutamente que pueda ayudarlos. Pero Ed puede hallar un detalle o dos que puedan ayudarlo más tarde. —Miró su reloj de pulso—. Bueno, tengo que correr. Con­certé una cita en la oficina, a las dos y tengo el tiempo justo para llegar.

—Una pregunta más, Ben —dijo tío Am—. ¿Cuánto tiempo está autorizado para esto? Quiero saber principal­mente si Ed tendrá que apresurarse a entablar relaciones o si podremos esperar hasta que pueda hacerlo con más seguridad.

—El cliente autorizó una semana. Es decir, puedo con­vencerlo de que nos de más tiempo, si empezamos a obte­ner resultados para entonces. Si Ed está haciendo un buen trabajo. Si no hay resultados, eso será todo. Bueno, hasta luego, muchachos.

Después que salió, tío Am dijo:

—Bueno, muchacho, tenemos que comer. ¿Saldremos juntos esta vez?

Comúnmente arreglamos nuestras horas de comer, de modo que uno u otro permanezca en la oficina para con­testar el teléfono o hablar con el cliente que nos visite personalmente, en lugar de llamar. Moví la cabeza.

—Ve tú primero, tío Am. Yo prefiero quedarme. Tú trabajarás esta noche y yo no. Quizá no lo haré en varios días. Y cuando empiece a hacerlo, tú estarás desocupado. Todavía podemos aceptar trabajo, si llega.

—Bueno, muchacho. Si tienes más hambre de dinero que de alimentos, yo iré primero.

 

 

CAPÍTULO DOS

 

Fue bueno que hubiera esperado. Tenía un minuto de haber salido, cuando sonó el teléfono y resultó ser un trabajo. Era Clyde Moore, gerente de una pequeña com­pañía financiadora que nos daba trabajo ocasionalmente. Eran siempre misiones duras, casi siempre imposibles de realizar, pues ellos tenían en su personal un investigador que hacía la prueba primero. Cuando él fracasaba, nos daba oportunidad de resolverle el problema y algunas ve­ces lográbamos hacerlo. Pero siempre sabíamos que alguien había probado los sistemas obvios antes que nosotros y que las personas que podían dar referencia estaban sobre aviso.

Éste era el caso de cierto Walter Pfleuger, un canti­nero, cuya compra de un automóvil financiaron ellos. To­davía les debía cuatro mil dólares y no les había pagado nada en tres meses; estaban dispuestos a desposeerlo del vehículo, si lo encontraban. Pero descubrieron que fue despedido de su trabajo en una taberna de la avenida Wabash y se mudó del hotel en que estaba viviendo, el Melvern, en la calle State.

Moore me leyó la información que dio en su solicitud de préstamo para comprar el carro y yo tomé notas de todo. No era mucho. No tenía que preguntarle si ya habían investigado con las referencias que tenían. Pregunté sim­plemente:

—¿Cuánto tiempo, Clyde?

—Un día. Es todo lo que queremos arriesgar.

Le dije que estaba bien, corté la comunicación, estu­dié mis notas y pensé un poco. Pfleuger estuvo trabajando durante dos años en su último empleo conocido, en el Bar Dorado; sus antecedentes de trabajo mostraban los cinco últimos empleos, que incluían otras tres tabernas. El más antiguo era la Rueda, en la que trabajó hasta cua­tro años antes, en relación con la fecha de la solicitud; el nombre de su patrón era Gus Simmons. Y de las dos referencias personales que dio, una fue de un hombre llamado Sidney Appleman, a quien solamente conocía des­de hacía tres años; al otro, lo había conocido desde diez años antes. Appleman no debió conocerlo cuando traba­jaba en la Rueda. Allí estaban el número telefónico y la dirección de Appleman. La dirección no era cerca de la Rueda... una era en el lado norte y la otra en el lado sur de la ciudad, así que probablemente no había frecuentado el lugar ni conocía a Gus Simmons.

Llamé al número telefónico. No era probable que estuviera en casa a media tarde, pero no me costaba nada hacer la prueba y además, podría preguntar cuándo estaría allí. Pero estaba en casa y contestó el teléfono per­sonalmente.

—¿Sid Appleman? —pregunté y cuando me contestó afirmativamente, agregué—: Usted no me conoce. Mi nom­bre es Gus Simmons.

—¿Quién?

—Gus Simmons. Tengo una taberna en el lado sur, llamada la Rueda. ¿Nunca le habló de mí Wally Pfleuger?

—Él dijo que había trabajado en... Sí, creo que tam­bién mencionó su nombre. Cuando menos, me habló de un Gus. ¿Por qué?

—Tengo un trabajo para él... probablemente mejor que el que tiene ahora, si está trabajando..., pero no puedo encontrarlo. Se mudó del Melvern hace un par de meses, según me dijeron. Y... así fue como supe su nom­bre y su teléfono..., lo encontré hace tres meses y le dije que tal vez pronto tendría un buen empleo para él. Pa­reció muy interesado, pero dijo que quizá dejaría su tra­bajo en el Bar Dorado, que era donde estaba trabajando entonces y que muy pronto dejaría también el Melvern. Me dio su nombre y me dijo que si no podía encontrarlo en otra forma, usted me informaría. ¿Dónde está?

—Escuche..., eh... Gus. Tuvo una pequeña difi­cultad y me dijo que no diera informes a nadie sobre él. Él...

No lo dejé terminar.

—¿Dificultades? Diablos, entonces no hay trato. Ol­vídelo. No quiero contratar a nadie que...

—Espere. No quiero decir grandes dificultades. Es nada más una compañía financiadora. No lo busca la po­licía, por Cristo. Pero me pidió... Oiga, un tipo de la compañía financiadora estuvo aquí hace un par de días. ¿Cómo sé que usted es quien dice que es, y no alguien que esté trabajando con la misma compañía?

—Wally siempre estaba metido en esa clase de difi­cultades. Eso no me preocupa, Appleman. Pero respecto a mí... Mire, voy a colgar, si quiere que lo haga; usted me llama, ahora mismo estoy en la Rueda. Y yo mismo contestaré el teléfono.

—¿Cuál es el número?

—Podía darle el de la compañía financiadora para la cual trabajo. No sea estúpido. Búsquelo en el directorio telefónico. ¿Está bien?

—Oh, diablos, creo que usted es Gus, o no desearía que hiciera eso. Muy bien, le diré dónde está Wally. Madison Oeste mil cuatrocientos seis. Tengo el número del teléfono en alguna parte, ¿quiere que lo busque? ¿Quiere llamarlo ahora mismo?

—¿Estará ahora allí? Quizá podría llamarlo ahora a su empleo y ahorrarle el trabajo. No hay prisa.

—Seguro, puede comunicarse con él a su trabajo esta tarde, Gus. Entra a las cinco. Es un lugar llamado Jerry's Place, en Halstead, cerca de la Avenida Chicago. Tampoco sé el número de allí, pero puede encontrarlo en el direc­torio telefónico. Es un lugar asqueroso y un trabajo in­mundo..., siempre está lleno de borrachos. Se alegrará de tener la oportunidad de salir de allí.

—Muy bien, Sid —terminé—. Muchas gracias.

Corté la comunicación y llamé a Clyde Moore. Le dije cuál era la dirección de Walter Pfleuger y dónde tra­bajaba.

—Dios mío, Ed, lo hizo en menos de media hora. No debe haber salido de su oficina —comentó.

—Seguro —contesté—, pero de cualquier modo, les cobraré la tarifa de medio día, el mínimo. Y no me pre­gunte cómo lo hice, pues entonces, la próxima vez no tendrá que llamarnos.

Rió, me dijo adiós y cortó la comunicación.

Tomé la solicitud de empleo que había llenado Wanda para su trabajo con Starlock y empezaba a leerla, cuando regresó tío Am.

—Muy bien, Ed —dijo—. Ahora puedes ir. Alimén­tate.

Fui a alimentarme y cuando regresé, tío Am me in­formó:

—No hubo nada, ¿jugamos gin rummy?

—Tengo que redactar un informe y enviar una cuenta por medio día de trabajo —expliqué—. Será mejor que haga eso antes.

―¿Medio día de trabajo? ¿Por qué?

—Lo gané mientras tú estabas comiendo.

Y le relaté brevemente lo que sucedió.

—Debiste esperar hasta mañana al medio día, para llamarlo y cobrarle el día completo... y por algunos gas­tos. Diablos, muchacho, eres demasiado honrado para ser detective.

—Tú lo habrías hecho en la misma forma. Aunque fuera solamente por alardear, llamarlo tan pronto, vale el medio día de trabajo. Además, tú mismo estás hacién­dote honrado.

—Creo que sí. Un estado infernal para un ex cir­quero, ¿no? Bueno, juguemos antes un poco de gin rummy, de cualquier modo. Tendré que salir a las cuatro y media, para tomar mi puesto frente al edificio en que está la oficina de Starlock y tú vas a tener abierta la agencia hasta las cinco, de cualquier modo. Esa media hora será suficiente para que redactes el informe y hagas la cuenta. A menos que puedas ganar durante ese tiem­po los honorarios de otro medio día de trabajo y en tal caso, puedes quedarte a hacerlo después de la hora de cerrar.

Era cierto, así que jugamos gin nuevamente, hasta las cuatro y media y recuperé tres mil cuatrocientos se­tenta dólares.

Pero durante la última media hora, no gané los ho­norarios de otro medio día de trabajo. Nadie llamó y nada sucedió, excepto que escribí mi informe breve, en el sentido de que había descubierto la dirección y el sitio en que trabajaba Pfleuger por medio de "un informa­dor" y se los comunicaba, sólo para el expediente, aunque ya se las había dicho a Moore por teléfono y lo más pro­bable era que ya estuviera recuperado el automóvil. Hice una cuenta por medio día de trabajo, rotulé un sobre para el informe y la cuenta, y anoté la entrada en nuestros libros. Para entonces, ya eran las cinco. Miré en torno mío antes de cerrar, vi la solicitud de empleo de Wanda Rogers y la puse en mi bolsillo, para estudiarla en la noche.

No tenía ningún otro plan y como había comido tan tarde, no sentiría hambre durante otro par de horas, así que no tenía prisa. Caminé hasta la ventana y per­manecí mirando hacia afuera por algún tiempo.

No es que hubiera allí nada que ver, excepto un callejón. Nuestra oficina está en una buena colocación, en la Avenida Wabash, un poco al norte del Loop[1], pero se halla en un edificio viejo, de cinco pisos y en la parte posterior del último. La vista que tenemos es de la pared posterior, sin ventanas, de una bodega de seis pisos, que se encuentra al otro lado del callejón. Si uno se para muy cerca de la ventana, puede ver un pedacito de cielo, no mucho.

El firmamento estaba gris y oscuro y empezaba a lloviznar. Esperé que no lloviera mucho, pues tío Am no llevaba impermeable. Pero en eso, estaría mejor que su presa; Starlock dijo que Wanda Rogers no usaba som­brero y no mencionó ninguna sombrilla. Tío Am cuando menos llevaba sombrero; siempre usa un sombrero ne­gro, de ala baja, cuando está a la intemperie y la mayor parte del tiempo, bajo techo. He tratado de hacer que compre uno de mejor aspecto, pero no lo hace; se apega a su viejo sombrero negro, casi como si fuera supersticioso al respecto. Quizá lo es.

Me puse el impermeable extra que guardo en la oficina y salí a la llovizna. Nuestra casa de huéspedes, en la Avenida Hurón, está a diez cuadras de la oficina y comúnmente caminamos hasta ella, cuando hay buen tiempo; esa noche, tomé el autobús. Cuando bajé del vehículo, la llovizna había pasado.

Subí a nuestro cuarto. Compartimos un gran cuarto doble, con dos camas, en el segundo piso, al frente. No es nada lujoso, pues no pasamos mucho tiempo en él, excepto para dormir.

Pero esa noche, pasaría el resto de la tarde, allí. Sería una buena noche para tratar de conseguir compañía femenina, conmigo libre y mi tío trabajando, pero no estaba de humor para eso y, de cualquier modo, había pasado en compañía de mujeres dos de las últimas tres noches y ambas me decepcionaron; estaba amargado con las mujeres y probablemente seguiría estándolo durante uno o dos días más.

Saqué mi trombón, lo pulí y toqué suavemente unas cuantas escalas y arpegios. Nunca ensayo los fortissimos, pues no en todas las casas de huéspedes puede darse el caso de que nadie se queje si uno toca el trombón, aun­que sea suavemente, así que no tenté la suerte.

Después puse en el tocadiscos una grabación de Brubeck-Desmond y toqué por un tiempo con él, siguiendo el saxofón de Desmond, una octava más abajo, siempre que él usaba la escala más alta de su instrumento. Des­pués, en la cuarta pista del disco, es de larga duración, hay un periodo prolongado, durante el cual Desmond calla y Dave Brubeck toca solo al piano, principalmente progresiones de acordes caprichosos. Traté de seguir tocando allí y de hacer mis propias improvisaciones, en lugar de seguir las de Desmond..., y el resultado fue desastroso; llegué demasiado lejos y no pude regresar. Me rendí y volví a guardar mi trombón en su estuche, mientras es­cuchaba el resto de la grabación y dejaba que Desmond hiciera el resto del trabajo.

Después busqué algo nuevo que leer y no encontré nada, así que mejor decidí salir, cenar y subsanar la deficiencia. Lo hice y compré un diario y varias nove­las, en mi camino de regreso a mi cuarto.

Leí primero los titulares del periódico, pero no había en ellos nada relativo a Rogers o a Freeland; el caso ahora estaba muerto como noticia, hasta que el dinero fuera encontrado, sí sucedía así, o llegara a la corte la cues­tión de si Jason Rogers era culpable o no.

Después me senté cómodamente a leer una de las novelas y estaba en alguna parte del segundo capítulo, cuando oí que el teléfono sonaba abajo, en el corredor.

No pensé que la llamada fuera para mí, pero dejé de leer y escuché y un momento después, oí la voz de la señora Brady, nuestra casera, gritando:

—¡Ed! ¡Ed Hunter! ¿Está en casa?

Para entonces, yo tenía abierta la puerta y contesté. Para cuando bajé y contesté el teléfono, ella había vuelto a su apartamiento.

—Ed —era la voz de tío Am—, escucha. Nuestro sujeto entró al teatro Park. Estará allí cuando menos una hora y media, aun cuando solamente vea una de las películas. Es un programa doble. Yo entraré también, en lugar de esperar afuera todo ese tiempo, pero antes, estoy hablándote desde una droguería situada al otro lado de la calle. Vístete, si no estás vestido y...

Lo interrumpí:

—¿Estás loco, tío Am? No puedo abordarla en la sala cinematográfica... las probabilidades estarían contra mí; ella es un muchacha respetable. Y si lo intento y fracaso, toda la operación se vendrá abajo, porque ella conocerá mi cara y no importa dónde la encuentre después...

Tío Am me interrumpió:

—Calla y escucha, muchacho. Por supuesto, no espero que intentes una tontería como ésa. Pero ella fue antes a casa y eché un vistazo al edificio en que vive. ¿Recuerdas la dirección?

—Seguro —contesté— Covent Place Oeste ciento ochen­ta y seis.

—Bueno, si llegas a ese lugar pronto, es posible que aproveches una oportunidad. En la ventana hay un anun­cio de que se renta un cuarto. Mete algo en una maleta, toma un taxi y llega a ese lugar rápidamente, antes que otra persona lo tome. Pero no te detengas mucho. Los cuartos se ocupan rápidamente en estos...

—Muy bien, muy bien —dije—. No me hagas perder mi tiempo. Corta la comunicación, para que pueda llamar un taxi, antes de empezar a empacar.

Colgó y yo pedí un taxi y luego corrí de regreso a nuestro cuarto. Me puse nuevamente los zapatos, la cor­bata y el saco, después abrí la maleta sobre la cama y empecé a arrojar cosas en ella. No me importó qué cosas eran; siempre podía regresar a recoger lo que hubiera olvidado, como mi máquina y mi crema de afeitar. De hecho, no perdí el tiempo en ir al cuarto de baño a reco­gerlas. Todo lo que tenía que hacer, era llenar la maleta lo suficiente para que las cosas no sonaran en el interior.

Saqué un montón de camisas del cajón de la cómoda y descubrí algo que estaba debajo de ellas; mi revólver y mi arnés con funda sobaquera. Después de titubear un momento, los metí también a la maleta. Había una pro­babilidad en mil de que fuera a necesitar el revólver, pero no puede uno saberlo. Con cuarenta y seis de a mil, podría haber otros interesados, además de la policía y la compa­ñía afianzadora y si era así, esos otros debían ser clientes rudos. De cualquier modo, no tenía nada que perder, pensé y eso daría un poco más de peso a la maleta.

Estaba cerrándola, cuando un claxon sonó al frente de la casa y supe que el taxi había llegado. Un minuto después, me hallaba en él y en marcha.

El anuncio de que se rentaba un cuarto se encontraba todavía en la ventana, donde lo vio tío Am y me serené. El edificio era de ladrillo rojo; tres pisos de alto y no muy ancho. Era más viejo que yo, probablemente el doble. Pero estaba bien conservado. Se hallaba situado tres me­tros más allá de la banqueta y hasta había pasto en aquel espacio, a ambos lados del sendero que conducía a la puerta. No tenía escalones al frente; la planta baja lo era realmente. Fue construida, probablemente, como resi­dencia para una sola familia, cincuenta años antes, apro­ximadamente, subsecuentemente fue convertida en tres apartamientos y después en casa de huéspedes. Calculé que habría cinco metros en cada piso, quince en total.

No vi ningún botón de timbre en la puerta, así que entré. Me encontré en un corredor bastante amplio, que conducía a un tramo de escalera y había un teléfono de alcancía en la pared, cerca del pie de la escalera. Á la mitad del corredor, estaba una mesa con correspondencia, unas cuantas cartas y circulares y detrás de ella, un botón en la pared, con un anuncio más arriba: "Para llamar a la casera".

Regresé a la mesa y bajé al suelo mi maleta. Nadie estaba mirándome, así que primero examiné las cartas, pero ninguna de ellas era para Wanda Rogers. Por su­puesto, ella volvió a casa después de trabajar y podía haber recogido su correspondencia, si la tuvo, así que yo no esperaba encontrar una carta para ella. Después, opri­mí el botón para llamar a la casera.

Ella salió por la puerta del último cuarto. Una mujer grande como un hacha de combate, con el pelo teñido de rubio, de más de cuarenta años. Parecía lo bastante ruda para manejar a cualquier inquilino escandaloso, sin tener que llamar a un policía en su ayuda. Parecía que podría ser, o podría haber sido la señora de una casa de mala fama. En otras palabras, una casera típica de Chicago. La nuestra, la señora Brady, es una excepción, una mujer pequeña, como un pajarito, que no sabría cómo ser ruda; solamente subsiste siendo exageradamente cuidadosa para elegir sus inquilinos, para no tener que mantenerlos en línea.

La casera vio mi maleta y preguntó:

—¿Busca un cuarto?

—Sí —contesté—. Vi su anuncio. Espero que el cuarto esté desocupado todavía.

—Lo está. Es el cuarto del frente —pasó a mi lado y abrió la puerta de la habitación. Se apartó para que pu­diera pasar, pero dijo—: Diez dólares a la semana —para que me desalentara si era demasiado para mí.

Entré al cuarto y encendí la luz; ella permaneció a la entrada. No era un alojamiento tan malo, aunque siete u ocho dólares habría sido un precio más justo y podría haberlo conseguido por ocho o nueve, si insistía. Pero no quería discutir, especialmente porque estaba situado ideal­mente para mi propósito. Podía ver desde la ventana a cualquiera que entrara o saliera y con la puerta semi abierta, me sería posible oír, probablemente, la mayoría de las conversaciones que se efectuaran por medio del teléfono de la pared.

—Creo que lo tomaré —dije, tratando de no parecer, demasiado entusiasmado.

Saqué mi cartera, tomé un billete de diez dólares y se lo entregué.

Lo tomó, pero no se movió.

—No soy muy exigente, pero tengo unas pocas reglas. Nada de ruido o música después de las diez. Ésa es una de ellas.

Sentí tentación de preguntar, sólo por divertirme, si le molestaría que tocara el trombón, pero no lo hice.

—No está permitido cocinar en los cuartos, ni siquiera hacer café. Pero doy de almorzar a las personas que no quieren salir a la calle a hacerlo. Tres dólares a la se­mana, por seis almuerzos; no lo hago los domingos. A cual­quier hora que quiera desayunar, de las siete a las nueve. ¿Le conviene?

Dudé un momento. No quería hacerlo, realmente, pero pensé que tal vez Wanda almorzaba allí y así tendría buenas probabilidades de relacionarme con ella. Así que dije:

—Bueno, no sé si pueda hacerlo permanentemente, pues no sé a qué hora estaré trabajando. Pero haré la prueba la primera semana.

Busqué nuevamente en mi cartera y saqué tres billetes de a dólar.

Ella tomó el dinero.

—Hay un cuarto de baño en cada piso. En éste, es la tercera puerta del corredor. La puerta está pintada de blanco, así que no puede equivocarse. Y hay dos reglas respecto a los cuartos de baño. Una es que debe asegu­rarse de cerrar la puerta, cuando esté en él. Tengo aloja­dos aquí damas y caballeros y no quiero que nadie se sienta embarazado al entrar en un cuarto de baño ino­portunamente.

—Cerraré la puerta —aseguré.

—Otra regla, es que nadie debe bañarse entre las seis y las nueve de la mañana. A esa hora, la mayoría de mis inquilinos están preparándose para salir a su trabajo y si alguien ocupa el cuarto de baño a esa hora, dándose un baño, puede hacer que alguien llegue tarde a su oficina.

—Muy bien —dije—. ¿Algunas otras reglas?

—Creo que eso es todo. Soy la señora Czerny. Nece­sito su nombre, para ponerlo en el recibo.

—Hunter —dije—. Ed Hunter. Pero no necesita mo­lestarse con el recibo. ¿No es un apellido checoslovaco, Czerny? Usted no parece checoslovaca.

—Mi esposo lo era —explicó. Y agregó sin emoción—: Maldito sea. —Empezó a alejarse y luego regresó—. Le traeré el recibo, de cualquier modo. Siempre hago uno y conservo una copia al carbón. En esa forma, nadie se equivoca respecto hasta que día ha pagado o cuándo debe pagar la siguiente semana —y entonces, como si la men­ción del siguiente pago de la renta la hubiera hecho pen­sar en ello, indicó—: Usted dijo que no sabía a qué horas estaría trabajando, señor Hunter. ¿Significa eso que usted no está trabajando actualmente?

—Acabo de llegar a Chicago..., de Gary. Pero no tendré dificultad para encontrar trabajo, señora Czerny. Y de cualquier modo, tengo bastante dinero para que me dure un tiempo, aun cuando no halle colocación.

―¿A qué se dedica?

—Soy impresor —le expliqué.

—Mi esposo era impresor —dijo. Y nuevamente aña­dió sin emoción—: Maldito sea.

Debe haber sido un ritual la adición de aquellas dos palabras, cada vez que mencionaba a su esposo o ex esposo. Esta vez se volvió y siguió caminando, así que pude sonreír, mientras me preguntaba cómo habría sido su esposo y si estaba muerto o divorciado.

La seguí al corredor y metí mi maleta. Cerré la puerta y empecé a desempacar, poniendo las cosas en los cajo­nes de la cómoda y en el gabinete. Esta vez, como no tenía prisa, inspeccioné lo que había usado para llenar la maleta y decidí que tenía lo suficiente de todo, para que me bas­tara cuando menos para una semana. Excepto mis artícu­los de aseo personal; tendría que regresar a recogerlos. Y una bata; necesitaba una, en caso de que tuviera que ir al cuarto de baño a media noche.

La señora Czerny regresó cuando estaba terminando y me trajo un recibo por trece dólares. Pero no se quedó a conversar.

Miré mi reloj y vi que eran las ocho, solamente media hora después de la llamada telefónica de tío Am. Pasa­rían probablemente un par de horas antes que Wanda regresara a casa, pero la película podía ser tan infame que la hiciera salirse de la sala cinematográfica, si tenía buen gusto y no quería correr el peligro de perder la opor­tunidad de echarle un buen vistazo cuando llegara.

Había una silla de respaldo recto y un sillón acoji­nado en el cuarto. Escogí el sillón y lo puse en posición frente a la ventana y me senté en él. Sí, podría ver a cual­quiera que entrase, a través de la cortina delgada.

Dejé la puerta abierta ligeramente. Los corredores y la escalera estaban desprovistos de alfombras y podría calcular, cuando menos aproximadamente a qué cuarto entraba Wanda cuando volviera, particularmente si estaba alojada en la planta baja, oyendo sus pisadas. Podría decir con bastante aproximación, a qué distancia se ale­jaba, contando los pasos que diera después de pasar frente a mi puerta.

Después me acomodé en el sillón y empecé mi vigi­lancia. Ahora deseaba haber pensado en preguntar a tío Am, cuando me llamó, si ella había cambiado de ropa o de abrigo, cuando vino a casa, antes de ir al cine, o si se puso un sombrero y sacó una sombrilla. Pero no estaba preocupado realmente por no poder identificarla. No debía haber otra muchacha alojada allí, probablemente, que tuviera una descripción siquiera semejante en edad, altura y peso y ella no podía cambiar esos factores.

Después de un tiempo, recordé que todavía tenía en el bolsillo la solicitud de trabajo que me dio Starlock y pensé que ésa era una ocasión tan buena como cualquiera otra para estudiarla, siempre y cuando no dejara que eso me distrajera de mi vigilancia. La saqué y la desdoblé.

No había en ella mucho que no me hubiera expli­cado Starlock. Era un esqueleto común de solicitud de empleo, pues Starlock no contrata a tanta gente como para mandar imprimir sus propios formularios. Aparte de las preguntas de costumbre, relativas a la edad, el sexo y otras cosas semejantes, tenía los espacios comunes para anotar los antecedentes de trabajo y las referencias.

No tenía antecedentes de trabajo. Su empleo con Starlock era, aparentemente, el primero que tenía. Des­pués de su graduación en la escuela secundaria, siguió un curso de seis meses, de preparación para trabajo de ofi­cina, sin duda para estar dispuesta para trabajar en caso de una emergencia, como la que ocurrió realmente y luego entró a la Academia de Música de Freeland y asistió a ella durante dos meses. Me pregunté que instrumento to­caría, ¿quizá podríamos tocar duetos?, y si era aficionada estrictamente a la música clásica, o también le gustaría el jazz progresivo. En música clásica, me agrada Stravinsky principalmente, pero no trato de tocarlo con el trom­bón.

Las referencias, todas personales, eran hombres de negocios de Freeland, sin duda amigos o conocidos de su padre. Eso no importaba; sin duda los puso porque lo requería el formulario, pero Starlock ya la conocía y sabía las circunstancias que la rodeaban. No debía haber lla­mado a las referencias.

Una docena de personas, aproximadamente, entra­ron o salieron durante el siguiente par de horas; algunas de ellas eran mujeres, pero ninguna podía haber sido Wanda.

Llegó, dio vuelta hacia el sendero, hacia la entrada y no tuve la menor duda de que era ella. Había cam­biado su abrigo corto por un impermeable, pero no lle­vaba sombrero ni sombrilla; no temía, aparentemente, que un poco de lluvia cayera sobre sus cabellos y eso me agradó. Era un pelo hermoso, color castaño, peinado en una cola de caballo que descendía hasta la altura de sus hombros, tal como lo describió Starlock.

A aquella distancia y a través de una cortina, no pude ver su cara con mucha claridad, pero me gustó lo que vi. Y aun bajo el impermeable, podía verse que sus cincuenta y dos kilos estaban distribuidos muy apropia­damente en su metro y sesenta y tres centímetros de altura.

La puerta se abrió y se cerró y oí el sonido metálico de sus pasos. Pareció encaminarse a la escalera, pero se detuvo antes de llegar a ella. Para entonces, me hallaba parado junto a la puerta, para oír mejor y escuché el sonido del receptor, al ser retirado del teléfono de la pared y luego el sonido de una moneda, al ser puesto en la ranura.

Hubo un momento de silencio y luego se oyó la voz. Una voz agradable, un poco tensa en aquel momento. Lo suficientemente fuerte para que la escuchara, po­niendo atención.

—¿El sargento de guardia? Mi nombre es Wanda Rogers, de Covent Place Oeste ciento ochenta y seis. ¿Anotó la dirección?

"Bueno, quiero informar que un hombre me siguió desde una sala cinematográfica hasta mi casa. No sé si siguió adelante cuando entré o si estará afuera, espe­rando, pero le agradecería que se comunicara con el carro patrulla que esté más cerca de aquí, para que investigara... ¿Su descripción? Es de estatura regular, un poco rollizo, tiene bigote. Viste con traje café y un som­brero negro, de fieltro.

 

 

CAPÍTULO TRES

 

Maldije en voz baja. Había descubierto a tío Am. ¿Cómo? No lo sabía; él es hábil para vigilar a las per­sonas. Nunca fue descubierto anteriormente, cuando se convertía en la sombra de alguien... y era la primera noche. Pero tenía que prevenirlo; como no sabía con seguridad si yo había alquilado el cuarto o no, perma­necería esperando en alguna parte de esta misma cuadra, cuando menos por un tiempo, hasta sentirse seguro de que la muchacha no iba a salir nuevamente.

Salí de mi cuarto, pasé por la puerta de la calle y salí a la calle y miré en torno mío. Lo vi; no tenía muchos lugares en qué ocultarse, en aquella cuadra y estaba parado en el cubo de un zaguán, al otro lado de la calle, a un cuarto de cuadra más allá. Caminé unos cuantos pasos hacia él, para no ser visto desde donde estaba Wanda. Miré nuevamente en torno mío, para ase­gurarme de que nadie estuviera observándome y luego hice ademanes violentos hacia tío Am, indicándole que se largara. Salió del zaguán y se alejó, caminando rápi­damente.

Pasé otra vez frente a la entrada del ciento ochenta y seis y caminé unos metros en la otra dirección, para hacer parecer buena la explicación que iba a dar. Des­pués regresé y entré.

Wanda se encontraba todavía junto al teléfono. Es­taba dando el número telefónico. En ese momento dijo:

—Es una casa de huéspedes. Pero permaneceré cerca del teléfono hasta que usted me llame, si hace que el carro patrulla investigue inmediatamente... sí, puedo identifi­carlo, si lo capturan.

Colgó el aparato y se volvió a mirarme, al tiempo que yo avanzaba por el corredor hacia ella.

—Excúseme —dije—. Mi puerta estaba entornada y no pude menos que oír la llamada que acaba de hacer. Y pensé que tal vez podría ayudarla en algo..., si hubiera hallado un hombre afuera, lo habría detenido hasta que llegara la policía. Pero no hay nadie vigilando o cami­nando por la cuadra.

—Gracias —dijo. Se volvió hacia el teléfono y luego nuevamente hacia mí—. Pero creo que ya es tarde para retroceder; ya deben haberse comunicado con el carro patrulla y además... —Probablemente iba a decir que además, podría haber pasado desapercibido para mí y no sucedería lo mismo a los tripulantes del carro policíaco, pero eso hubiera sido poco amable—. Sin embargo, no debía haberse arriesgado así. ¿Y si hubiera estado allí y fuera peligroso?

Sonreí ligeramente.

—Yo también soy peligroso. A propósito, mi nombre es Ed Hunter. Acabo de mudarme al cuarto de enfrente de este piso. Y creo que la oí decir que su nombre es Wanda Rogers. ¿Estoy en lo cierto?

Movió la cabeza afirmativamente.

—Me alegro de conocerlo, señor Hunter. Y gracias nuevamente, pero no debió arriesgarse así.

—No hay nada de eso —dije—. Si sucede nuevamente alguna vez, o si puedo ayudarla en algo, no titubee en llamarme. Estaré en casa la mayor parte del tiempo. ¿Ha estado alojada aquí por mucho tiempo?

—Poco menos de un mes.

—Esa señora Czerny es todo un personaje ¿no? —co­menté—. Oh, a propósito, ¿cómo son los almuerzos aquí? Es decir, si usted acostumbra tomarlos con ella. Yo firmé para almorzar aquí durante una semana, pero no sé si seguiré haciéndolo, después de ese tiempo.

—Yo no almuerzo aquí, así que no lo sé. Nunca tomo más de café y un bollo o una rosquilla por desayuno, así que me cuesta menos tomarlo en camino al trabajo.

Así que desperdicié mis tres dólares..., a menos que los seis almuerzos que me esperaban resultaran valerlos.

Logré seguirla haciendo hablar, de nada o de la casa de huéspedes, hasta que el teléfono sonó, pocos minutos después y ella lo contestó:

—Sí, habla Wanda Rogers... Bueno, gracias por in­tentarlo... Sí, estoy segura de que me siguió a casa, pero debió continuar adelante, en lugar de esperar afuera... Lo haré. Adiós y gracias, nuevamente. —Y luego me dijo—: Buenas noches, señor Hunter.

Subió por la escalera y eso fue todo. Consideré que era más de lo que esperaba lograr durante mi primera noche en esa casa de huéspedes. Cuando menos, la conocí y establecí el contacto. El fracaso de tío Am resultó ser una oportunidad para mí, después de todo.

Regresé a mi cuarto, pero caminando suavemente, para poder oír el sonido de pasos sobre mi cabeza. Pare­cieron recorrer toda la extensión del vestíbulo del segundo piso y no empezaron a subir otro tramo de escalera. Su cuarto era, probablemente, el del frente del segundo piso, el que se encontraba directamente arriba del mío. Al entrar otra vez a mi cuarto, me sentí más seguro de eso, al oír que alguien se movía arriba; hasta entonces, no había oído ruidos en esa dirección.

Decidí leer un poco, quizá una hora y luego ir a casa, a buscar a tío Am. Aun cuando estuviera dormido y tuviera que despertarlo, quería intercambiar datos con él e informarlo de lo sucedido. Y también, debo admi­tirlo, reprenderlo ligeramente, por haberse dejado descu­brir la primera noche en que hizo el trabajo de sombra y luego asegurarle que había resultado bien todo.

Saqué uno de los libros del bolsillo que arrojé a la maleta para llenarla y empecé a leer.

Había silencio casi completo, ningún ruido o música después de las diez, y aunque no estaba tratando de es­cuchar nada en particular, media hora después oí los tacones de unos zapatos de mujer, que bajaban la esca­lera y se acercaban por el corredor. No creí que fuera Wanda; no era probable que fuera a salir nuevamente esa noche, pero si era ella, yo no podía correr el riesgo de salir tras ella y seguirla. Así que fui rápidamente hasta la ventana y tomé mi puesto allí, para poder descubrir quién salía.

Pero no salió nadie. Las pisadas se detuvieron afuera de mi puerta y se oyó un golpecito suave.

Fui hasta la puerta y la abrí. Allí estaba Wanda y me pareció que tenía una expresión leve de temor. Se había puesto unos pijamas, pero el saco de casa que lle­vaba sobre ellas era tan modesto como un vestido, cuando menos.

—Señor Hunter, me prometió que si podía hacerme un favor...

—Seguro —la interrumpí—. Entre.

Y retrocedí para franquearle el paso.

Entró y cerró la puerta parcialmente, no completa­mente, detrás de ella.

—Creo que el hombre ha regresado. No puedo estar segura completamente, pero creo que alguien está en un zaguán, al otro lado de la calle y media cuadra al este de aquí.

—Bueno —dije—. Saldré a ver...

Pero pensé que tío Am no era tan tonto, segura­mente, para haber vuelto esa misma noche, después de saber que yo estaba allí y de que lo despedí con adema­nes. Tomé mi saco y me lo puse. No me había desvestido, pues pensaba salir nuevamente, de cualquier modo.

—Espere —dijo—. Es nada más esto... No estoy lo suficientemente segura para llamar nuevamente a la po­licía, sobre todo después de haberles dado una falsa alarma. Pero no quiero que corra algún peligro, tratando de detenerlo hasta que lleguen. Prométame que no lo hará.

—Muy bien —admití—. Pero si me ve caminar en esa dirección, lo asustaré. Aun cuando esté allí ahora, no aguardará a que llegue la policía, si camino parte del camino hacia allá y luego me doy vuelta y regreso.

—No lo haga así. Permanezca de este lado de la calle y no mire hacia él, excepto con el rabillo del ojo. Y siga más allá de él... hay una droguería en la esquina de la cuadra siguiente; entre allí, compre un paquete de ciga­rrillos o algo así y luego regrese, todavía de este lado de la calle. Eso parecerá una cosa bastante natural, ¿no? Y cuando regrese, si usted dice que lo vio, llamaré nuevamente a la policía.

—Seguro —acepté—. Espere aquí.

Le di una palmadita en el hombro y salí. Caminé toda la cuadra, hasta la esquina siguiente, en que se encontraba la droguería y no vi a nadie a ningún lado de la calle. Ella no imaginó haber visto a tío Am la primera vez, pero en esta ocasión sí, o tuvo la ilusión óptica de que había alguien en un zaguán en el que no estaba nadie. Pero, imaginación o ilusión, me proporcionó una oportunidad afortunada; esa noche, estaba viendo mucho a Wanda Rogers.

Entré a mi cuarto y anuncié:

—Señorita Rogers, no hay...

Y me detuve a la entrada. Wanda Rogers se encon­traba allí, sí, sentada al borde de mi cama, al otro lado de ella, de modo que el lecho se hallaba entre nosotros. Pero tenía una pistola en su mano y el arma estaba apun­tada directamente al centro de mi plexo solar. La mano que la sostenía parecía firme y lo peor, la pistola estaba amartillada. A esa distancia y con la sensibilidad de un revólver amartillado, no podía errar.

No me moví.

La pistola era la mía, la que dejé en su funda en la cómoda, bajo un montón de camisas. Era una.38 de cañón corto, policíaca positiva y a esa distancia, un howitzer no habría sido más peligroso.

—¿Le molesta si me siento? —pregunté.

—¿Para qué?

—Porque si me siento en ese sillón —miré hacia el mueble, pero solamente moví la cabeza—, estaré más lejos de usted que ahora y especialmente, si estoy sentado, usted tendrá que preocuparse menos por la posibilidad de que trate de quitarle la pistola. No trataré de hacerlo, de cualquier modo, pero...

—Muy bien, siéntese ―su voz estaba completamente serena—. Pero mantenga las manos donde pueda verlas, sobre los brazos del sillón.

Avancé lateralmente hacia el sillón y me senté en él, manteniendo las manos cuidadosamente a la vista. La pistola siguió mis movimientos.

—Ahora, una cosa más —dije—. Esa pistola no es de­masiado sensible, pero se necesita nada más una presión leve para disparar un revólver amartillado; puede hacerlo fácilmente, sin intentarlo. Si decide disparar contra mí, está bien, siempre y cuando lo haga de propósito. Pero sería triste que sucediera accidentalmente. ¿Quiere mo­verlo ligeramente a un lado o desamartillarlo, una u otra cosa? De cualquier modo, si intentase saltar hacia usted desde esta posición, tendría tiempo para disparar dos veces.

No la desamartilló, pero la pistola se movió un poco, únicamente lo suficiente para apuntar ligeramente a un lado mío, en lugar de hacerlo directamente al centro.

—Muy bien. Ahora, hable. ¿Quién es usted, señor Hunter...?, si ése es su nombre verdadero.

—Es mi nombre verdadero —aseguré—. Y ya debe haber adivinado que soy detective... y por lo tanto, es­toy descubierto y no tengo razón para no admitirlo. Eso termina con mi utilidad en este caso..., pero también dejará de sospechar de mí, no digamos de intentar dis­parar contra mí. ¿Acostumbra usar pistolas contra los detectives? Es mucho más fácil negarse a hablar con ellos, simplemente. A menos que sean detectives de la policía, por supuesto y le muestren una orden judicial y la acusen de algo si no habla. No soy detective de la policía, incidentalmente, sino privado ¿Qué le hizo sospechar que lo fuera?

—No sé si usted es detective o no; ése es el punto. Si lo es, supongo que no puedo hacer nada al respecto, pero si no lo es, voy a entregarlo a la policía. Ahora mismo.

—¿Qué le hace pensar que no soy policía, ahora que lo he admitido?

—Porque otras personas, además de los detectives, han estado interesadas en mí, señor Hunter. Creo que pien­san que sé de esos cuarenta y seis mil dólares perdidos. La casa de Freeland fue robada..., y también registraron mi cuarto de aquí.

—¿No puede haberlo hecho la policía?

—No. Cuando se descubrió que faltaba dinero, fueron y registraron mi casa con una orden judicial e hicieron un trabajo completo ¿Por qué habían de intentarlo nue­vamente, como ladrones?

Sin embargo, parecía que empezaba a creerme. Eso o su brazo empezaba a cansarse. La pistola había descendido hasta quedar sobre la cama..., pero seguía amar­tillada y apuntada todavía en mi dirección. Continuó:

—Además, me han seguido..., antes de esta noche. Quizá han sido detectives, pero ¿cómo puedo estar segura?

—El del episodio de esta noche lo es. Puedo aliviar un poco su mente, diciéndole eso.

—Usted está en combinación con el hombre que me siguió esta noche desde el cine hasta aquí. Me oyó llamar a la policía y salió para alejarlo, antes de regresar y decirme que no había nadie afuera ¿verdad? Eso fue lo que me hizo sospechar de usted.

Suspiré.

—Es cierto. Y creo que estoy en combinación con él, si usted quiere expresarlo en esa forma. Es mi tío y tenemos una agencia de dos hombres Hunter y Hunter. Ambos hemos estropeado un trabajo esta noche. Ahora, ¿quiere desamartillar ese revólver? Si se dispara acciden­talmente, aunque no esté apuntándome, violará una regla. No debe hacerse ruido después de las diez, ¿recuerda?

Debí mantener cerrada la boca. La pistola fue le­vantada y apuntada nuevamente hacia mí.

—Todavía no sé si usted es detective y no voy a creer­lo solamente porque usted lo dice. Cuando busqué en sus cosas, pensé que podría encontrar algo que me indicara lo que es... pero no hallé nada, excepto esta pistola. Y eso puede probar también que es un criminal.

—Tengo una identificación —dije—. Una licencia y todo. Pero están en mi bolsillo y no intentaré sacarlas mientras esté apuntándome con esa pistola nerviosamente.

La pistola no estaba temblorosa, sino bastante firme, pero pensé que era mejor decirlo así, en lugar de explicar que me sentía nervioso, lo cual era cierto.

―¿Qué bolsillo?

Estaba mostrándose cuidadosa, realmente. Le sonreí.

—El del interior de mi saco. Y no debe preocuparse porque pueda tener otra pistola en otro arnés, bajo mi saco, porque estaba en mangas de camisa cuando entró y usted me vio ponérmelo. ¿Está bien?

Movió la cabeza afirmativamente. Metí la mano a mi bolsillo, saqué los papeles que tenía allí, notando que entre ellos estaba el sobre con el cheque de la renta de la oficina, que había olvidado poner en el correo. Saqué un par de ellos y los arrojé sobre la cama, a su alcance. Los tomó y los miró, pero lo hizo con una mano y mantuvo la pólvora seca y el rabillo de un ojo sobre mí, hasta que terminó. Después, dejó el revólver y se levantó.

—Muy bien. Ahora lo creo. Y si me excusa...

—Siéntese nuevamente por favor, señorita Rogers —dije—. No hemos terminado todavía.

—¿Qué más hay que hablar? Si cree que porque ad­mito ahora que es detective y no un...

—Siéntese, por favor —insistí—. Tengo algo más que decirle y... después de apuntarme con una pistola car­gada y amartillada durante cinco minutos, ¿no quiere hacerme el favor de escucharme?

Tomó asiento nuevamente, de mala gana. Observé:

—Olvidó una cosa al interrogarme..., para quién estoy trabajando. ¿No le interesa? A algunos detectives no les importa quiénes son sus clientes. Podía estar tra­bajando para algún criminal, con malas intenciones hacia usted... o referentes al dinero, del que piensa que usted sabe dónde está. No es así. Mi tío y yo no trabajamos en esa forma. Pero...

—Puedo adivinar quién es su cliente, sin que me lo diga. La compañía afianzadora que va a tener que pagar el dinero, si se decide que mi padre lo tomó. ¿Quién otro, además de la policía, y ellos no contratan detecti­ves privados, podría tener un interés honrado en el di­nero?

"Pero he hablado varias veces con ellos. Y les he dicho la verdad. Mi padre no tomó el dinero. No sé quién lo hizo o dónde está. Entonces, ¿qué ganaré hablándole de eso?

—Tiene razón —admití—, estoy trabajando para la compañía afianzadora. —No vi ningún daño en admitir eso, siempre y cuando no involucrase a Starlock; no quería que se enfureciera con Ben Starlock y que tal vez no fuera a trabajar al día siguiente por la mañana—. Pero hay algo que no ha tomado en cuenta. La compañía afianzadora no está interesada solamente en hallar el dinero. Estarán felices solamente con descubrir y poder probar que alguno otro lo tomó. Eso los suelta del anzuelo, igual que si entregaran el dinero. Entonces, en esa forma y hasta esa extensión, sus intereses son los mismos que los de usted, ¿no es cierto? Usted quiere seguramente que el nombre de su padre quede limpio, ¿verdad?

—Sí... —ahora tenía su interés, definitivamente—. Pero..., ¿cómo puedo ayudarlo? Si no sé nada, ¿cómo podría ayudarlos a ellos o a usted?

—Usted podía cooperar conmigo, dejarse enredar.

—¿Enredar?

Le expliqué lo que es enredar; la operación de un detective que se hace amigo de un sujeto, sin que éste sepa que él es detective y lo hace hablar y descubre cosas que el sujeto no habría dicho a nadie que supiera que era un investigador. Y le expliqué la forma en que se había proyectado la operación de Hunter y Hunter; que la vigilancia de tío Am fue un paso preliminar, para ayu­darme a saber cómo podría relacionarme con ella.

—Así —añadí—, no tendrá que preocuparse otra vez porque la sigan, cuando menos él. ¿Por qué no me deja continuar adelante con mi parte y hacerme amigo de usted? No más de lo que usted quiera, por supuesto. Pero..., ahora que la he convencido de que no tengo cuernos, ¿siente que le agrado? ¿O cree que podría llegar a gustarle? Soy buen muchacho; estoy libre, soy soltero y tres años mayor que usted. ¿Sería desagradable para usted salir una o dos veces conmigo?

―Pero...

—Y hay otra cosa buena. Lo anotaré en mi cuenta de gastos; no saldrá el dinero de mis bolsillos. ¿Por qué no cena mañana conmigo en el Blackstone, en el Ireland o en cualquier otro lado? Quizá podremos ir después al tea­tro, a cuenta de la compañía afianzadora.

—Creo que no sería malo. Pero, ¿sería honrado? ¿De parte suya, quiero decir? Ya que sé que usted es detec­tive...

—Creo que eso será una ventaja. Si usted no lo su­piera, tendría que trabajar duramente para hacerla ha­blar del caso..., del dinero y de su padre, lenta y gra­dualmente, para evitar que usted sospechara algo. En esta forma, podemos hablar francamente... como hemos estado hablando hasta ahora. Puedo descubrir mucho más, en mucho menos tiempo. Y nos divertiremos, pero también hablaremos del caso.

—Pero, ¿qué puedo decirle, que no se sepa ya?

—No tengo la idea más leve, pero ya lo hallaré. ¿Tra­to hecho? ¿Debo pasar por usted mañana a las cinco? Por supuesto, sé dónde trabaja.

Sonrió... y fue la primera vez que la vi hacerlo. Y me gustó.

—Muy bien, pero no a mi oficina. Si vamos a cenar en un lugar elegante, quiero venir a casa antes y vestirme adecuadamente. ¿Aquí, a las seis y media? Mi cuarto es el que está arriba de éste.

—Ya lo había deducido —dije—. No olvide que soy detective. A propósito, ¿bebe?

—Algunas veces, ¿por qué?

—Bueno. Me sería más difícil enredarla, si no lo hi­ciera. Pero, más específicamente, son solamente un poco más de las once. ¿Por qué no nos quitamos de las bocas el sabor de pólvora, con un par de martinis o de highballs? No le tomaría más de un par de minutos, subir y ponerse un vestido, en lugar de ese saco de casa y conozco un bar pacífico, situado solamente a unas pocas cuadras de aquí. Y si encontramos un hombre de traje café que nos sigue, puedo mandarlo a hacer las maletas. O a cualquier otro. Ésa es otra ventaja que obtiene con nuestro acuerdo, un servicio de guardaespaldas. Y lo digo en serio.

—Gracias, señor Hunter.

—Ed —corregí—. Si voy a hacer un buen trabajo, en­redándola, tenemos que ser Ed y Wanda. Pero, ¿qué dice de ese trago?

—Gracias, Ed, pero esta noche no. Estoy cansada y soy una muchacha que trabaja; tengo que levantarme mañana por la mañana.

Se paró, me paré y le abrí la puerta. Pasó tan cerca de mí, que me sentí tentado..., pero me contuve. No quería exigir más a mi suerte y arriesgarme a estropear todo, tratando de besarla esa misma noche, ya no digamos de intentar algo más.

Después que la oí caminar en el cuarto de arriba, desamartillé mi pistola e iba a ponerla nuevamente en la cómoda. Después lo pensé mejor y la puse dentro de la maleta metida en su funda, y le eché llave. Por lo que sabía, era posible que la señora Czerny acostumbrara husmear en los cajones y no quería tener que explicarle también a ella que tenía derecho a portar un arma y por qué. En tal caso, toda la maldita casa de huéspedes sabría cuál era mi negocio, no solamente Wanda.

Después, salí y me encaminé hacia la casa de hués­pedes de la señora Brady. Estaba a menos de ocho cua­dras y fui caminando. Era poco después de las once y media cuando llegué y pude ver que no había ninguna luz encendida en nuestro cuarto, así que imaginé que mi tío estaría dormido.

Pero no era así. Había apagado la luz pocos minutos antes y estaba despierto aún. Bajó las piernas de la cama y se sentó a la orilla de ella.

—Esperaba que vinieras —dijo.

—¿Por qué?

—Maldita sea, porque he estado deseando tomar una cerveza o dos, desde que me hiciste retirarme del trabajo. Pero imaginé que algo habría sucedido y que me llama­rías o vendrías, así que volví directamente a casa. No he cenado nada todavía..., excepto un emparedado que compré en el camino y que comí aquí. No tienes prisa por volver, ¿verdad?

—No —admití—. Tengo toda la noche.

—Bueno, entonces me vestiré y saldremos, ¿qué su­cedió?

—Mi relato será prolongado —dije—. Te lo haré mien­tras bebemos las cervezas. Pero mientras estás vistiéndote, explícame cómo te descubrió. Estaba llamando a la po­licía, cuando salí. Llegaron pocos minutos después, en un carro patrulla.

—Lo imaginé. Sí, sé cómo me descubrió, pero no sé cómo podía haberlo evitado, Ed. Debió sospechar que al­guien podía seguirla... y escogió una forma endiablada­mente hábil para descubrirlo. Estaba en la sala cine...

―Empieza desde el principio —lo interrumpí—. Será mejor.

—Muy bien, el principio. Salió del edificio a las cinco y cinco. Entonces lloviznaba y ella no llevaba paraguas. Quizá por esa razón, entró directamente a un restaurante, a Corey's, el que está unas puertas más acá. Permaneció allí tres cuartos de hora, mientras yo esperaba al otro lado de la calle.

"Después salió y fue a casa. Para entonces, la llovizna había parado y fue caminando, La seguí de lejos. Estoy razonablemente seguro de que no me descubrió entonces.

—Efectivamente —dije—. Dijo a la policía que sola­mente la habías seguido desde la sala cinematográfica. Así que no te descubrió antes de eso. ¿Vino a casa directa­mente, sin detenerse en ningún lado?

—No se detuvo en ninguna parte. Cerca de Covent Place, a la vuelta de la esquina, se encontró con alguien conocido, que venía en sentido contrario, se detuvo y ha­bló con él unos pocos minutos, pero pareció algo casual. Un tipo alto y musculoso, con pelo negro, de unos treinta años. ¿Quieres saber más de él?

—Será mejor saberlo —contesté—. Puede ser alguien que conoció en la casa de huéspedes y si es así, puedo identificarlo después.

—De 1.82, aproximadamente, noventa kilos. No pude ver el color de sus ojos; estaba mirando hacia otro lado cuando siguió adelante y pasó junto a mí. Yo diría que es un cliente rudo, pero no de mal aspecto. Traje gris, camisa de color azul claro, sin sombrero. Lo reconocería si lo viera nuevamente, pero ésa es la descripción más exacta que puedo darte.

—Adelante —dije—. Lo reconoceré, si está alojado aquí.

—Di vuelta a la esquina, cuando ella iba entrando. Estoy seguro de que no me había descubierto hasta en­tonces, así que pasé frente al edificio, para estudiarlo. Entonces fue cuando vi el anuncio de que se rentaba un cuarto. Pero podía salir pronto, así que no me aventuré a buscar entonces un teléfono. Pero permaneció allí casi una hora, antes de salir. Esta vez, se dirigió hacia la calle State, siguió hacia el sur y entró a la sala cinematográfica. Fue entonces cuando te llamé por teléfono.

"Después de eso, entré al cine tras ella, logré descu­brirla, después de que mis ojos se acostumbraron a la oscu­ridad y tomé un asiento atrás, desde donde pudiera vigi­larla.

"Cuando salió, le di un minuto completo, antes de levantarme y salir. Pero entonces fue cuando me descu­brió. Estaba todavía en el vestíbulo, fingiendo pintarse la boca, pero vuelta hacia la puerta por donde salí. Me miró a su gusto, naturalmente. Tuve que salir, pasando junto a ella. Pero afuera, me perdí de vista rápidamente y esperé hasta que se alejó más de media cuadra, en dirección a su casa, antes de salir de donde estaba oculto. Y le di bas­tante distancia y me mantuve todo el tiempo al otro lado de la calle. Y ella no se volvió a mirar hacia atrás. Sin embargo, se detuvo varias veces a ver los aparadores de las tiendas y debe haber descubierto mi imagen refle­jada en uno de ellos. Como ya me había visto desde cerca...

Se encogió de hombros.

—Bueno, así que estropeé el trabajo. Debí permanecer afuera, al otro lado de la calle, mientras ella estaba en el interior de la sala cinematográfica. Lo habría hecho, si hubiera sabido que era suspicaz y que iba a tenderme una trampa. Pero creo que no se ha perdido nada..., tú estás allí, donde tendrás oportunidad de conocerla, si no la conoces, y para eso era solamente la sombra. De cualquier modo, yo no podría seguirle los pasos después de esta noche.

Había terminado de vestirse, mientras hablaba y estaba poniéndose el saco.

—¿Estás listo, muchacho?

—Un momento —dije—. Hice la maleta con tanta prisa, que no eché en ella unas pocas cosas que necesitaré. Las llevaré conmigo ahora, así no tendré que regresar, después que terminemos de hablar.

Fui por el corredor hasta el cuarto de baño, saqué mi máquina de afeitar y las otras cosas, regresé y saqué del gabinete mi bata y mis pantuflas. Estaba empezando a hacer un bulto con todo, cuando tío Am sugirió que, ya que todo cabía en su maletín, sería mejor que lo lle­vara allí. Eso fue lo que hice.

Fuimos a la taberna de Tom, Dick y Harry, pro­piedad en realidad de tres tipos, dos hermanos y un primo, que tenían esos nombres. No es la cantina más cercana a nuestro cuarto, pero es la más cercana en que se puede hablar, sin tener que gritar por encima del ruido de un fonógrafo automático, una televisión o un radio, o de las tres cosas, como sucede en algunos bares. Además, tienen buenos emparedados calientes a toda hora y tío Am sentía hambre.

Ocupamos un gabinete en un rincón. Tío Am ordenó una hamburguesa con papas a la francesa y una botella de cerveza para cada uno. Esperamos hasta que nos tra­jeron las cervezas y entonces empecé mi relato, desde el momento en que ella habló por teléfono. Estaba en el momento en que ella tocó a mi puerta para mandarme a buscar nuevamente a "ese hombre", cuando trajeron el emparedado de tío Am y tuve que esperar hasta que la mesera se retiró.

Entonces continué. Tío Am estaba dando la se­gunda mordida a su emparedado, cuando llegué al punto en que regresé a mi cuarto y me encontré con mi propia pistola, amartillada y apuntada hacia mí. Estuvo a punto de sofocarse. Me levanté y tendí la mano para palmearlo en la espalda.

Reanudé mi relato. No me interrumpió, hasta que le hablé de cómo le pasé mi licencia y mi tarjeta de iden­tificación y entonces dijo:

—Dios mío, hijo. Si sabe que eres detective, entonces ambos fallamos. Creo que tendremos que decirlo a Starlock...

—Espera —lo interrumpí—. Come tu emparedado y déjame terminar —terminé mi historia y añadí—: Creo honradamente que las chapuzas que cometimos, fueron lo mejor que pudo haber sucedido. Supongamos que no te hubiera descubierto. No se habría detenido frente al teléfono para llamar a la policía y yo no hubiera tenido oportunidad de entablar conversación con ella. Habría subido a su cuarto..., y ni siquiera la conocería ahora. Podrían pasar días, antes de que tuviera oportunidad de hacerlo.

"Y como están las cosas, tengo una cita con ella para mañana por la noche. Más bien, esta noche. Seguro, ella sabe que soy detective y en qué estoy interesado..., pero yo diría que eso es una ventaja. Podremos hablar fran­camente. Apuesto que en una noche puede darme detalles que...

—Seguro —me interrumpió tío Am—, está bien y se­guro, si ella es sincera. Pero, ¿y si sabe que su padre fue culpable y dónde está el dinero?

—¿Crees que me lo diría más pronto si creyera que soy Ed Hunter, impresor y no Ed Hunter, detective? No y a cubierto, sería difícil hacerla hablar del caso. Y si está mintiendo, creo que podré descubrirlo... cuando menos, cuando llegue a conocerla más. ¿Tomamos otra cerveza?

Ordenamos otra botella de cerveza para cada uno y cuando estábamos bebiéndola, tío Am dijo:

—Muchacho, esto es lo que tendremos que hacer. Aun cuando tengas razón, respecto a que podrás trabajar mejor en esa forma: Tendremos que informar de todo a Starlock.

—Seguro —admití—. Pero déjame asistir a la entre­vista con él. Creo que podré convencerlo de que me deje continuar en el trabajo.

—Muy bien, Ed. Escucha, no tienes muchos planes para mañana, ¿verdad? Quiero decir, antes de la noche.

—No —contesté—, excepto almorzar con la señora Czerny. Parecerá extraño que, después de pagar los al­muerzos de una semana, falte al primero.

—Muy bien. Esto es lo que haré. Llamaré a Starlock a su casa, mañana por la mañana, temprano, a la hora aproximada en que esté levantándose y vistiéndose. Haré una cita para que venga a nuestra oficina o para verlo en algún lado, en la forma que lo desee. Probablemente deseará vernos a las nueve, antes de ir a su oficina. Será mejor que vengas a esa hora, ya que de cualquier modo, te habrás levantado para almorzar.

Le dije que, por mi parte, estaba bien y hablamos de otras cosas, hasta que terminamos nuestras cervezas y sa­limos. Él se encaminó en una dirección y yo en otra, hacia las diferentes casas de huéspedes en que dormiríamos esa noche.

 

 

CAPÍTULO CUATRO

 

Me metí inmediatamente a la cama, preparando mi reloj despertador mental para que me despertara al cuarto para las ocho. Me dormí y desperté a esa hora.

Por la mañana, tuve que probar tres veces, antes de encontrar desocupado el cuarto de baño y empecé a apre­ciar la regla de la señora Czerny, que prohibía los duchazos entre las seis y las nueve. Pero un cuarto de hora después, me encontraba vestido, afeitado y listo para almorzar. La puerta del departamento del fondo estaba entornada. Llamé suavemente y entré.

El almuerzo estaba siendo servido; en ese momento, había dos personas desayunando. Había seis lugares en la mesa, pero ya que los inquilinos almorzaban a horas diferentes, entre las seis y las nueve, dudé que todos estuvieran ocupados a un tiempo alguna vez.

La señora Czerny me oyó llamar; apareció a la en­trada de la cocina, al otro lado del cuarto y me saludó:

—Buenos días, señor Hunter. Tome asiento. Le pre­sento a la señorita Watrous y al señor Black.

Al deslizarme en mi asiento, la señorita Watrous y yo murmuramos los buenos días, y como Black solamente me saludó con un movimiento de cabeza, me decidí por hacer lo mismo con él.

La señorita Watrous parecía una maestra de escuela, pero después supe que era taquillera de un teatro. Ya conocía al señor Black, por descripción; era grande, muscu­loso, de cabellos negros y de treinta años, aproximada­mente. Esa mañana no vestía un traje gris, solamente pan­talones y una camisa deportiva, desabotonada lo sufi­ciente para mostrar un pecho velludo, pero me sentí razonablemente seguro de que era el hombre de quien me dijo mi tío que se detuvo brevemente para hablar con Wanda, cuando ella estaba a una cuadra de la casa de hués­pedes, en camino a casa, del trabajo.

El almuerzo resultó consistir en cereal o huevos, con una tostada y café. Preferí los huevos. No era un gran almuerzo, pero tampoco era malo, por el precio, conside­rando que uno podía pedir más café u otra tostada, si lo deseaba. Fue suficiente para mí, sin repetir.

La señorita Watrous salió poco después de que empecé a almorzar, pero Black permaneció allí después de termi­nar y pidió y obtuvo una segunda taza de café. Pensé que no me haría ningún daño establecer relaciones con él, así que hice uno o dos comentarios inocuos, pero solamente obtuve monosílabos como respuesta, así que cedí.

Se tomó tiempo para terminar su segunda taza de café y seguía allí cuando terminé. Me levanté, dije "has­ta luego", dirigiéndome principalmente a la señora Czerny, que estaba en la cocina, pero dejando margen para que pensara que lo incluía a él, si quería, y salí. No había llegado a la puerta de la calle, cuando oí pasos detrás de mí y él me llamó:

—Eh, Hunter.

Me detuve y me di vuelta, preguntándome qué de­searía.

—Quiero hablar un minuto con usted. En privado. Por eso no hablé allí —señaló con el pulgar por encima de su hombro, hacia la puerta de la señora Czerny—. Entre a mi cuarto.

No parecía haber en sus palabras animosidad ni ame­naza y me pregunté qué diablos querría. ¿Sabía quién era yo? No veía cómo podría haberlo descubierto..., a menos que Wanda se lo hubiera revelado. Podría haberlo visto esa mañana al salir a su trabajo... o aun la noche an­terior, después que salí para hablar con tío Am.

De cualquier modo, quise saberlo, aun cuando tu­viera que llegar un poco tarde a la oficina o fuera nece­sario que tomara un taxi, en lugar de caminar. Dije:

—Muy bien, ¿cuál es su cuarto?

Pasó junto a mí y abrió la puerta de la habitación que estaba junto a la mía, la segunda, a partir de la calle. Empecé a tener una idea respecto a lo que podría ser y también a sentirme un poco asustado. Pero ya había aceptado y tuve que contenerme y seguir adelante.

Entré. Era un cuarto un poco más pequeño que el mío, pero tenía las mismas piezas de mobiliario, así que se encontraba un poco más apretado. Oí que la puerta se cerraba y cuando me volví, estaba apoyado contra ella. Pero su cara parecía inexpresiva.

—Usted tuvo compañía en su cuarto anoche, amigo —me dijo.

—¿Hay alguna regla contra eso? No hicimos ningún ruido.

—Sé que no lo hicieron, excepto hablando. Y no en­tendí ninguna de las palabras, pero conozco la voz. Wanda Rogers. Y oiga..., no quiero que ande molestándola, ¿ve?

Comprendí que no lo convencería, aunque lo intentara, de que mi visitante había sido alguna otra persona; parecía demasiado seguro. Así que no lo intenté. Opiné:

—No veo por qué debe importarle quién fue. De cualquier modo, si estuvo escuchando, sabe que no perma­neció allí mucho tiempo... y que solamente hablamos.

—Sí, lo sé. Y la oí subir después, sola. No estoy di­ciendo que sucedió algo. Nada más estoy diciéndole que la deje en paz, ¿ve?

Vi... y no vi. ¿Estaba enamorado de Wanda ese estúpido? Podía ser, pero no imaginaba a Wanda alen­tándolo en ninguna forma; él no era su tipo, seguramente, por mil kilómetros. Repliqué:

—Usted no es su guardián ni su esposo. Ella es libre, blanca y de veintidós años. ¿Qué le importa a usted?

—Yo estoy haciendo que me importe, amigo. No le interesa por qué. Y no estoy pidiéndoselo; estoy orde­nándoselo.

Cerró los puños. No dijo qué iba a hacer con ellos, si no estaba de acuerdo con él; no tenía que decirlo. Lo estudié, preguntándome si podría vencerlo. No parecía haber otro camino que intentarlo..., a menos que lo es­quivara y difícilmente podría hacerlo sin arruinar toda la operación y renunciar al trabajo. Ya tenía, cuando menos, una cita con Wanda... y cumpliría esa noche con ella, con mi propio dinero y no con el de la cuenta de gastos, si Starlock nos retiraba del trabajo. No iba a retroceder ahora, aunque me costara una zurra.

Era grande; pesaba cuando menos quince kilos más que yo. Algunos grandulones son blandos, pero él no lo parecía. Traté de ganar tiempo.

—¿Qué interés tiene en esto, Black? —pregunté—. Oiga, aunque esté enamorado de la muchacha, no tiene derecho a evitar que tenga citas con quien quiera. Usted no es su dueño.

—No estoy discutiendo con usted, amigo —contestó—. Estoy diciéndoselo. Digo que la deje en paz o voy a aplastarlo. Aquí mismo, a menos que prefiera salir al calle­jón, donde tendremos más espacio para divertirnos.

Suspiré. No había ninguna salida de eso, a menos que me arrastrara y pidiera ayuda. Y era un muchacho bastante grande, para que hiciera cualquiera de esas cosas. Pero comprendí que el callejón era una buena sugestión, desde mi punto de vista. Quizá podría vencerlo o tal vez no, pero tendría más probabilidades de hacerlo donde había más espacio para el juego de piernas. En aquel cuarto reducido, no sería posiblemente otra cosa, que una competencia de fuerza. Al primer paso que re­trocediera, me hallaría en un rincón o caería sobre la cama o sobre una silla.

—Muy bien, si lo quiere en esa forma, Black. El callejón —acepté.

Se apartó a un lado, me dejó salir y estaba cerrando su puerta, al tiempo que yo metía la llave a la cerradura de la mía. Llegó junto a mí en un segundo.

—¿Para qué diablos va a entrar?

Quizá pensó que iba a cerrar la puerta y a echarle llave tras de mí, o quizá a sacar un arma peligrosa. Pre­gunté:

—¿No le molesta si dejo el saco sobre la cama? Des­pués de todo, usted no trae uno puesto.

Permaneció cerca de mí, a la entrada. Me quité el saco y lo arrojé sobre la cama. Después hice lo mismo con mi corbata. Retrocedió cuando vio que iba a salir y yo cerré la puerta nuevamente y lo seguí a la calle. Había un pasadizo angosto, entre nuestro edificio y el siguiente y me dejó pasar primero, pensando sin duda que yo po­dría arrepentirme y correr, si me dejaba caminar detrás de él. Lo habría hecho, en otras circunstancias; lo mejor que pude decir, respecto a lo que iba a suceder, era que pen­saba que tendría posibilidades de vencerlo. Si era lento o de movimientos entorpecidos por el exceso de muscula­tura, o no sabía cómo pelear, si músculos y fuerza era lo único que tenía.

Mientras caminábamos entre los edificios, me levanté las mangas de la camisa y. cuando llegamos al callejón, caminé hasta el centro de él y me puse en guardia. Ya que de cualquier modo, estaba comprometido, no tenía que dejarle la ventaja; yo aplicaría el primer golpe, si po­día... y me retiraría, si podía.

Avanzó hacia mí, pareciendo muy torpe y empecé a esperar lo mejor. Retrocedí un paso y luego avancé, lan­zando una izquierda a su cara, para hacerlo levantar la guardia, que fue lo que hizo y giré para hundir mi dere­cha duramente en su estómago. Un golpe que debía lastimarlo, que lo desinflara, si era blando, o reduciría su velocidad, si no lo era.

Lastimó, cierto, pero me lastimó a mí, no a él. Los músculos de su estómago estaban tensos y eran duros como la roca; fue como conectar mi golpe dominguero a una pared de ladrillo, acojinado muy ligeramente. Sentí deseos de acariciar mis nudillos. Pero él estaba iniciando un golpe desde muy abajo, que tenía que esquivar y lo hice..., poniéndome en el camino de su mano izquierda, que me pegó en medio del pecho, en el plexo solar al que apuntó anteriormente Wanda Rogers con mi revól­ver la noche anterior. Pero el revólver no disparó y ese golpe sí, como un cañonazo. Cuando uno mira un en­cuentro de box, ve que un golpe pega allí ocasionalmen­te... pero hay un guante que amortigua un poco el impacto y rara vez se convierte en un puñetazo definitivo. Un puño sin guante puede noquearlo a uno al pegar allí, cuando es conectado por un tipo como Black.

De cualquier modo, me dejó frío.

Cuando se encendieron nuevamente las luces, yo estaba tendido en el callejón sobre mi espalda, jadeando para recobrar el aliento y cada inspiración me dolía como si tuviera rotas todas las costillas.

Alguien se hallaba parado frente a mí, pero me tomó algunos segundos descubrir quién era.

—¿Tienes suficiente amigo? Dios, caes fácilmente —dijo ese alguien y recordé dónde estaba y qué había sucedido.

Esperé un segundo o dos, hasta que pude respirar nuevamente, más ó menos y pude hablar.

—Basta —dije—. Debiste decirme que eras profesional.

Rió, pero no fue una risa divertida.

—¿Vas a levantarte y a recibir más..., o estás de acuerdo con lo que te dije de esa muchacha..., o quieres que te trabaje donde estás? ¿Qué?

Esperé a que mi respiración se normalizara un poco más, lo suficiente para pronunciar unas cuantas frases seguidas, mientras decidía cuáles debían ser. Después rodé sobre mi costado y me apoyé sobre un codo, pero no me levanté, definitivamente, ni actúe como si estuviera in­tentando hacerlo. Pero ahora me encontraba frente a él, desde donde podía vigilar sus pies en caso de que tuviera ideas en ese sentido, cuando menos podría desviar su primer patada.

—No voy a levantarme. Puedes golpearme..., lo acep­to. Pero si vas a trabajarme, te diré una cosa. Si empiezas, debes hacer el trabajo completo, hasta matarme, para en­frentarte a una sentencia por asesinato. Si no lo haces, yo me encargaré de que te castiguen lo más duramente que pueda lograrlo, cuando pueda caminar nuevamente. Eso, o te mataré yo mismo... con una pistola. No dejes el trabajo a medias. ¿Entiendes? No estoy bromeando.

Y así era. Debió notarse en mi voz. Me creyó. Pude verlo pensar, casi pude oír los engranes, girando en su cabeza. Lo vi mirar rápidamente hacia un lado y otro del callejón. Estaba calculando las posibilidades y yo las de­duje.

—Otra cosa más —añadí—. Si esperas matarme y que­dar sin castigo, será mejor que lo hagas rápidamente, una vez que empieces. Porque una pelea limpia, y eso fue hasta ahora, es una cosa, y un "trabajo completo" o un asesinato es otra. Al momento en que hagas un movi­miento hacia mí, empezaré a gritar... y muy fuerte. Este callejón estará lleno de gente, antes que termines.

Bajó la mirada hacia mí, pero estaba indeciso. Dijo algo que no repetiré, se volvió sobre sus talones y se alejó por el pasadizo.

Me tomé mi tiempo, tuve que hacerlo, para levan­tarme y seguir sus pasos. Me sentía endiabladamente mareado y me dolía todo el cuerpo, de la cintura hacia arriba. Cuando llegué a la calle, lo vi dar vuelta a la esquina lejana; había seguido adelante, hacia donde fuera, en lugar de volver a la casa de huéspedes. Eso no me hizo sentirme infeliz.

De regreso en mi cuarto, permanecí sentado en mi cama un minuto o dos y luego miré mi reloj. Faltaban solamente veinte minutos para las nueve. De cualquier modo, llegaría tarde a la oficina. Tenía que cepillarme los dientes y lavarme. Entonces recordé que solamente era una suposición que Starlock estaría allí a esa hora; si no iba a llegar a esa hora, no tendría que preocuparme. Y no me sentía con ánimo de apresurarme.

Fui hasta el teléfono, metí una moneda en la ranura y marqué el número de la oficina. Tío Am ya estaba allí.

—Habla Ed, tío Am. ¿Está allí Starlock o llegará pronto?

—No, muchacho. Me comuniqué a su casa antes que saliera, pero me dijo que estaría muy ocupado por la mañana, en otro caso, y concerté una cita para comer con él. A las doce y media en el Stag Grill; él reservará la mesa. ¿Quieres reunirte allí con nosotros o vendrás antes a la oficina?

—Bueno. Quiero decir, me alegro que se haya pos­puesto la cita para entonces. Algo va a suceder aquí, algo que quiero investigar antes. Escucha, no sé si iré antes a la oficina o directamente a la cita. Si no estoy en la ofi­cina para las doce, te veré en el Stag Grill media hora después.

—Muy bien, muchacho. ¿Es algo relacionado con el caso en que estás trabajando?

—Que me cuelguen si lo sé —contesté—. Pero trataré de descubrirlo. Te lo explicaré cuando te vea.

—No quieres hablar por ese teléfono, ¿uh? Muy bien, nos veremos. Cuídate.

—Trataré de hacerlo.

Regresé a mi cuarto y permanecí sentado por diez minutos, aproximadamente, para recuperar un poco de fuerza. Después me desvestí, me puse mi bata y fui al cuarto de baño. Eran ya más de las nueve, hora en que podía bañarme y deseaba hacerlo, ciertamente. Llené la tina de agua caliente y me remojé en ella por largo tiem­po. Mientras estaba allí, palpé mis costillas y decidí que no tenía rota ninguna. Si aquel golpe no me hubiera pegado exactamente en el centro me hubiera dolido menos y ciertamente, no me habría puesto fuera de combate, pero es casi seguro que ahora tendría algunas costillas fractu­radas.

De regreso en mi cuarto, examiné la ropa que llevaba puesta, cuando fui hasta el callejón. Los pantalones sola­mente estaban empolvados y por suerte llevé entre mis cosas un cepillo para ropa, así que no tenía problema con eso. Pero la camisa recibió la peor parte y me puse una limpia, cuando me vestí.

Después fui hasta la puerta de la señora Czerny y llamé a ella. La señora abrió.

—¿Sí, señor Hunter?

—Por favor, llámeme Ed, señora Czerny, ¿Puedo en­trar un minuto?

—Seguro —retrocedió para dejarme el paso—. Siéntese, Ed. ¿Sucede algo malo?

—No —contesté—. Pero me pregunto si no le moles­tará si le hago una pregunta o dos respecto a uno de los otros inquilinos. Yo... bueno, tuve una reyerta con él y quiero saber en qué estoy metiéndome.

—Apuesto que puedo adivinar con quién. Blackie. Jules Black —moví la cabeza afirmativamente y ella con­tinuó—: El mejor consejo que puedo darle, es que lo deje en paz, que no se pelee con él. Es mucho más grande que usted y muy rudo.

—Eso pensé —admití—, ¿Es boxeador profesional?

—Ahora no, quizá lo fue en un tiempo. ¿Sabe dónde está el Ganso Gris?

Abrí la boca para decir que sabía dónde era, pero que nunca había estado allí. Entonces recordé que acababa de llegar de Gary y moví la cabeza negativamente.

—Bueno, es un club nocturno que está en la calle Clark..., en la parte norte, no en la de los tugurios, cerca de aquí. Blackie es el portero de allí... y el que saca a los escandalosos.

—Oh. Bueno, creo que entonces debe ser rudo; tiene que serlo. —Y entonces, ya que ella estaba contestando mis preguntas, sin mostrar curiosidad, surgió la cuestión a la que quería llegar realmente—. ¿Por cuánto tiempo ha estado alojado aquí?

—Tres semanas..., tres y media. ¿Por qué riñeron, Ed?

—Oh, por nada importante —dije—. Fue... bueno, algo un tanto personal y de cualquier modo, no quiero que parezca una queja.

—Muy bien, pero tenga cuidado con él, Ed. Tiene mal carácter y yo diría que puede ser peligroso, si lo hace enfurecer.

Le sonreí.

—Tendré cuidado. Y muchas gracias, señora Czerny —me volví para salir y luego me di vuelta nuevamente—. No es que esto me parezca importante, pero si trabaja en un club nocturno, ¿no significa eso que está allí la mayor parte de la noche? ¿Cómo es que se levanta tan temprano para almorzar con usted?

—Solamente lo hace los viernes por la mañana, Ed. El jueves es su día libre. Otros días, duerme hasta tarde, comúnmente hasta medio día. No tiene que preocuparse por encontrarse con él cada mañana, a la hora del al­muerzo. Únicamente los viernes.

—Bueno. Y gracias por decirme que duerme hasta tarde las otras mañanas. Mi cuarto está junto al de él y como creo que las paredes son muy delgadas, permaneceré silencioso por las mañanas si estoy allí.

—No creo que necesite preocuparse por los ruidos comunes. Duerme profundamente. Lo sé, porque lo han llamado por teléfono una o dos veces y he tenido que golpear fuertemente la puerta para despertarlo. Y usted no tiene un radio, ¿verdad? Nada más esa maleta que trajo.

—No lo tengo conmigo —dije. Me alegré de la opor­tunidad de explicar por qué viajaba con tan poco equi­paje; de otro modo, sospecharía—. Tengo algunas cosas en Gary, pero las dejé allí hasta que consiga un empleo y sepa que va a gustarme. Bueno, gracias, nuevamente.

Volví a mi cuarto. Todavía no me sentía muy bien. El pecho me dolía como si alguien hubiera hecho pasar sobre mí un camión y un poco de descanso me haría bien. Tío Am podía cuidar de la oficina y yo aguardaría hasta poder reunirme con él y con Starlock.

Así que me acosté en la cama, pero no dormí. Pensé en la cita de esa noche con Wanda, en las preguntas que desearía hacerle y cómo las iba a formular. No traté de pensar en el caso en general y en las preguntas de si Jason Rogers había tomado realmente o no el dinero, o dónde estaba ahora la plata, si lo hizo, porque no me parecía bien hacerle preguntas respecto a un caso, hasta tener más información referente a él, de la que tenía yo res­pecto a éste. Adivinar, sin tener hechos, o cuando menos impresiones fuertes, que conduzcan las deducciones, es perder el tiempo. Es como trazar un plan en un juego de ajedrez que no ha comenzado todavía, cuando no sabe uno siquiera qué apertura va a usar el oponente.

Pensé en Blackie, en Jules Black y me pregunté en qué parte entraría, si es que tenía alguna relación con él. Pero tampoco tenía hechos suficientes para seguir ade­lante desde ese ángulo. Esa noche, Wanda, me diría hasta qué punto lo conocía y cómo y cuándo lo conoció y qué lo hizo pensar que era su protector. Entonces, si me daba las respuestas directas, podría entender a Blackie mejor que ahora.

En ese momento, la única cosa que podía pensar de Blackie inteligentemente, era que me gustaría traer mi trombón de la casa de la señora Brady a la de la señora Czerny, una mañana, cuando Blackie estuviera durmiendo todavía y tocar un poco de Dixieland fortíssimo. Eso lo despertaría. Pero, después de todo, quizá no era un pen­samiento tan inteligente. Aun cuando Blackie lo apre­ciara, no sucedería lo mismo con la señora Czerny.

A las doce salí, para poderme tomar mi tiempo y empecé a caminar hacia el lugar de la cita. Llegué a tiempo al Stag Grill, pero tanto Ben Starlock como tío Am ya estaban allí, con bebidas frente a ellos.

—Hola, Ed —saludó tío Am—. Siéntate. Escucha, am­bos llegamos temprano y ya le conté a Ben cómo estropeé anoche el trabajo. Mi parte no me tomó mucho tiempo. Ahora te toca hablar.

—Pero antes, toma algo —dijo Starlock.

Llamó un mesero y ordené un highball.

Relaté mi historia y la expresión de Starlock no cam­bió. Pero frunció el ceño cuando terminé, es decir, cuando oyó lo de la parte de la noche anterior. Comentó:

—Ed, creo que estoy de acuerdo contigo. Tienes más posibilidades de obtener algo, que si ella no supiera lo que eres..., por el contrario, sospecharía de ti, si le hi­cieras demasiadas preguntas. Te diré una cosa. Asumiré la responsabilidad. Dejaré afuera esa parte de tu relato, cuando informe a la compañía afianzadora, la parte de la pistola y lo de que tuviste que revelarle todo para no ser entregado a la policía. Les diré solamente las otras cosas y que tienes una cita con ella esta noche. ¿Está bien?

—Magnífico —dije.

—Pero hay una trampa. Una prueba, para saber si va a ser sincera realmente contigo o a tomarte el pelo. Si sucede eso, no tendrá objeto que sigas adelante, después de esta noche.

—Muy bien, ¿cuál es la prueba, Ben? ¿O no se supone que debo saberlo?

—Te lo diré. ¿Recuerdas que me dijo que tenía un trabajo de modelo, con Marshall Field? Y yo comenté que debía haberlo investigado y que lo haría. Bien, lo hice... y ella no tiene ningún empleo allí. Nunca han oído hablar de ella.

"Así que la sorprendí mintiéndome. Ve que te dice respecto a la razón por la cual va a dejar el puesto en mi agencia y a dónde va a trabajar después. Si te dice que con Marshall Field, bueno, entonces estará mintiéndote también.

—¿No es bastante justo, Ed? — preguntó tío Am―. Oye, dijiste que ibas a investigar algo esta mañana en la casa de huéspedes. ¿Qué fue? ¿Algo importante?

―No lo sé —contesté—. Pero me tomará algún tiempo explicarnos y ya no tenemos bebidas. ¿Debemos...?

Ben Starlock ya estaba llamando nuevamente al me­sero.

Les relaté mi pelea con Blackie, a lo que había llevado y lo que me dijo después la señora Czerny. Esta vez era tío Am quien estaba frunciendo el ceño, cuando terminé.

—Muchacho —dijo—, ese tipo puede ser peligroso. No te acerques a él.

Starlock movió la cabeza afirmativamente.

—Evita las dificultades con él, Ed. Pero tengo curio­sidad. Déjame investigar un poco sus antecedentes. Frank Basset me dirá si tiene un expediente policíaco y también preguntaré en el Ganso Gris y veré si trabaja allí real­mente y desde cuando.

—Déjame hacer eso, Ben —pidió tío Am—. Conozco a León Cavallo, que es dueño del lugar, o cuando menos lo era. Creo que todavía lo tiene. Y si es así, puedo sa­carle más información que tú. O que los policías.

Ben gruñó.

—Supongo que no quieres verlo durante horas de tra­bajo, para poder mandarme una cuenta por los gastos.

—Le sacaré más en esa forma —sugirió tío Am—. Estará de mejor humor.

—León Cavallo —dije—. ¿Es aficionado a la ópera? ¿O ése es realmente su nombre?

—Es aficionado a la ópera. Y en parte, ése es su nom­bre auténtico y el apellido. Tenía un nombre impronun­ciable y lo cambió por León. De propósito, por supuesto.

Starlock nos miró de uno a otro.

—¿De qué están hablando ustedes?

—Leoncavallo —expliqué—, un solo nombre, fue un famoso compositor de óperas, más conocido por Pagliacci, la del payaso.

—Bastardos eruditos —comentó Starlock—. Muy bien, Am, puedes ver a ese Cavallo. Y será mejor que llames a Basset, para saber si ese tipo tiene antecedentes. Pero no me cobres por eso. Ni siquiera diez centavos por la llamada telefónica..., hazla desde tu oficina —se volvió hacia mí—. Ed, ¿es posible que ese Black haya sospechado que eres detective?

—No es posible, que yo lo sepa, a menos que Wanda se lo haya dicho. No creo que lo haya hecho, pero eso estará en uno de los primeros lugares de la lista de lo que le preguntaré esta noche, lo mismo que la relación que existe entre ellos, si hay alguna. Si la hay, es probable­mente en un sentido solamente; no puedo concebir que una muchacha como ella esté prendada de un gorila como él.

—Estuviste inconsciente después que él te golpeó. ¿No pudo haberte registrado?

Moví la cabeza negativamente.

—Mi identificación estaba en mi saco. Lo dejé en mi cuarto y cerré la puerta con llave, antes de encaminarnos a nuestro desafío en el callejón.

Pero llevabas la llave de tu cuarto en el bolsillo de tus pantalones. ¿No pudo haberla tomado para entrar a él mientras estabas sin sentido y luego regresar?

—No pude haber estado inconsciente tanto tiempo. Hasta una cuenta de diez segundos, probablemente, quizá hasta medio minuto. Pero recuerdo las horas, cuando fui­mos al callejón, cuando regresé a mi cuarto. No pude haber estado sin sentido tanto tiempo, para que pudiera hacer eso.

Pensé un minuto.

—Además —dije—, si hubiera sospechado que soy detective, no se habría arriesgado a provocar una pelea con­migo, como lo hizo..., ya sea que esté involucrado en el caso en alguna forma o no. Lo habría evitado.

―Creo que tienes razón respecto a eso —admitió Starlock. Miró su reloj—. Diablos, hemos estado hablando una hora y tengo mucho trabajo que hacer esta tarde. Vamos a ordenar y a comer.

Ordenamos, comimos y luego disolvimos la reunión. Tío Am me dijo que me tomara la tarde libre, si quería, pero le contesté que prefería volver a la oficina y regresé con él. Ya en la oficina, preguntó:

—Bueno, muchacho, ¿jugamos rummy?

—Llama antes a Basset —sugerí— y termina con ese negocio.

Llamó a Frank Basset, el mejor amigo que tenemos en la comandancia de policía y lo oí preguntar respecto a Jules Black y decir después:

—Muy bien, Frank, pero no cuelgues todavía. Otra pregunta. ¿Sabes si Cavallo es patrón todavía del Ganso Gris...? Bueno. ¿Sabes cómo puedo hacer una cita con él? ¿No está en el club...? Muy bien, Frank; estaremos aquí.

Cortó la comunicación y me informó:

—Frank no conoce el nombre de Jules Black, pero lo hará buscar en los archivos. Y no conoce personalmente a Cavallo, pero dice que un par de sus muchachos lo conocen y que hablará con ellos, si están allí. Bueno, trae las cartas y la libreta de anotaciones.

Habíamos terminado un juego, cuando sonó el telé­fono.

—Probablemente sea Frank. Espera a que tome la extensión —indiqué.

 

 

CAPÍTULO CINCO

 

Fui a la oficina de recepción y levanté el teléfono, a tiempo de oír contestar a tío Am. Era Basset.

—Sí, hay antecedentes de un Jules Black, alias Blackie. —Informó—. No es mucho, pero sí algo. Cinco arrestos, una condena. La condena fue... vamos a ver, en el primer arresto, hace nueve años. Asalto. Dio entonces su edad como veintidós años…, eso lo hace sumar ahora treinta y uno. Fue condenado a dos años y cumplió nueve meses. Desde entonces, ha sido arrestado cuatro veces... la primera, dos años después de que salió de la cárcel..., pero ninguna de las acusaciones prosperó. Fue llevado a juicio únicamente una vez, pero salió.

—¿Cuáles fueron las acusaciones, Frank?

—Dos veces por asalto, dos por ataque peligroso. Fue una acusación de asalto la que lo llevó ante un juez, pero, como dije, consiguió la absolución. No tengo aquí los detalles, pero puedo buscarlos.

—Gracias, Frank, pero creo que no los necesitaremos. ¿Cuál fue la fecha del último arresto?

—Hace dos años. O ha estado manteniendo limpia la nariz desde entonces o no hemos podido sorprenderlo en nada.

—Muy bien, ¿qué me dices de Cavallo?

—Hablé con uno de los muchachos que lo conoce. Me dijo que Cavallo no va al club frecuentemente en las noches de media semana, pero que no falta los sábados y la mayor parte de los domingos. Y conseguí su dirección, tiene un departamento en La Salle, pero no tiene número telefónico. Probablemente no está en el directorio, pero puedo conseguírtelo, si es importante.

—No te molestes, Frank —dijo tío Am—. Si puedo encontrarlo mañana por la noche, aguardaré hasta en­tonces. Oh, ¿sabes si están abiertos nuevamente los salo­nes de juego que había sobre el Ganso Gris?

—Mi amigo dice que no, que Cavallo los ha tenido cerrados desde la incursión, hace dos años. Sin embargo, creo que todavía tiene sus otros negocios.

Cuando me reuní con tío Am, después de la llamada, le pregunté:

—¿Cuáles son los otros negocios de Cavallo?

—Está con el sindicato que controla a los corredores de apuestas en el lado norte. He oído que es jefe del sin­dicato y también que solamente es un miembro. No sé cuál sea la verdad, pero de cualquier modo, es un negocio grande. El club nocturno es nada más una actividad secundaria para él. O una cubierta, si quieres decirlo así.

—Entonces, es un pandillero, básicamente.

—Bueno, las actividades de los corredores de apuestas son ilegales, así que supongo que podías decir que sí. Pero moralmente, ¿es peor apostar con un corredor de apuestas que en un hipódromo?

—Quizá no. Pero, ¿qué beneficios obtienen con per­tenecer al sindicato?

—Casi las mismas que obtiene alguien que tenga una actividad legal, perteneciendo a un organismo laboral. Quizá más. Protección, ayuda legal y fianza, cuando la protección no funciona. Una posibilidad de pasar parte de una apuesta demasiado grande para que pueda pagarla, si gana. Algunas veces, un corredor no comparte la apuesta, corre el peligro y pierde hasta la camisa. Ellos pagan por él..., y recuperan el dinero después. Man­tienen a los muchachos en orden. Si haces una apuesta con un corredor, en territorio del sindicato, sabes que vas a cobrar, si ganas.

—¿Pero el corredor tiene que pertenecer al sindicato?

—En caso contrario, no subsiste mucho tiempo en el negocio, seguro. Pero eso no significa que va a ser eli­minado, ni siquiera ablandado. Cuando menos, no suce­derá mientras tengan las cosas tan bien organizadas como están ahora. Tienen métodos más sutiles.

—¿Cómo cuáles?

—Por una parte, la protección a la inversa. Alguien siempre parece estar comunicando por teléfono una que­ja a la policía. O lo conectan con una carrera arreglada. Ahora, la mayoría de las carreras son honradas, pero algunas veces hay alguna arreglada y el sindicato lo sabe, comúnmente. Avisan a sus muchachos para que no tomen apuestas grandes en ella. Pero el corredor proscrito se encuentra con hombres que apuestan fuerte, clientes suyos, con dinero del sindicato, quienes a su vez han pasado el soplo a otros clientes legítimos. Y tiene que pagar o abandonar el negocio. Si sobrevive, ve la luz y se une a la organización.

—¿Quieres decir que ya no utilizan gorilas?

—Supongo que sí, pero solamente en casos extrema­dos, si tienen que combatir la violencia con la violencia.

—¿Supones que Blackie sea uno de los gorilas?

—Lo dudo, muchacho. Si trabaja como portero y encargado de sacar escandalosos en el club, yo diría que es todo lo que hace. No creo que León mezcle los negocios de su club con los del sindicato. Pero le preguntaré. Oye, vamos a ver la llave de tu cuarto.

Se la entregué, la miró y me la regresó.

—Diablos, esa clase de cerradura. Podría abrirla con un alfiler en medio minuto y con una ganzúa en cinco segundos. Y me gustaría echar un vistazo al cuarto de Blackie. Él es la única pista que tenemos..., aún cuan­do no sabemos a qué conduce. El estará trabajando esta noche; quizá iré a inspeccionar el cuarto.

—Muy bien —dije—, pero esta noche no. Espera hasta cuando pueda vigilar mientras lo haces; será más seguro. Además, yo podría descubrir algo con Wanda o tú con Cavallo, algo que lo eliminara y nos evitara tener que hacer eso.

—Muy bien, Ed. Tiene sentido. Bueno, saca las cartas.

Saqué las cartas y una libreta de anotaciones e ini­ciamos un juego de gin, pero estábamos solamente a la mitad de él, cuando sonó el teléfono. Tío Am lo contes­tó y yo fui a escuchar. Era un trabajo para nosotros. El que llamó era un tal Mabley, gerente general de una cadena de supermercados, para quien habíamos hecho an­teriormente algunos trabajos pequeños. Esta vez fue un robo en su establecimiento de la calle Howard, dos noches antes. No querían que investigáramos el robo como tal; no podíamos hacer nada que no pudiese hacer mejor la policía y ellos no tenían ninguna pista. Pero se sospe­chaba que alguien intervino desde el interior, pues el ladrón no tuvo que volar o forzar la caja fuerte, lo cual significaba que era un verdadero Jimmy Valentine, con las yemas de los dedos adelgazadas con papel de esmeril, o que sabía la combinación. También escogió una buena noche para el robo; el gerente no depositó el dinero el día anterior y había en la caja el producto de las ventas de dos días, en lugar de las de uno solo.

Solamente el gerente sabía la combinación de la caja, pero tenía dieciocho años de trabajar en la compañía y además era familiar de uno de los propietarios; lo consi­deraban por arriba de toda sospecha. Sin embargo, estaban preocupados por el ayudante del gerente, quien tenía poco tiempo con ellos y querían que hicieran investigación de él. No se suponía que supiera la combinación, pero podía haberla descubierto en alguna forma. Y seguramente sabía que en la caja estaban los ingresos de dos días, aquella noche en particular. No sospechaban que él mismo hubie­ra hecho el trabajo; la policía habló con él y verificó su coartada; el robo fue cometido antes de media noche y él pudo dar cuenta de todo su tiempo hasta entonces. Pero si conocía la combinación, pudo haber sido fácil­mente quien dio el soplo.

El señor Mabley no esperaba que pudiéramos probar si él fue quien lo hizo, pero pensaba que una investiga­ción breve daría indicaciones suficientes, en un sentido o en otro, para permitirles decidir si debían retenerlo o tener la seguridad suficiente para dejarlo seguir adelante. Querían saber cómo se comparaba su forma de vida con los ochenta dólares a la semana que le pagaban, si apos­taba, si estaba o había estado en deudas, cuál era su ca­rácter y su reputación en general y especialmente si se asociaba con delincuentes o frecuentaba lugares en que fuera posible conocerlos. El señor Mabley autorizó tres días para el trabajo; eso era todo lo que querían gastar y tomarían una decisión con base en lo que pudiéramos descubrir en ese tiempo.

Empezó a darnos datos iniciales: la dirección del hombre, su descripción, su dirección y otros informes ya conocidos respecto a él. Tío Am le pidió que aguardara un minuto, puso una mano sobre la bocina y me indicó:

—Yo me encargaré de esto, Ed, así que tomaré las notas. Puedes dejar el teléfono, si quieres.

Seguí escuchando, pero tío Am tomó las notas.

Cuando regresó a la oficina privada, estaba de pié, estirándose.

—¿Vas a empezar a trabajar inmediatamente?

—¿Por qué no? Es media tarde, pero si trabajo hasta la noche, será un día completo. Otro día, otro dólar. En esta forma, nos enriqueceremos rápidamente ¿Vas a quedarte aquí? Con tu cita de esta noche, tendrás que rechazar otro trabajo, si lo proponen.

—Me quedaré, de cualquier modo —dije—. Puede ser algo que no tenga que hacerse inmediatamente. Tú estarás ocupado mañana todavía, pero no sé si yo lo estaré o no. Depende de lo que suceda esta noche.

Salió y yo permanecí en la oficina hasta las cinco, pero la única llamada que hubo, fue de un vendedor de equipo, que trató de venderme una máquina franqueadora, una para hacer cheques, un dictógrafo, una calcu­ladora y algunos otros artículos. Lo convencí de que no necesitábamos nada de eso.

Cerré la oficina a las cinco y fui a casa. Al cuarto que teníamos tío Am y yo con la señora Brady, no a mi habitación en casa de la señora Czerny. Lo pensé y decidí que sería mejor no acercarme a mi nuevo alojamiento, hasta que fuera hora de recoger a Wanda, a las seis y media. Quería evitar dificultades posteriores con Blackie, particularmente esa noche, si era posible. Si estaba en su cuarto, me oiría en el mío al entrar. Y podía oírme salir y si escuchaba detrás de su puerta, podía descubrir que subía la escalera, en lugar de salir. Y sabría a dónde iba y podría despreciar mi amenaza de una acusación por asalto e iniciar otra pelea. O enfurecerse lo suficiente para golpearme nuevamente, con la amenaza de la acusación por asalto o sin ella.

De cualquier modo, quería cambiar de traje y sola­mente llevé uno a Covent Place. Fue lo que hice primero y después estuve chapuceando con mi trombón durante media hora, aproximadamente, hasta que fue hora de salir.

Llegué a la casa de la señora Czerny al sonar las seis y media, pasé frente a mi cuarto, subí la escalera y llamé a la puerta de Wanda Rogers.

Por asombroso que pareciera, estaba lista.

—Un segundo, Ed —anunció.

Y salió en unos segundos solamente, los suficientes para ponerse el abrigo que llevaba, el corto, color café claro, que llevaba cuando tío Am la siguió del trabajo a casa, la noche anterior. Estaba abierto y bajo é!, traía un vestido de tafetán, con rayas anchas diagonales, blancas y color de rosa, que la hacían parecer una barra de menta, excepto por la forma; en eso, no se parecía absolutamente a una barra de menta y se veía más dulce aún. Estaba es­cotado y por eso y por el largo supe, aun sin poder ver sus hombros o sus brazos, que el vestido era formal o cuando menos, semi formal.

—Hola —saludé—. Está hermosa. Pero debíamos ha­bernos puesto de acuerdo para vestir; hubiera traído smoking.

Pareció apesarada.

—¿Quiere que me cambie, Ed? Me tomará solamente un par de minutos.

—No —contesté—. Así está perfecta. Y por suerte, cuan­do menos traigo un traje oscuro. De cualquier modo, nadie me mirará a mí.

Rió y cerró la puerta tras ella. Pregunté:

—Pero, ¿quiere hacerme un favor, Wanda? No ha­blemos al bajar la escalera y mientras estemos en el corredor. Le explicaré todo cuando hayamos salido; eso puede conducir a muchas explicaciones. ¿Está bien?

Pareció intrigada, pero dijo:

—Muy bien, Ed. Si me explica todo, una vez que es­temos afuera.

Así que no hablamos mientras bajábamos la escalera y caminábamos juntos por el corredor, hasta salir.

—¿Qué sucede, Ed? —me preguntó cuando llegamos a la calle.

—Primero, ¿a dónde quiere ir, Wanda? Podríamos caminar o esperar un taxi, mientras hablamos.

Pensó un momento.

—Habló del Ireland... y me pareció magnífico. Y está cerca, así que vamos a caminar.

—Bueno —acepté. Nos dirigimos al oeste, hacia la calle Clark. Ella apoyó una mano en mi brazo; me gustan las muchachas que hacen eso, en lugar de caminar sepa­radas de uno. Dije—: En concreto, ya que después expli­caré todo, hay una persona llamada Jules Black, o Blackie, alojada en el cuarto vecino al mío. Tuvimos una pequeña dificultad esta mañana..., respecto a usted. En caso de que estuviera en su cuarto cuando pasamos, no quería que nos oyera hablar.

―¿Tuvo dificultades con Blackie... por mí? —Pare­ció contrariada—. ¿Qué sucedió?

Le relaté lo que había sucedido. No con detalles exactos y palabra por palabra, pero lo que le dije fue la verdad completa. No traté de hacerme parecer más cobarde o más heroico de lo que fui realmente... ni de hacer más villano a Blackie. Cuando terminé de contar el episodio, indiqué:

—Y ahora es su turno. Dígame todo lo que sabe de Blackie. Desde el principio.

—Muy bien, Ed. El principio fue... oh, quizá hace tres semanas, menos de una semana después que me mudé a esa casa. Cuando vine de Freeland, traje suficiente ropa conmigo para que me bastara para algún tiempo, pero quería tener más y una tarde, luego de salir del trabajo y de cenar rápidamente, fui a Freeland, a la casa y saqué dos maletas más, llenas de ropa y de cosas que necesitaba. Blackie, por supuesto, entonces no sabía su nombre, estaba usando el teléfono y terminó su llamada cuando yo en­traba. Me preguntó si podía llevarme las maletas y como estaban pesadas, lo dejé llevarlas hasta mi cuarto.

"Fue amable y bueno. Ni siquiera intentó tratar de conocerme, se retiró tan pronto como las puso en el suelo. Desempaqué y como eran solamente las ocho y media y como no sabía qué hacer, decidí ir a un cine. Bajé y salí y él estaba parado afuera, tomando el aire fresco, dijo des­pués. Como me había llevado las maletas, me detuve a hablar con él un momento y... bueno, terminó por decir que también a él le gustaría ver una película, ¿por qué no podíamos ir juntos? No tenía ninguna razón para ne­garme, así que acepté. Traté de que cada quién pagara su parte, pero él insistió en pagar todo.

—¿Eso fue un jueves por la noche?

—¿Cómo lo...? Oh, debe haber investigado que el jueves es su noche libre. Sí, fue un jueves. Otras noches, empieza a trabajar a las nueve; puede estar por allí hasta la hora en que lo conocí, pero no tiene tiempo para ir a un cine. Es portero de un club nocturno, el Ganso Gris. Pero creo que si usted sabe cuál es su noche libre, también debe saber eso.

—Sí —admití—. Hablé de él con la señora Czerny. Pero continúe, Wanda.

—Bueno, así fue como nos conocimos. Y desde en­tonces, he salido con él dos veces. Una de ellas fuimos nuevamente a un cine y otra a una taberna de la calle State, a tomar unas copas. Una vez fue también un jueves por la noche y la otra, un domingo en la tarde.

"Pero ha sido muy amable... y no me ha hecho insi­nuaciones, ni siquiera ha tratado de besarme. Actúa como un hermano mayor, Ed. Pienso en él como... bueno, como un perro esquimal, grande, amigable. Me agrada. Pero no hay nada entre nosotros, nunca lo ha habido. No puedo imaginar por qué buscó dificultades con usted, mucho menos por qué le dijo que me dejara en paz.

Cerré los ojos y traté de imaginar a Blackie como un perro esquimal, grande y amigable; la imagen no pudo producirse.

Fue casi tan difícil imaginarlo actuando como un hermano mayor con una muchacha tan bonita como Wanda, pero no tanto. Por lo que sabía de él, podía ser un Testigo de Jehová o un Pergamino Santo; podía ha­berse escandalizado sinceramente, por el hecho de haber oído la voz de Wanda en mi cuarto.

O quizá era homosexual; algunos tipos muy grandes y rudos lo son. Algunos de ellos están formados más bien como girasoles que como violetas. Uno puede encontrarlos entre leñadores y entre boxeadores profesionales. Era po­sible que eso explicara sus sentimientos de hermano mayor, o hermana mayor de Wanda, pero... no, era imposible imaginar a Blackie como un homosexual. Pero Wanda continuó:

—Y me consiguió el empleo en que empezaré a tra­bajar mañana por la noche.

Casi dejé de caminar, pero logré preguntar con natu­ralidad:

—¿Qué empleo es ése, Wanda?

—Como cigarrera en el Ganso Gris, Ed. Oh, creo que eso le sorprende. Usted dijo que la compañía afianzadora lo informó de todo lo que sabían de mí, cuando lo con­trataron. Así que, si investigaron con el señor Starlock, deben haberle dicho que le expliqué que la razón que di para dejar mi puesto con él, fue que iba a trabajar con Marshall Field.

—Sí, lo investigaron con Starlock. Pero, ¿por qué le dijo eso? El trabajo de cigarrera no tiene nada de malo.

—Muchos amigos, amigos de mi padre que viven en Freeland, no lo pensarían así. Y el señor Starlock vive allá y conoce a algunos de ellos. No quiero que sepan eso en Freeland, es todo. Yo... bueno, yo misma no estoy orgullosa de mi trabajo, Ed, pero ganaré cuando menos el doble de lo que podría ganar en una oficina, con el señor Starlock o en alguna otra. Y ese dinero me ser­virá..., podré recibir un día las propiedades de mi pa­dre, pero aún en caso afirmativo, eso no me durará mucho. Tendré que vivir de lo que gane y prefiero hacerlo un poco mejor que ahora. En un apartamientito, en lugar de en un cuarto. Cosas así.

—Puedo comprenderlo —admití—. Pero dígame cómo fue eso de que Blackie le consiguió el trabajo. ¿Cuándo y cómo fue?

—El sábado pasado por la noche, mañana hará una semana, subió a mi cuarto. Me dijo que iba a haber una vacante en el Ganso Gris, para una cigarrera. Dijo que no sabía exactamente cuánto ganaría en el empleo... nada más con propinas, por supuesto, pero pensaba que sería cuando menos el doble de lo que podía estar ga­nando en mi primera colocación como oficinista. Dijo que si estaba interesada, podría ir con él cuando se presentara a trabajar, a las nueve y que me presentaría al patrón. Me aseguró que es un lugar respetable, que sería trabajo fácil y que trabajaría solamente seis horas cada noche, seis veces por semana.

"Por supuesto, me interesaba. ¿A quién no interesa una colocación en que gane lo doble de lo que está ga­nando? No me sentí muy entusiasmada con la idea de trabajar en un club nocturno, por supuesto y si otras cosas hubieran sido iguales, habrían preferido seguir con el señor Starlock.

—Pero no son iguales, ganando el doble —comenté—. Así que aceptó el puesto.

—Fui con Blackie cuando se presentó a trabajar y me presentó al señor Cavallo, que es dueño del lugar. Hablé con él... y me agradó. Y me gustó el lugar. Cuando menos, parece respetable. Y debí agradarle a él; me ofreció el trabajo, así que le contesté que lo aceptaría, si podía esperarme una semana, para avisar al señor Star­lock... y dijo que lo haría. Eso es todo y empezaré ma­ñana por la noche.

—¿Y si descubre que es algo más rudo de lo que pien­sa..., con clientes acariciándola y todo eso?

—Puedo cuidarme sola, Ed, si algo como eso es ocasio­nal y nada serio. Creo que debo esperar cuando menos algo de eso, en un trabajo como ése. Si es demasiado rudo... bueno, renunciaré y buscaré otro empleo.

Para entonces, casi estábamos en el Ireland, así que no seguimos hablando. Dejé escapar mentalmente un suspiro de alivio. Había saltado el primer obstáculo, sin intentarlo. Ella me explicó todo lo que preocupaba a Starlock, sin preguntárselo siquiera; por qué le había mentido. Ahora podría decirle que, cuando menos en ese aspecto, no me ocultaba nada y eso significaba que me sostendría en el trabajo. Y era algo que cada vez me gustaba más.

Dejó su abrigo en el guardarropa, descubriendo sus hombros, sus brazos, y su espalda desnudos, bellamente cremosos, arriba del vestido de tafetán de menta y fuimos conducidos a un gabinete. Pero el lugar se hallaba casi lleno y ningún mesero se acercó inmediatamente, así que reanudé la conversación.

—Ahora, respecto a ese perro esquimal suyo, grande y amigable, Wanda; usted sospechó que yo tenía algún motivo ulterior para tratar de entablar relaciones con usted... y con razón. ¿Qué lo pone a él por encima de toda sospecha?

—Él vivía allí cuando llegué yo, y elegí ese lugar acci­dentalmente; nadie me envió a él. Entonces, ¿cómo po­dría estar involucrado?

—No vivía allí cuando llegó usted —la corregí—. Usted lleva allí cuatro semanas y la señora Czerny me dijo que Blackie se alojó en esa casa de huéspedes hace tres semanas o tres y media. Debió haber estado en ese cuarto solamente un día o dos, cuando logró trabar cono­cimiento con usted. Y la ayudó a subir sus maletas, para saber en qué cuarto estaba alojada.

Frunció el ceño levemente.

—Yo... no sabía eso. Hay poca gente rondando por allí y naturalmente, no los conocí a todos la primera se­mana, ni siquiera de vista. Cuando conocí a Blackie aque­lla noche, creo que supuse simplemente que él vivía allí desde antes. No dijo que acababa de mudarse.

—No debía hacerlo, si le concedemos un motivo ulterior para ello. Ahora, otra pregunta. Usted dijo que registraron su cuarto una vez. ¿Fue antes o después de que Blackie supo qué cuarto era?

—Oh... después. Pero él no pudo haberlo hecho. Sucedió cuando salí con él por segunda vez.

—¿No ve que eso le hace todavía más sospechoso, Wanda? Escuche, si Blackie se mudó a esa casa porque usted vive allí, si su interés en usted es mayor de lo que parece, entonces él no está solo en sus proyectos. Él no es un "operador" solitario... cuando menos, no lo es en nada mayor que un asalto. Debe estar trabajando con alguien o para alguien. Él es insignificante, excepto por sus músculos.

"Entonces, si su cuarto fue registrado, algún otro pudo haberlo hecho, avisado por Blackie, mientras él se aseguraba de que usted estuviera ausente, al mismo tiempo que establecía una coartada. ¿Informó del caso a la policía?

—Sí y enviaron inmediatamente dos hombres. Pero no creo que se hayan impresionado..., o que siquiera me hayan creído. No se llevaron nada, ¿sabe? Por lo único que descubrí que alguien había estado allí, fue porque algunas cosas no estaban exactamente como las dejé. No las hallé desordenadas, pero las habían movido ligera­mente. Debieron pensar, probablemente, que yo estaba imaginando cosas... pero no fue así. Pero..., ¿cree que Blackie, aun cuando sea lo que usted cree, pueda tener un motivo ulterior para conseguirme un puesto de ciga­rrera en donde trabaja él?

—No lo sé —contesté—. Pero espero descubrirlo. O esperamos descubrirlo. No se sobresalte mañana por la noche, si ve en el club al detective que la siguió anterior­mente, a mi tío. Él conoce a Cavallo e irá a hablar con él. Hasta entonces, dejemos a un lado a Blackie. Tene­mos muchas otras cosas que hablar.

—Dios, ahora va a enredarme. ¿Cómo lo hará?

 

 

CAPÍTULO SEIS

 

Vi al fin que un mesero se aproximaba a nuestra mesa.

—El primer paso para enredarla, es empezar a ablan­darla con una bebida fuerte. ¿Qué tomará? ¿Manhattan, martini?

Dijo que un martini estaría bien y yo acepté la idea y ordené dos.

—¿Y el siguiente paso? —preguntó, cuando el mesero fue hacia la barra.

—El paso siguiente es ganar la confianza del sujeto, hablando de uno mismo. ¿O no está interesada en mí? ¿Debemos pasar eso por alto?

—Estoy interesada. Hable.

Hablé y le dije mucho. Todo cierto, sólo que eludí el hecho de que tío Am y yo habíamos trabajado con Starlock, antes de abrir nuestra propia agencia. Ahora no tenía ninguna razón verdadera para mantener fuera a Starlock, pero le prometí que lo haría así.

Para cuando terminé, no mi biografía completa, sino los puntos principales de ella, tal como eran, nuestras copas habían llegado y tomamos unos cuantos sorbos. Wanda bebió uno más.

—¿Y se supone que ahora debo contarle mi vida? Te­mo que será una historia aburrida, cuando menos hasta hace seis semanas. No me había sucedido mucho hasta entonces. Excepto que mi madre murió hace doce años, cuando yo tenía diez. Fue al año siguiente de que mi padre fue elegido tesorero por primera vez.

—¿Su padre la conservó con él todo el tiempo, después de eso?

—Sí, con ayuda de un ama de llaves hasta recientemente, hace pocos años. Después, cuando un ama de llaves nos dejó, insistí que ya era una mujer y que podía encargarme yo misma de la casa. Y lo hice.

—¿Y también asistió al colegio?

—Sí, pero seguí un curso ligero, con el número mí­nimo de materias, así que tenía tiempo suficiente para cuidar de la casa para ambas. Cuando menos, de las cosas de rutina. Encontramos una mujer que iba una vez por semana a hacer la limpieza completa de la casa.

—Fue a un colegio de música ¿Cuál es su instrumento, Wanda?

—El piano ¿Por qué? ¿Toca usted algo?

—El trombón, un poco. Tío Am me regaló uno hace siete años y lo he tocado, o he chapuceado con él, desde entonces.

—¿Toca bien? Sin ser modesto.

—Regular —contesté—. Puedo leer notas o tocar de oído. Diría que podría tocar con una banda de jazz o con una orquesta de baile, si tuviera que hacerlo y que­daría bien, si no fuera un conjunto que hiciera muchas improvisaciones. Puedo improvisar un poco, pero nada más de eso.

—¿Ha seguido estudiando?

—No. No me gustaría hacerme profesional, aunque pudiera. Toco por gusto y eso me basta. Me agrada tra­bajar con tío Am. Es un negocio chico, pero es nuestro. Y me gusta ser detective. La mayor parte del tiempo es una actividad tediosa, seguro, pero tiene sus momentos. Como ahora, en que estoy sentado frente a una muchacha hermosa, a punto de ordenar una cosa maravillosa y todo irá en la cuenta de gastos ¿Toca solamente música clásica, Wanda o también jazz?

—Toco ambas cosas, pero creo que tampoco tengo calidad de profesional.

Atraje la atención de nuestro mesero y levanté dos dedos, para que nos trajera otros tantos martinis. Sugerí:

—Quizá podamos tocar juntos alguna vez, nada más por diversión. Si encontramos un piano que sea posible usar.

—Conseguiré uno. Ésa es una razón por la que acepté el trabajo de cigarrera, Ed. Si resulta bien y las pro­pinas llegan a lo que dijo el señor Cavallo, dentro de pocas semanas podré empezar a buscar un apartamiento pequeño. Y cuando lo consiga, obtendré un piano pe­queño, aun cuando tenga que pagarlo a plazos, para poder empezar a tocar nuevamente. Pero para entonces, ustedes habrán terminado probablemente con este caso.

—Lo cual no significa que no seguiré viéndola ¿o sí? No solamente salgo con muchachas por razones de tra­bajo. Pero, respecto al piano ¿No hay en la casa de Freeland uno que pueda usar usted, en lugar de comprarlo?

—Por supuesto, hay uno. Pero se supone que no debo sacar nada de allí, hasta que la situación de la propiedad esté definida, excepto mi ropa y mis pertenencias perso­nales, por supuesto. Además, el piano que está allí es de medio concierto. Dudo que pueda pagar un apartamiento lo bastante grande para tenerlo en él, aun cuando mis propinas lleguen a lo que predice el señor Cavallo.

—Espero que así sea —dije—. ¿Quiere otra copa o debemos ordenar la cena?

—Creo que será mejor ordenarla, Ed. Nunca he ce­nado aquí anteriormente. ¿Qué me sugiere?

—Cualquier platillo de mariscos. La especialidad es langosta. ¿Quiere langosta?

—¿Usted pedirá eso?

—Sí, ordenaré langosta estilo Newburg —contesté—. Soy un cobarde. Tengo poca experiencia con las langostas, como para sentirme capaz de luchar con una en público.

Ella pensó lo mismo y también escogió ese platillo; llamé al mesero y ordené sin tener que mirar los menús. Cuando se alejó, dije:

—Una pregunta más, Wanda. Pero es personal. No la conteste, si no quiere. ¿Tiene novio o cortejadores ac­tualmente? Aparte de Blackie, si quiere considerarlo a él. Y a mí, si me permite serlo.

—No, Ed, no los tengo. Los he tenido, por supuesto; tengo veintidós años y no he vivido en el vacío. Pero cuando murió papá, ya no había nada serio con ninguno. Y cuando salí de Freeland y vine a Chicago, pensé que era mejor hacer una nueva vida, con nuevos amigos y un nuevo comienzo.

—¿Porque el nombre de su padre está allá bajo una nube?

—Creo que es por eso, en parte. Por supuesto, algunos de nuestros amigos de allá no creen que él tomó el dinero, o cuando menos eso dicen. Pero aun así y aunque el nombre de mi padre quede limpio, cuando eso suceda, no quiero volver a vivir en Freeland. Entonces, ¿para qué conservar lazos allá?

—¿Ninguno de esos amigos la ha llamado?

—Unos pocos de ellos. Para ser exacta, he recibido cuatro llamadas, dos a. la oficina y dos a la casa de hués­pedes. Dos eran de amigos de la familia, amigos de mi padre, que me invitaron a cenar. Y dos fueron de mu­chachos a quienes conozco, pidiéndome citas. Pero no acepté ninguna de esas sugestiones. Ahora, después de mañana por la mañana, ninguno sabrá cómo comunicarse a mi trabajo y después de que consiga mi apartamiento, nadie sabrá cómo encontrarme y no me molestarán más.

—¿Qué dice del abogado que está encargándose de la propiedad? ¿No deberá saberlo?

—Oh, si, el señor Carstairs. Tendré que avisarle, si me mudo, pero le pediré que no diga a nadie mi nueva dirección. Y también a la policía de Freeland; les pro­metí que les avisaría si me mudaba nuevamente. Pero dónde trabaje y lo que haga, es asunto mío. No pienso decirles eso a ninguno de ellos.

—Tarde o temprano, alguien de Freeland que la co­nozca irá al Ganso Gris y la verá y el gato se saldrá del saco.

—Eso puede suceder, pero no es probable. Y si sucede, no será nada serio. Pero no quiero que ninguno de ellos vaya porque trabajo allí, así que tendrán que descubrirlo por accidente, si lo descubren.

—Y aparte de Blackie y de mí, ¿no ha hecho todavía nuevos amigos?

—No, aún no. Tampoco lo he intentado. Oh, hay en la casa de huéspedes algunas personas con quienes he ha­blado y a quienes conozco por nombre, pero no creo que sea probable que ninguna de ellas se convierta en un amigo mío o que vaya a volver a verla después de que me mude de allí. Y nunca he cultivado una amistad estrecha con nadie de la oficina del señor Starlock, para verlos después de horas de trabajo. Oh, podría suceder, si con­tinuara allí más tiempo. Pero un mes no es tiempo suficiente para hacer una amistad permanente en una ofi­cina.

Nuestra comida empezó a llegar entonces y dejamos de hablar por un tiempo. No me gusta hablar mucho cuando como, especialmente de cosas que requieren con­centración, como sucedería con mis siguientes preguntas y especialmente cuando estoy disfrutando de buena co­mida, como en esa ocasión. Y aparentemente Wanda pen­saba lo mismo y también estaba silenciosa.

Terminamos finalmente y encendimos cigarrillos.

—Fue maravilloso —comentó Wanda.

—¿Debemos rematarlo con coñac?

—Decidamos primero qué vamos a hacer después.

—Cualquier cosa que quiera usted. Pero, ¿qué tiene eso que ver con el coñac?

—Que lo pasaría por alto, si fuéramos a ir a otro lado a beber más. Si no es así, tomaré una copa. ¿Qué le gus­taría hacer, Ed?

—Ir a algún lugar quieto donde podamos seguir ha­blando. Y creo que eso significa dos o tres copas más, así que está bien, dejemos a un lado el coñac. ¿Conoce un lugar llamado Tom, Dick y Harry?

—Sí, está en la calle State, cerca de Grand. Es decir, lo conozco por afuera, por haber pasado frente al estable­cimiento. Nunca he entrado.

—El interior es más agradable que el exterior —dije—. Y es silencioso.

Señaló sus hombros desnudos.

—¿No estaré vestida exageradamente para ese lugar?

—Oh, no. La gente pasa por allí en su camino al teatro o de regreso del teatro o de alguna fiesta. Hemos visto allí muchas personas en traje de noche.

—¿Hemos? Oh, se refiere también a su tío. ¿Van a ese lugar con frecuencia?

—Con bastante frecuencia. ¿Le parece bien?

Contestó afirmativamente, así que pedí la cuenta y pagué y luego recogí su abrigo del guardarropa y la ayudé a ponérselo.

La distancia era nuevamente de pocas cuadras, así que caminamos. El gabinete del rincón de atrás, en el que estuvimos mi tío y yo la noche anterior, estaba des­ocupado, así lo tomamos. Y ordené highballs.

—Ahora —dije— hábleme de su padre, Wanda.

—No hay mucho que decir, excepto que era un buen hombre, Ed. Bondadoso y considerado. Quizá la mayoría de la gente habría pensado que era un poco rígido, un conformista. Creo que muchos contadores, tesoreros y banqueros son así. Pero es absurdo pensar en él como un malversador, no importa cuáles sean las pruebas que pa­rece haber contra él. Usted no cree realmente que pueda haber tomado ese dinero, ¿verdad, Ed?

—No lo conocí, Wanda —dije—. Así que no puedo opinar. Por lo que me dice, no parece probable. Pero déjeme decir esto, en defensa de las sospechas de mi cliente: los malversadores no tienen el tipo común del delincuente. Usualmente son personas como usted describe a su padre. Tienen que serlo, para haber alcanzado posi­ciones en las que pueden malversar cantidades apreciables de dinero. Y algunas veces, el ser tan respetables, por tener que serlo, hace eventualmente que algo cambie en su in­terior. Forman dentro de ellos una vida secreta, como un sueño oculto. Puede surgir gradual o repentinamente. Algunas veces, la sola presión de la respetabilidad lo pro­voca. Usted sabe el viejo refrán:

Había una vez un monje en Siberia cuya vida se hacía más y más seca, Hasta que explotó en su celda, con un grito de furia y se fugó con la madre superiora.

Sonrió.

—Sí, he oído el refrán. Pero no puedo imaginar a mi padre haciendo algo así. Creo que estaba satisfecho con la forma en que vivía y con la posición que tenía. No creo que tuviera deseos reprimidos.

—¿Qué hacía para divertirse?

—Jugaba golf los domingos. Acostumbraba jugar a los bolos una vez a la semana, hasta hace un año, cuando su­frió de una bursitis leve en el codo izquierdo. No fue lo bastante fuerte para hacerlo abandonar el golf, aunque probablemente hizo bajar su promedio, pero dejó de jugar golf, esperando sanar. Y algunas veces jugaba a las cartas, comúnmente en casa.

—¿Quiere decir, ustedes dos? ¿O solamente cuando tenían compañía?

—Sólo cuando teníamos compañía. A mí no me agra­dan mucho las cartas y no jugábamos juegos entre dos. Pero conocíamos parejas que jugaban bridge y... oh, quizá una vez cada par de semanas, iban por la noche a la casa o viceversa y jugábamos. Nunca por más de un décimo de centavo el punto; no puede llamarse apostar a eso.

—¿Bebía su padre?

—Sí, socialmente. Teníamos licor a la mano, pero nunca supe que tomara un trago, a menos que tuviéramos compañía o estuviéramos visitando a alguien. Y no fre­cuentaba las tabernas.

—¿Qué edad tenía su padre?

—Cuarenta y seis años. Iba a cumplir cuarenta y siete el mes próximo.

—¿Y su madre murió hace doce años? ¿No pensó nunca en volverse a casar? ¿Cree que permaneció célibe todo ese tiempo? —La vi fruncir el ceño y agregué—: No tiene que contestar eso, si no quiere, Wanda. Pero si me contesta, dígame la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

—Muy bien, Ed. La contestación honesta es que no lo sé. Hay una mujer, una mujer muy buena, la conozco y me agrada, con quien tuvo una gran amistad durante los últimos años de su vida. Pero no sé si hubo algo físico entre ellos o solamente se hacían compañía. Y no me in­teresa saberlo. No es asunto mío y no lo habría culpado, si hubiera sucedido.

—Hábleme de ella.

—En un minuto. Déjeme hablar antes del periodo previo. Y la contestación es que no creo que haya tenido ninguna aventura. Sé que nunca estuvo ausente toda la noche y cuando no estaba en casa, yo sabía comúnmente dónde se hallaba y cómo comunicarme con él. No dejó de suceder eso ni una sola vez; por eso puedo estar segura.

"Pero respecto a la señora Agnew...

La interrumpí:

—¿Casada o viuda?

―Ni una ni otra cosa, exactamente. Casada, técnicamente. Pero su esposo se encuentra en un asiló para alienados, ha estado en él seis o siete años y probable­mente es incurable. Así que, para todo propósito prác­tico, es viuda, excepto que no puede casarse. Es decir, puede obtener el divorcio, pero es católica, así que no le está permitido hacerlo. Usted no es católico, ¿verdad, Ed?

—No —admití—. No soy mucho de nada.

—Creo que yo tampoco. Respecto a la señora Agnew, creo que ella no es una católica demasiado devota, pero... bueno, si una persona es católica, no puede obtener un divorcio. Excepto en circunstancias más especiales que las de ella.

—¿Cree que su padre y ella se habrían casado, si hu­bieran podido?

—No lo sé honestamente, Ed. Creo que lo hubieran hecho; ambos estaban solos, imagino que algunas veces se sentían solitarios. Ella tiene cuarenta años, incidentalmente. Podrían haberse casado, aunque fuera solamente por hacerse compañía, hasta ese punto.

—¿Con cuánta frecuencia se veían?

—Una o en ocasiones dos veces a la semana, papá iba a su casa a visitarla. Pero siempre me decía a dónde iba, para que supiera cómo comunicarme con él. No era ningún secreto. Y nunca permanecía allá hasta muy tarde. Comúnmente regresaba a casa a las once o no mucho más tarde.

—¿Alguna vez fue ella a casa de ustedes?

—Unas pocas veces, pero comúnmente, cuando tenía­mos otros visitantes. Pero papá siempre iba solo a casa de ella..., por eso creo que puede haber habido algo entre ellos. Yo... creo que deseaba que lo hubiera, por él. Después de todo, mi madre había muerto hacía, mucho tiempo.

—Pero, ¿no corría el peligro de comprometerla y de comprometerse él mismo, visitándola con tanta frecuencia?

—Una probabilidad bastante remota. Puede consi­derarse un riesgo calculado. Vivíamos a sólo dos cuadras de ella, en la misma calle, hacia la orilla del lado oeste de Freeland, en una colonia que no está construida totalmente y no hay muchos edificios entre nuestra casa y la de ella. Y vive sola en una casita. Podría ser visto al entrar o al salir, pero era muy improbable que lo viese alguien que la conociera a ella o a él. Además, si era visto, no se habría provocado un gran escándalo. La mayor parte de las personas de Freeland que la conocen creen que ella es viuda... y como papá es viudo...

—¿Mentía ella al respecto?

—No, Cualquiera que la conozca bien, sabe la ver­dad respecto a su esposo. Pero como vive sola en la casita, la mayoría de la gente supone que es viuda. Ella no miente, pero no se desvive por sacarlos de su error.

—Ya veo —dije—. ¿Cómo vive ella?

—¿Cómo vive...? Oh, ya veo lo que quiere decir. Trabaja. Papá no estaba sosteniéndola. Es jefa del de­partamento de alteraciones de una tienda de dimensiones regulares, de ropa femenina, situada en el centro de Free­land. Creo que gana un buen sueldo, suficiente para per­mitirle vivir en la forma en que lo hace. Cuando menos en ese sentido, no era la amante de papá.

Moví la cabeza afirmativamente, pero tomé reservas mentales. Ella podía haber seguido en su empleo y vi­viendo en el mismo lugar, especialmente en uno tan con­venientemente cercano y privado, para las citas, y haber guardado para el futuro el dinero o las joyas que él podía estarle dando. A los cuarenta años, una mujer empieza a pensar en su futuro, si no lo ha hecho anteriormente, aun una mujer con un empleo bastante bueno.

—Creo que eso me presenta una imagen de su padre, Wanda —dije—. El siguiente asunto..., pero creo que antes necesitamos tomar otra copa.

Ordené nuestras bebidas. Después dije:

—Usted no cree que su padre haya tomado el di­nero. Muy bien, supongamos que no lo hizo. El dinero está perdido. ¿Quién otro pudo haberlo tomado?

—Eso es horrible, Ed. Parece que nadie pudo ha­berlo hecho. En el departamento de papá trabajan seis personas exactamente, contándolo a él. Tres de ellas son muchachas, la mecanógrafa, la facturista y la operadora de la máquina calculadora. No es posible que ninguna de ellas haya podido efectuar las operaciones diferentes requeridas para la malversación, los auditores están seguros de eso. Está además el administrador de la oficina, llamado Tinsley, pero dicen que él tampoco pudo hacerlo. Su trabajo es de rutina: supervisar a las muchachas, comprar los suministros de la oficina, encargarse de las nó­minas de pago, cosas así.

"Así que eso deja solamente las posibilidades de que hayan sido papá y su ayudante. Y el ayudante también parece estar eliminado, así que...

—¿Por qué está eliminado?

—Porque las malversaciones empezaron hace alrede­dor de ocho meses... quiero decir, ocho meses antes que fuera descubierto el déficit; casi diez meses hasta ahora. En aquel tiempo, el ayudante de papá era John Whittaker, quien murió hace cinco meses.

—¿Cómo murió? —pregunté.

—De un ataque cardiaco, allí mismo, en la oficina. Y papá contrató a un hombre llamado Wilbur Schwarz para el trabajo y está trabajando desde entonces. Su nombre se deletrea S-c-h-w-a-r-z, pero se pronuncia con la termina­ción común t-z. Así que durante el periodo en cuestión, hubo dos ayudantes de tesorero, y es difícil que ambos hayan encontrado exactamente el mismo sistema de malversación... y que hayan usado la misma cuenta bancaria para los cheques.

—A menos que hayan sido conspiradores que se co­nocían desde antes de la muerte de Whittaker, con Schwarz ayudando en alguna forma desde afuera y luego soli­citando el empleo de Whittaker, cuando él murió.

—La policía pensó en eso. Pero no pudieron hallar punto de contacto entre los dos, o una indicación de que Schwarz haya conocido jamás a Whittaker. Además, si hubiera sido en esa forma, fue solamente una coinciden­cia que se concediera el trabajo de Whittaker a Schwarz. Papá me dijo que se presentaron más de cuarenta solici­tantes al puesto. El pago es casi tanto como el de papá y tiene casi tanta responsabilidad como la del puesto de tesorero. Además, hay otra razón por la cual no es posi­ble que hayan estado conspirando cuando empezó la mal­versación. La policía descubrió que Schwarz estaba tra­bajando entonces y por algún tiempo después, en Nueva York; no pasaron por alto ese aspecto.

"Pero la firma de Nueva York para la cual estaba tra­bajando fue liquidada y él volvió a Chicago...

—¿Regresó? Entonces, había vivido aquí anterior­mente.

—Sí, vivió en Chicago anteriormente. Sólo estuvo un año en Nueva York. Cuatro meses de ese periodo, fueron meses en los que comenzaron las malversaciones, así que él no pudo estar implicado.

—Eso parece duro para su padre... o para su repu­tación —dije—. ¿Sabe cómo se efectuó la operación?

Abrió los ojos un poco más.

—¿No lo sabe? Usted está trabajando para la compa­ñía afianzadora, ¿no se lo explicaron? ¿O está preguntán­dose si voy a darle una versión diferente?

—Ni una ni otra cosa —contesté—. No olvide que so­lamente estoy trabajando para ellos en un ángulo del caso. El referente a usted. Ellos tienen probablemente a uno de sus hombres, con conocimientos de contabilidad, trabajando con los auditores en Freeland. Pero estoy intere­sado en que me diga lo que sepa al respecto.

—No sé mucho. No conozco los detalles. Quizá se necesite ser contador para comprenderlo, Ed. Pero tengo una idea aproximada de cómo se hizo. El dinero perdido no estaba en efectivo, por supuesto; aun una ciudad de dimensiones regulares, como Freeland, no pone tanto dinero en efectivo en manos de su tesorero. Todo se ma­neja con cheques, excepto las cuentas mínimas.

"El dinero perdido salió en forma de cheques... un cheque mensual, aproximadamente, durante ocho meses, cada uno por una cantidad un poco menor de diez mil dólares, algunas hasta de dos o tres mil, a nombre de una compañía mítica llamada Compañía Constructora del Medio Oeste, supuestamente, por trabajos de construc­ción ordenados por la ciudad. Eran enviados por correo y posteriormente, se depositaron en una cuenta abierta con ese nombre, en el Banco Mercantil de Freeland y después se hicieron los retiros...

—Espere —dije—. Permítame poner las cosas en claro, una por una. Usted dijo que los cheques fueron remitidos por correo. ¿Cómo pueden estar seguros de eso? Y si están seguros, deben tener la dirección a la que fueron enviados.

—La muchacha que rotula los sobres y deposita la correspondencia, recuerda el nombre y sabe que rotuló los sobres y les envió los cheques. Pero tomó la dirección de las facturas que le fueron dadas con los cheques y no la recuerda. Sin embargo, ellos la tienen; es una dirección de apartado postal, en la oficina de correos de Freeland. La obtuvieron por medio del banco en que fueron de­positados los cheques.

—Sigamos con la oficina de su padre, antes de pasar al banco —dije—. ¿El firmó esos cheques?

Suspiró.

—Probablemente. Si llegaban a su escritorio por los canales de costumbre una factura aprobada y un cheque listo para ser firmado, o cuando menos por los que pa­recían ser los canales de costumbre, no había razón para que se mostrara suspicaz o siquiera para que hubiese ti­tubeado para firmar el cheque.

—¿Ni siquiera en cantidades como ésa? ¿Y para una compañía de la que nunca había oído... cuando menos la primera vez?

—No eran cheques grandes, comparativamente. Free­land es una ciudad bastante grande, Ed y se halla en expansión. Invierten más de un millón al año en cons­trucciones, ampliaciones y reparaciones de calles y calzadas y cosas como ésas. La mayor parte de él directamente, por supuesto; tienen su propio Departamento de Calles y Ca­rreteras. Pero no es lo bastante grande para manejar todo y gran parte del trabajo es concedido a contratistas inde­pendientes, mediante cotizaciones. Hay quizá decenas de ellos, particularmente en trabajos relativamente pequeños. Papá debe haber firmado muchos cheques como ésos y algunos de ellos, por cantidades varias veces mayores que el de nueve mil y tantos dólares, que fue el más elevado que se extendió a la Constructora del Medio Oeste. No había razón para que lo mirase dos veces antes de fir­marlo, si llegaba a su escritorio con la aprobación y la autorización del Departamento de Calles y Carreteras.

—Pero espere un momento —dije—. Hay un agujero. La operación pudo haberla elaborado no alguien que es­tuviera en la oficina de su padre, sino por alguno del Departamento de Calles y Carreteras. Alguien pudo en­viar desde allí facturas falsas, con aprobaciones y auto­rizaciones falsificadas, ¿no?

Movió la cabeza.

—No, Ed. Yo no entiendo el sistema, pero hay con­frontaciones. Alguien podía haber mandado a papá desde otro departamento una factura falsificada o dos y pasar desapercibido quizá por un mes. Pero no durante ocho meses. No sé contabilidad, como dije, así que no puedo decir cómo funciona eso, pero hacen un cotejo interdepartamental los primeros días de cada mes. Llega una hoja del Departamento de Calles y Carreteras, por ejemplo y en ella se detallan las facturas enviadas al tesorero para su pago; él tiene que cotejarlas con sus propias cuentas y enviar su aprobación. Si no coinciden, tienen que re­unirse a buscar la discrepancia. Durante los ocho meses en cuestión, el Departamento de Calles y Carreteras envió listas que no incluían los pagos dé la Constructora del Medio Oeste y le fueron devueltas con aprobaciones. Y con la firma de papá. Cualquiera alteración que haya habido, se efectuó en su departamento, no en el de ellos.

—¿Eso no es prueba de que su padre estaba impli­cado, Wanda?

—Creo que una Corte lo pensaría así. Ésa es la condi­ción más dañosa que hay contra él. Pero esos cotejos interdepartamentales fueron casi rutinarios; pudo haber pe­dido a su ayudante que cotejara las cifras y las aprobó, confiando en la palabra de Whittaker, de que estaban correctas. Creo que eso fue lo que le sucedió, lo que debe haber sucedido. Después de todo, él no podía examinar todo lo que pasaba por sus manos; tenía que confiar en sus subordinados, o él mismo tendría que haber intentado hacer personalmente todo el trabajo de la oficina.

—Pero eso significaría que ambos ayudantes efectua­ron la malversación en esa forma. Y a menos que pueda probarse la colusión entre ellos... Bueno, parece bastante malo, Wanda. ¿Qué me dice de los ocho cheques que fue­ron remitidos a la mítica Compañía del Medio Oeste? Deben haber sido liquidados en el banco. ¿Era auténtica la firma de su padre que llevaban?

—Sí, fueron liquidados por el banco y deben haber sido asentados en los estados de cuenta mensual. Por su­puesto, no están enlistados por nombre en los estados de cuenta, pero hay cantidades que coinciden con los che­ques. Pero los cheques mismos están perdidos, estaban per­didos cuando empezó la auditoría. Lo mismo que las fac­turas y las autorizaciones. Si pudieran ser encontrados, habría posibilidad de limpiar el nombre de mi padre.

—Si las firmas fueron falsificadas, sí. Muy bien, usted dijo que la policía descubrió dónde fueron depositados los cheques. ¿Cómo?

—Fácilmente. Llamaron simplemente a todos los ban­cos y encontraron uno en que había una cuenta bajo el nombre de Constructora del Medio Oeste. Habrían inves­tigado en Chicago y en otras ciudades y pueblos cercanos, si hubiera sido necesario, pero no tuvieron que hacerlo. La hallaron en el cuarto banco en que preguntaron, el Mercantil.

—Hábleme de la cuenta.

—Fue abierta hace diez meses, que debió ser el tiempo aproximado en que fue expedido el primer cheque para la constructora... por alrededor de tres mil dólares. El hombre que abrió la cuenta, lo llevaba con él. Se pre­sentó como Ralph J. Morrison, creo que ése fue el nombre, presidente de una pequeña compañía constructora, la del Medio Oeste. Les dio su dirección de negocios y la de su casa y algunas referencias, todas falsas, pero no tenían razón para investigarlo y no lo hicieron. Y les dio el nú­mero de un apartado postal, que dijo que usaba para su correspondencia de negocios y les indicó que debían en­viarle los recibos por los depósitos hechos por correo y los estados de cuenta, a ese apartado.

—¿No fue eso un poco sospechoso?

—No, Ed. Muchas negociaciones legítimas, prefieren recibir su correspondencia por medio de apartados posta­les, por una u otra razón. El hombre hizo registrar su firma, firmó en la misma forma el cheque, que ya estaba sellado al dorso con el nombre de la compañía. Puso su firma abajo y salió. El cheque fue cobrado debidamente por el banco.

—Espere. ¿Pudo describirlo la empleada de cuentas nuevas?

—Solamente de un modo general. Fue la única vez que lo vio. La única descripción que pudo hacer, después de tanto tiempo, fue que era bastante alto, de edad madura, con cabellos blancos o canosos.

—¿Podría corresponder esa descripción a su padre?

—No, definitivamente. Por la estatura. Él era un hombre bajo, de poco menos de 1.68. Nunca pesó más de cincuenta y cuatro kilos. Aun con zapatos con tacón elevado y ropas acojinadas, no podría haber parecido un hombre grande.

"No, Ed, no pudo ser mi padre; mostraron fotografías de él a todos los empleados del banco y ninguno lo iden­tificó. También les enseñaron fotografías de Schwarz, aun­que él se encontraba en Nueva York cuando se abrió la cuenta y de Whittaker, quien ya había muerto, cuando el hombre seguía yendo algunas veces al banco. Hasta al jefe de cajeros.

—¿Y no hubo ninguna identificación?

—Bueno, la empleada de cuenta nuevas dijo que la fotografía de Whittaker podía ser la del mismo hombre. Y su descripción física general coincidía más o menos con la de él. Pero no pudo hacer una identificación po­sitiva y ninguno de los cajeros pensó que la fotografía de Whittaker se pareciera al hombre o cuando menos tuviera alguna semejanza. Y algunos de ellos lo habían visto más recientemente que la empleada de cuentas, ya que éste murió, a menos que haya habido dos Ralphs Morrisons, o dos personas que usaron ese nombre.

—Es endiabladamente interesante —comenté—. Con­tinúe.

—De entonces en adelante, hizo los depósitos por correo. Y no fue al banco por meses. Después empezó a ir ocasionalmente, no sé con cuánta frecuencia, a hacer retiros en efectivo de la cuenta. Creo que había en ella veinticinco mil dólares, antes que se hiciera el primer retiro, pero de entonces en adelante, las cantidades reti­radas fueron mayores que las depositadas.

—¿Cuándo se hizo el último retiro?

—Hace alrededor de dos meses, que debió ser dos se­manas, aproximadamente, después que fue depositado el último cheque del Ayuntamiento de Freeland... y mucho después de que había sido cobrado por el banco.

—¿Ese último retiro cerró la cuenta?

—Excepto unos pocos cientos de dólares. Creo que ésos fueron dejados deliberadamente; no quiso llamar la atención hacia él o hacia la cuenta, cerrándola com­pletamente.

—En todo caso, creo que el banco debía haber notado una cuenta como ésa —comenté—, en que todos los depósitos provenían de una sola fuente y todos los retiros se hacían en efectivo.

—No era incumbencia de ellos y nunca se produjo nada que llamara su atención. Los cheques eran pagados; los retiros dejaban siempre un fondo respetable, de varios miles, hasta el último. Además, no les habría parecido demasiado extraño, si lo hubieran notado. Muchas nego­ciaciones y muchos hombres de negocios tienen cuentas especiales para propósitos especiales. Si éstos son ilegítimos, como la evasión de impuestos, no es incumbencia de los bancos.

Wanda había vuelto la cabeza y estaba mirando más allá, hacia la barra.

—Ed, ¿no es ése el hombre que...? Quiero decir, ¿no es su tío?

 

 

CAPÍTULO SIETE

 

Me volví y miré. Tío Am se encontraba en la barra, sentado frente a un vaso de cerveza. Pero no estaba mi­rando en dirección de nosotros.

—Sí —admití—. Es tío Am. Pero entró al bar por acci­dente, no siguiéndonos. Ha estado trabajando esta noche en un caso diferente, que no tiene nada que ver con Freeland y debe haber decidido pasar por aquí, en su camino a casa. Como le dije, venimos a este lugar fre­cuentemente.

—Vaya a traerlo, Ed. Me gustaría conocerlo.

—Seguro —dije—. Es un tipo maravilloso. Le agra­dará.

Salí del gabinete y fui hacia tío Am. No pareció sor­prendido.

—Hola, muchacho. Los vi... o mejor dicho, vi a Wanda Rogers y sabía que debías ser tú el que estaba sentado frente a ella. ¿Cómo van las cosas?

—Muy bien —contesté—. Wanda quiere conocerte. Ven a sentarte con nosotros un momento.

—¿Ya le preguntaste respecto a su nuevo trabajo?

—Si y está bien. Sé por qué no dijo la verdad a Starlock. Pero ven. Si seguimos conversando aquí, sabrá que estamos hablando de ella.

Tomó su vaso y me siguió a la mesa. Wanda sonrió cuando nos acercábamos y se deslizó a un lado sobre el asiento del gabinete, para que tío Am pudiera sentarse junto a ella.

—No necesita presentarnos, Ed. Nos conocemos mu­tuamente... en cierto modo.

Tío Am sonrió.

—Esta forma es mejor.

Y charlamos de cosas superficiales durante diez o quince minutos, hasta que tío Am terminó su cerveza y dijo que debía retirarse. Pero Wanda dijo:

—Espere, Am —Para entonces, ya se hablaban por sus nombres—. Tengo que ir a empolvarme la nariz y será mejor que mantenga entretenido a Ed hasta que vuelva.

Am se levantó para dejarla salir y tomó asiento nue­vamente.

—Bueno, Ed, ¿dónde está trabajando y por qué min­tió a Starlock?

Cuando le expliqué todo, movió la cabeza afirmativa­mente.

—Bueno, entonces la veré mañana por la noche. ¿Qué planes tienes para mañana?

—Ninguno —contesté—. Será mejor que no le pida una cita. —Y le expliqué que ella estaría trabajando en dos empleos: con Starlock hasta medio día y luego en el club nocturno hasta muy noche y que desearía dormir o cuando menos descansar, entre ambos trabajos. Dije—: Mejor iré a la oficina y la mantendré abierta hasta medio día. Y podré aceptar un caso, si llaman.

—Magnífico. Entonces yo iré directamente de casa hacia la Howard y empezaré a trabajar temprano en mi segundo día. Podré cumplir un día completo, sin trabajar hasta tarde.

—¿Cuándo nos veremos?

—Llámame mañana en la noche a casa de la señora Brady. De cualquier modo, tendré que ir a vestirme para ir al club nocturno. Y si nuestros planes y nuestros ape­titos coinciden, quizá podamos cenar juntos.

—Muy bien —acepté—. O si no estoy trabajando, quizá pueda ir a ese lugar. No tiene objeto que perma­nezca en casa de la señora Czerny.

—Está bien. De cualquier modo, no comeré, a menos que esté famélico, hasta que me hables. ¿Cómo vas a hacer tu informe a Starlock?

Pensé un minuto.

—Lo llamaré después de medio día. Como es el último día de Wanda allí, saldrá temprano y Ben perma­nece generalmente en la oficina por un tiempo. Si no logro comunicarme con él, lo llamaré después a su casa.

Wanda venía de regreso; tío Am se levantó para dejarla tomar asiento y no pudimos convencerlo de que se sentara nuevamente.

—Dios los bendiga, hijos —dijo y se fue.

—Me agrada —comentó Wanda, casi antes que él estuviera a una distancia desde donde no pudiera oírla.

Moví la cabeza afirmativamente.

—Y le simpatizará más cuando llegue a conocerlo mejor. Pero, ¿dónde estábamos? Oh, sí, estaba hablándome de esa cuenta bancaria.

—Creo que ya le dije todo lo que sé de eso. Ya había terminado.

—Entonces sigamos un nuevo tópico —sugerí—. La muerte de su padre. ¿O prefiere no hablar de eso? Quiero formarme una imagen completa, pero puedo investigar los detalles en alguna otra parte.

—Estoy dispuesta a hablar de eso. Ed. Fue un acci­dente automovilístico. Es decir, fue atropellado por un automóvil. Y murió instantáneamente.

—¿Ha sospechado que pudo no ser un accidente, sino un asesinato, relacionado con cualquier trabajo torcido que estuviera haciéndose en la oficina?

—Sí, lo pensé, Ed. Al principio no, sino hasta la semana siguiente al funeral, cuando salieron a la luz los déficits en la oficina. Creo que la policía también consideró la idea. Pero no parece haber sido eso en ninguna forma. No hay ninguna conexión.

—¿No hubo testigos presenciales?

—No, excepto el hombre que lo atropelló. También resultó herido; perdió el control del carro y se estrelló contra un árbol. Estuvo hospitalizado por más de una semana... no sufrió heridas mayores, excepto unas cuantas costillas rotas y una conmoción.

—Empiece desde el principio, Wanda. Veamos, si re­cuerdo el relato de los periódicos, sucedió alrededor de las ocho y a sólo dos cuadras de su casa. Pero, ¿venía él de su casa o iba a ella?

—Había salido de casa. Dijo que...

—Espere. Empiece desde que llegó.

—Muy bien. Fue un martes por la tarde. El veintidós de agosto. Llegó un poco más tarde que de costumbre, no mucho. Alrededor de las seis, en lugar de a las cinco y media.

—¿Le avisó por teléfono que llegaría tarde?

—No, porque no importaba mucho esa media hora. Cenábamos comúnmente a las seis y media. Él solamente me avisaba si iba a llegar más tarde que esa hora.

—¿Y cenaron a las seis y media?

—No, esa noche yo también me demoré un poco... quiero decir, para empezar a preparar la cena. Para cuando cenamos, eran probablemente las siete.

—¿Y todo sucedió normalmente? Es decir, ¿su padre le pareció completamente natural, no preocupado o algo así?

—Completamente natural. Quizá un poco preocu­pado, pero no más de eso. Conversamos, pero de nada en particular. No creo que tuviera ninguna cita para esa noche o que tuviera intenciones de salir, o lo hubiera mencionado. Después que cenamos... ¿Quiere todos los detalles, Ed? No creo que importen.

—Hasta los menores detalles —dije—. Aunque sólo sea por oírla hablar.

—Muy bien. Después de la cena, levanté la mesa, mientras papá iba a la sala, a leer el diario. Después me puse ropa vieja, pantalones y fui al garaje a trabajar en mi carro...

—¿Su carro? —la interrumpí—, ¿Tenían dos carros us­ted y su padre?

—No, solamente uno. Y no era mío realmente, pues se hallaba registrado a su nombre, pero él no manejaba, así que yo lo consideraba mío. Papá nunca poseyó o condujo automóvil en su vida, ¿ve? Pero yo había apren­dido a hacerlo en carros de mis amigos y hace tres años, cuando cumplí diecinueve, convencí a papá de que com­prara uno. No compró uno nuevo, pero sí uno en bastan­tes buenas condiciones. Tenía entonces tres años de viejo, es decir que ahora tiene seis, pero todavía funciona. Qui­siera tenerlo todavía, pero como nunca me transfirió la propiedad, todavía se hallaba a nombre de papá y no puedo usarlo..., hasta que se arreglen las cosas.

—¿Nunca trató de aprender a guiar?

—Sí, ésa fue la idea cuando lo compramos, que yo lo enseñaría. Pero al guiar se ponía nervioso y preocu­pado y cada vez hacía las cosas en forma peor, en lugar de mejorar. Cuando teníamos pocas semanas de poseer el vehículo, sufrió un accidente con él; nada serio, solamente un guardafangos hundido y renunció a aprender. Dijo que yo podía conservar el automóvil, si iba a ser el chofer de la familia.

—¿Quiere decir que lo llevaba al trabajo y lo recogía de regreso?

—Oh, no. Viajaba en autobús. Hay una parada de autobuses a tres cuadras de casa. Por supuesto, cuando estaba lloviendo o nevando fuertemente, me dejaba lle­varlo esas tres cuadras, por la mañana o esperar el auto­bús por la tarde. Siempre me llamaba para hacerme saber en cuál vendría. Pero en tiempo ordinario, prefería ca­minar. Yo tenía el carro para mí sola todo el día. Por supuesto, siempre que íbamos a algún lugar, por las no­ches o en fines de semana, usábamos el carro y yo guiaba.

—Ya tengo la idea —dije—. Pero volvamos a esa tarde. Dijo que fue a trabajar en el carro. ¿También es me­cánica?

—No, pero sé un poco de automóviles, puedo hacer cosas sencillas, ajustes. Y lo había usado ese día y no lo sentí muy bien. Pensé que el carburador estaría desajus­tado. Eso era, incidentalmente y lo arreglé. Pero tenía solamente alrededor de diez minutos de estar trabajando con el automóvil, creo que debe haber sido a las ocho, aproximadamente, cuando papá llegó hasta la puerta del garaje. Dijo que iría a dar un paseo.

—¿Nada más eso?

—Sí. Oh, excepto que dijo que no tardaría mucho. Y nos despedimos. Salió al sendero; no vi en qué direc­ción se encaminó, pero debió dirigirse hacia el oeste, pues el accidente ocurrió a una cuadra hacia ese punto y debe haber sucedido solamente un minuto después.

—¿No oyó el accidente? Quiero decir, aunque haya sido a una cuadra de distancia, si el carro se estrelló con­tra un árbol, después de arrollarlo y si es un barrio en el que no hay mucho ruido por las noches, creo que debió oírlo.

—Así habría sucedido probablemente, pero en ese mo­mento, debo haber tenido en funcionamiento el motor del automóvil y estaba inclinada bajo la cubierta, ajustando el carburador con un desatornillador..., y no hubiera oído nada, excepto una explosión, a una cuadra de dis­tancia.

"De cualquier modo, terminé de trabajar con el carro diez minutos después, aproximadamente y regresé a casa. Y unos diez minutos después, llegó la policía a notifi­carme. Oh, antes una sirena que debió ser de la ambulan­cia, pero no pensé en nada de eso; no calculé que se hubiera detenido tan cerca.

—Volvamos al momento en que su padre le dijo que saldría a caminar —sugerí—. ¿Lo hacía con frecuencia, sólo por caminar, no por ir a algún lado, por las noches?

—Con frecuencia no, pero sí algunas veces. Lo sufi­ciente para que yo no pensara que sucedía algo ex­traño esa vez.

—¿No podría haber oído sonar el teléfono, mientras estuvo en el garaje?

—No, no habría sido posible. El garaje está atrás, separado de la casa. No habría oído sonar el teléfono, aun cuando en ese momento no hubiera tenido funcio­nando el motor del carro.

—Entonces, pudo haber recibido o hecho una llamada telefónica que lo hiciera decidirse a salir a alguna parte. A casa de la señora Agnew, por ejemplo.

—Ella dijo que no lo había llamado o viceversa. Y la creí, por dos buenas razones. Una es que si alguien lo llevó al punto en que quería que estuviera, llamándolo por teléfono, no habría sido ella. ¿Qué motivo pudo tener para hacerlo asesinar? Y otra..., si hubiera ido en camino hacia allá, me habría dicho que iría a verla, no solamente que iba a salir a caminar. Si siempre me decía cuando iba hacia allá.

—Muy bien —acepté—. Ahora, hábleme del accidente, ¿cómo sucedió?

—Nadie lo vio, excepto, por supuesto, el hombre que iba manejando el automóvil que lo atropello, así que ésa es la única versión que tenemos. Pero la policía dijo que coincide con todo lo que encontraron allí. Dijo, cuando recuperó el conocimiento en el hospital y lo interrogaron, que iba conduciendo su carro como a cuarenta kilómetros por hora, cuando un hombre salió repentinamente de entre los árboles que hay a la orilla de la banqueta, po­niéndose en el camino del automóvil. Estaba tan cerca, que no pudo aplicar los frenos hasta el momento del impacto. Y que el impacto, más la aplicación repentina de los frenos, hizo serpentear el carro, lanzándolo contra un árbol.

—¿Y la policía aceptó la historia?

—Sí. Creen que iba un poco más rápidamente de lo que declaró, más cerca de los cincuenta y cinco que de los cuarenta, pero no a un exceso de velocidad. Es decir, a cerca de cincuenta, en el instante en que golpeó a mi padre y a treinta y cinco o cuarenta en el momento en que serpenteó y se estrelló contra el árbol. Pero eso fue a sólo unos metros más allá y dicen que no puede redu­cirse más la velocidad que eso, aun aplicando los frenos.

—¿Y no hicieron acusaciones?

—¿No. Él no cruzó por una zona para peatones o si­quiera en una esquina. Así que papá estaba infringiendo los reglamentos. Y aunque se supone que un automovi­lista debe ser razonablemente cuidadoso, no puede cul­parse, si alguien se pone repentinamente frente a su ve­hículo. Especialmente si la persona sale entre carros esta­cionados o algo así. Y si sale de entre los árboles que hay a la orilla de una banqueta, es la misma cosa.

—Y especialmente de noche —convine—. ¿Y él iba vestido de negro?

Wanda movió la cabeza afirmativamente.

—¿Quién dio parte del accidente? —pregunté.

—Las personas que viven en la casa de la esquina siguiente, un poco más allá de donde sucedió. Se apelli­dan Wilkins; papá y yo los conocíamos, pero sólo super­ficialmente. Estaban viendo la televisión, pero oyeron el ruido que hizo el automóvil al chocar contra el árbol. Y el señor Wilkins salió corriendo a ver lo que había sucedido y después regresó para llamar por teléfono a la policía y a la ambulancia.

—Pero..., ¿por qué no la llamó también a usted? Si conocía a su padre, aunque fuera superficialmente, creo que debió hacerlo... siento tener que preguntar esto. ¿Tenía la cara irreconocible?

—No... no es eso. Pero el señor Wilkins no vio el cuerpo de mi padre. No estaba completamente bajo el carro, sino inmediatamente detrás. Y el señor Wilkins co­rrió hacia el automóvil por el frente y miró al interior. Vio al chofer doblado sobre el volante, muerto o incons­ciente. No trató de moverlo. Llegó hasta su lado, metió la mano y cortó la ignición, para que el auto no se in­cendiara. Regresó a su casa y telefoneó y no volvió a salir hasta que llegaron la policía y la ambulancia.

"Después, cuando fue descubierto el cadáver de mi padre detrás del automóvil, él hizo la identificación. Pero dejó que la policía fuera a notificarme, por razones com­prensibles. No es agradable tener que dar malas noticias, especialmente cuando la policía está allí y es obligación de ellos hacerlo.

—Entonces, ¿llegó a la escena del accidente cuando las cosas estaban todavía en la forma en que las encontró la policía?

—No habían movido el cuerpo de mi padre o el automóvil, pero el chofer fue subido a la ambulancia, que estaba alejándose cuando llegué. No lo vi nunca.

—¿Ni siquiera después?

—No, nunca. Supongo que debí hacerle una visita cuando estaba en el hospital. Después de todo, si el vere­dicto de la policía fue correcto, el accidente fue culpa de mí padre y el automovilista era una víctima inocente, pero... bueno, estaba demasiado alterada para querer hablar con él. No quería conocer al hombre que mató a mi padre, aun cuando el accidente hubiera sido culpa de papá.

—¿Era su padre descuidado o distraído al cruzar las calles? ¿No es ilógico, para un hombre que se pone ner­vioso al manejar un carro?

—Creo que era descuidado, en ese sentido. Y tam­bién era distraído algunas veces, cuando estaba pensando mucho en algo. Recuerdo veces en que iba caminando junto a él y tenía que agarrarlo del brazo, para evitar que bajara a la calle, sin mirar antes a ambos lados. Sé que eso no parece lógico, para un hombre que teme manejar un automóvil, pero... bueno, no todas las per­sonas son consistentes.

Suspiré. No me gustan las coincidencias y no me agradó la coincidencia aparente de que Jason Rogers hubiera muerto accidentalmente, poco antes de que se produjera el escándalo por las malversaciones. Y se habría producido, de cualquier modo. Pero no parecía que estu­viera a punto de encontrar la menor indicación de que fuera más que una coincidencia. Si fue asesinato, estuvo endiabladamente bien planeado.

De hecho, si no fue un accidente auténtico, más pa­recía, ciertamente, un suicidio que un asesinato. Pudo haber esperado hasta que se acercó un carro, para ponerse frente a él deliberadamente.

Pero yo no veía ningún motivo para el suicidio. Si Rogers era culpable de la malversación, con la ayuda de un cómplice que usó el apellido de Morrison y se en­cargó de la parte del plan referente al canje de los che­ques, entonces sabía que todo se descubriría pronto de cualquier modo, ya que la auditoría anual de costumbre se practicaría pronto. Pero lo supo todo el tiempo, antes de empezar a realizar el proyecto y también habría pla­neado huir a Sudamérica o a cualquiera otra parte, antes de la fecha. Y hasta entonces, estaría seguro.

—¿Qué sabe del conductor del automóvil? —pregunté.

—Casi nada. Se llama John Sohl, Vive en Chicago, no en Freeland. Y creo que el señor Carstairs dijo que era joven, que tenía veinticinco años, aproximadamente. Ed, ¿no está haciéndose tarde? ¿Qué hora es?

Miré mi reloj.

—Es temprano todavía —dije—. Van a dar las diez y media. Pero he estado haciéndole demasiadas preguntas, haciéndola hablar demasiado. No espero que me diga todo lo que sabe en una noche, ni quiero que sea así; prefiero hacer durar el trabajo un poco más de tiempo. Así que olvidémonos de Freeland y vamos a divertirnos. Vayamos a bailar a algún lado. ¿Está bien?

Sonrió.

—Por poco tiempo. Si me lleva a casa a media noche.

La llevé a Smoky Joe's que es un lugar mejor que lo que se pensaría por el nombre. Hay un pequeño con­junto musical y una pequeña pista de baile, para los que quieran aprovecharla y algunos de los clientes lo hacen; la mayoría va por la música.

Bailamos unas cuantas veces y descubrimos que lo hacíamos bien juntos, disfrutando de ello, pero me alegró descubrir que realmente le gustaba y apreciaba el buen jazz y pasamos más tiempo escuchando que el que baila­mos. Solamente hablamos de cosas personales o de música.

Después de un poco se serenó y estaba divirtién­dose. Mientras estuvimos hablando de su padre y espe­cialmente del accidente, pareció un poco tensa.

Posiblemente la habría podido convencer de que nos quedáramos más tiempo, pero cumplí mi promesa de que llegáramos a casa a media noche. O casi la cumplí; salimos de Smoky Joe's a media noche, tomamos un taxi y llegamos a casa a las doce y cuarto.

La acompañé hasta el pie de la escalera. Subió un escalón y luego se volvió.

—Buenas noches, Ed. Y gracias por esta noche agra­dable.

—Fue más que agradable —dije—. ¿Cuándo la veré nuevamente? Usted dijo que mañana no. ¿Qué dice del domingo por la tarde?

—Muy bien.

—¿Será demasiado temprano a la una?

—Bueno... muy bien; quizá no haya dormido mucho para entonces, pero si la cita es solamente para la tarde, puedo regresar a dormir un poco antes que tenga que presentarme al club.

—Magnífico —exclamé—. Entonces, a la una, y a esa hora decidiremos lo que vamos a hacer. Buenas noches, Wanda.

Y como estaba parada en el primer escalón, sus labios se hallaban a la altura de los míos. Me incliné hacia ade­lante y la besé. Suavemente. Cuando menos al principio. No se retiró y después de un segundo, sus labios respon­dieron bajo los míos. Puso sus manos en mis hombros, la estreché en mis brazos y se convirtió en un beso verda­dero. Un beso que podría haber estallado.

Pero antes que llegara a ese punto, se apartó.

—Buenas noches, Ed —despidióse.

Se volvió y subió la escalera.

Entré a mi cuarto, bajo el de ella, me desvestí y me metí a la cama, hundido en pensamientos, pero no refe­rentes al caso en el que estaba trabajando, sino en el beso, que sentía aún. Preguntándome si iba a conducir a algo, decidiendo que era posible y que si sucedía, ese algo llegaría a ser en realidad maravilloso.

 

 

CAPÍTULO OCHO

 

Abrí la oficina a las nueve y nada sucedió en toda la mañana, excepto que decidí que ahorraría tiempo si es­cribía el informe para Starlock y eso fue lo que hice. Y saqué una copia al carbón para podérsela mostrar a tío Am, quien estaría interesado en él, evitándome así fa­tigar mis amígdalas, no teniendo que decírselo oralmente. Me tomó la mayor parte de la mañana, porque, como no sabía aún qué cosas serían importantes y cuales no, puse todo en él. Es decir, excepto lo referente al último minuto de nuestra cita. Eso no estaba relacionado con el caso, ciertamente y no era incumbencia de Starlock.

Unos minutos después de las doce, llamé a la oficina de Starlock. Imaginé, que Wanda habría salido para en­tonces y si su voz contestaba el teléfono, podría fingir que era a ella a quien quería hablar y buscaría alguna excusa razonable.

Pero contestó la voz de Starlock.

—Es Ed Hunter, Ben. ¿No hay moros en la costa?

—No. Las muchachas salieron hace un momento. ¿En­contraste dónde va a estar trabajando Wanda?

—Sí, pero escucha. Tengo escrito el informe completo, así que, ¿por qué no te lo llevo? Es decir, si vas a conti­nuar allí por un tiempo.

—Cuando menos una hora. Seguro, ven.

Y veinte minutos después, aproximadamente, le en­tregué el informe y me senté a esperar, mientras él lo leía rápidamente. No le tomó mucho tiempo. Él era un lector rápido y con retentiva. Gruñó.

—Buen trabajo, Ed. Dudo que haya algo en él que no sepa ya Indemnizaciones Wauken, excepto lo del puesto de cigarrera, pero se confió en ti, ciertamente. Sigue in­vestigando y es posible que surja algo. En confianza, ¿qué piensas, hasta ahora?

—No sé si su padre fue culpable o no. Es posible que lo haya sido, los hechos lo acusan. Pero no creo que Wan­da sea deshonesta. No creo que ella sepa que él tomó el dinero, si lo hizo, o dónde está ahora.

Frunció el ceño.

—Ed, yo tampoco creo que sea deshonesta. Pero puede estar ocultando algo, para proteger el nombre de su pa­dre. Podría saber algo que no revelará, porque eso pro­baría que fue culpable o indicaría que lo fue.

—¿Tal como la carta que dejó con su abogado para ella, la que dijo que contenía instrucciones para su fune­ral? No llegué a eso; no podía preguntarle todo en una noche.

—Como eso o alguna otra cosa. ¿Sabes cuál creo que es la clave de esto, Ed? Ese tipo Morrison, que depositó el dinero en el banco y luego lo retiró, el cómplice. Como quiera que se hayan efectuado las cosas en la oficina del tesorero, no pudo ser alguien que trabajara allí. Ahora, ¿Wanda conoce a alguien que pueda coincidir con esa descripción y con quien tuviera tratos su padre? Enton­ces ella tendría una idea de la culpabilidad de él, aun cuando la nota que le dejó fuera solamente lo que dijo que era, aun cuando no supiera dónde está el dinero.

Moví la cabeza afirmativamente.

—Ben, me gustaría hablar con alguien que estuviera en este caso, tener otra versión de las cosas, para cote­jarla con lo que me ha dicho Wanda y con lo que me revele después. Así podré descubrir si existe alguna dis­crepancia y saber en qué preguntas debo concentrarme.

Starlock pensó un minuto.

—Harry Koslovsky, nuestro cliente, sería el que mejor pudiera servirte. Es gerente de la oficina de la compañía en Freeland. Posiblemente ha seguido el caso tan de cerca como ninguna otra persona, desde que empezó. Ha tra­bajado con la policía y con los auditores.

—¿Cuándo puedo hablar con él?

—Su oficina debe estar cerrada. No trabajan los sá­bados ¿Te parece bien que sea el lunes?

—Si no puede ser antes. Pero mi siguiente cita con Wanda será mañana por la tarde. Preferiría hablar con él esta tarde o esta noche, antes de la próxima cita. De cualquier modo, hoy no haré ninguna otra cosa. Iré a verlo, si puedo hablar con él en su casa. ¿Sabes cómo puedes comunicarte con él?

—Puedo intentarlo. Él vive en alguna parte de Free­land.

Tomó el teléfono, pidió a la operadora que buscara el número y un minuto después, estaba hablando con Harry Koslovsky.

Después cortó la comunicación y se volvió hacia mí.

—Estará en casa esta tarde, pero por la noche no. Ya me oíste decirle que uno de mis agentes quería hablar con él, así que no estropees todo, diciéndole que estás sub­contratado. Respalda la mentira que le dije y no me trai­ciones. Es una omisión, más que una mentira; no están informados de que Wanda sabe que eres detective. Creen que es un trabajo auténtico de enredo. Y pensándolo bien, debías dar instrucciones a Wanda, respecto a eso, para el caso de que vuelva a hablar con Koslovsky por alguna razón.

—Muy bien —acepté—. Muchas gracias, Ben. Iré in­mediatamente a verlo.

—Será mejor que esperes. Yo saldré de aquí dentro de pocos minutos y traje mi carro. Puedo llevarte y llega­rás cuando menos tan pronto como si fueras en autobús. Me informé de la dirección al mismo tiempo que pre­gunté el número y está en mi camino a casa —me devol­vió el informe que le había entregado—. Puedes darle esto.

Dije que estaba magnífico y maté el tiempo, mientras él se preparaba para partir. Caminamos hasta el estacio­namiento en que había dejado su automóvil y fuimos en él a Freeland. Era territorio nuevo para mí; nunca estuve allí anteriormente. Atravesamos el centro de Freeland y luego viajamos hasta dos kilómetros más allá, aproximada­mente y nos detuvimos frente a lo que resultó ser un edi­ficio de apartamientos.

—No entraré contigo, Ed. Prometí a mi esposa lle­varla de compras esta tarde y será mejor que llegue a casa. Creo que eres bastante grande para hablar por ti mismo.

—Sí —dije—. Gracias por traerme, Ben.

Bajé por mi lado del auto, pero me llamó:

—Espera un minuto, Ed.

Metí la cabeza por la ventanilla.

—Escucha, cuando termines de hablar con Koslovsky, puedes echar un vistazo de la escena del accidente, si sien­tes curiosidad. Puedes ir caminando desde aquí. Cinco cuadras al oeste y una hacia el sur.

—Quizá lo haga —dije—. ¿Sabes la dirección de los Rogers?

—El número no. Pero es en la Avenida de los Tilos, la primera casa al oeste de la calle Barthold, del lado sur. No hay muchas casas en la cuadra y no tendrás dificultad para descubrir dónde fue el accidente; el carro arrancó un buen pedazo de corteza del árbol con el que chocó. Espera un minuto. —Tendió la mano, abrió el comparti­miento de los guantes, buscó entre varios planos doblados y me dio uno—. Es un plano de las calles de Freeland. Las líneas de autobuses están marcadas en él y tendrás que volver al centro para tomar un autobús para Chicago.

Le di las gracias y puse el mapa en mi bolsillo. Des­pués entré al edificio de apartamientos y empecé a bus­car en los buzones, hasta hallar el número del departa­mento de Koslovsky. Llegué al apartamiento, oprimí el botón del timbre y oí tañidos de carrillones. Unos segundos después, se abrió la puerta. Un hombre grande, de aspecto placentero, me preguntó:

—¿Usted es el hombre que envió Starlock? —Y se apar­tó para permitirme el paso, cuando moví la cabeza afirma­tivamente—. Siéntese.

Indicó un sillón de aspecto cómodo y tomé asiento en él; ocupó otro. Tenía cincuenta años, aproximada­mente y estaba calvo, excepto por una orla de cabellos, que habían empezado a encanecer apenas. Tenía mirada penetrante, alerta.

—Me llamo Hunter, señor Koslovsky —dije—. ¿Le explicó Ben Starlock de qué deseaba hablarle?

Sabía que no lo hizo, pero pensé que sería bueno hacerlo pensar que no escuché la conversación.

—Solamente sé que es respecto a ese caso de Rogers —contestó—. Supongo que usted es el que tiene la misión de enredar a Wanda. —Y cuando afirmé con movimientos de cabeza—: Muy bien. ¿Qué es lo que quiere saber?

—Todo —dije.

Y le expliqué lo que le había dicho anteriormente a Starlock, que mientras más supiera de los hechos, más fácilmente podría descubrir una nota falsa en cualquiera cosa que me confesara Wanda y sabría mejor qué puntos debería saber al hablar con ella. Suspiró.

—Es un relato extenso. Tendré que hablar bastante. Y estaba pensando en tomar un highball, ¿quiere acom­pañarme? No lo delataré con Starlock, si está contra las reglas que un agente tome mientras está en servicio.

—Magnífico —dije.

Se excusó y fue a preparar las bebidas. De hecho, ni Starlock ni Hunter y Hunter tienen una regla que prohíba beber en servicio, si uno lo hace con un sujeto, amistoso o no. Un sujeto o un cliente, como en este caso, será más sincero, hablará mucho más libremente, sentirá menos prisa por deshacerse de uno, si tiene un vaso en la mano, para no mencionar el hecho de que si está mintiendo o distorsionando la verdad, es más probable que cometa un error y se delate. Un detective privado no tiene que ser un buen bebedor, pero eso lo ayuda. Siem­pre he pensado que los detectives oficiales, que trabajan con esa regla y algunos que la siguen realmente, están en desventaja.

Miré en torno mío. Era una habitación bonita y como era probable que el resto de los cuartos fueran seme­jantes, un bonito apartamiento, Koslovsky disfrutaba, ob­viamente, de un buen sueldo. Y definitivamente, era un departamento de soltero. Todo había sido escogido y arre­glado por un hombre; no se veía en ninguna parte la sugestión más leve de un toque femenino. Me levanté y caminé hasta el gran librero. Siempre lo hago cuando quedo solo en una habitación en que hay uno. Koslovsky también tenía buen gusto en sus lecturas. Steinbeck, Hemingway, Maugham, Dos Passos, Wolfe y otros semejan­tes. Algunas novelas policíacas, pero de los mejores escri­tores del género; autores como Hammett, Chandler y Gault. No toda era literatura de ficción; había un entrepaño lleno de libros sobre seguros, leyes de seguros y matemáticas de los cómputos y las tarifas de seguros; otro entrepaño completo de contabilidad y hasta algunos li­bros sobre criminología. Uno de ellos me atrajo, como algo que me gustaría leer, La Psicología del Malversador. Consideré la idea de preguntarle si podía tomarlo pres­tado, pero decidí que primero vería si había una copia de él en la biblioteca pública de Chicago, la próxima vez que fuera.

Volvió con las bebidas y ambos nos sentamos nueva­mente.

—Skol —dijo y cada uno dio un sorbo. Después pre­guntó—: ¿Ha hecho contacto realmente con Wanda? ¿Ha hablado con ella respecto al caso?

—Bastante —contesté.

—Bueno. Entonces comience por decirme qué le ha dicho hasta ahora, Le indicaré si existen discrepancias y seguiremos a partir de allí.

Le dije que había llevado mi informe; se lo entregué y lo leyó.

Silbó suavemente cuando terminó.

—Hijo, es usted un verdadero enredador, para inves­tigar todo eso en una sola noche.

Repliqué verazmente:

—Una vez que empezó, pareció querer hablar de eso. No tuve ninguna dificultad para mantenerla haciéndolo. ¿Hay en eso alguna discrepancia?

―No, todo es cierto, hasta aquí... y ni siquiera puedo agregar mucho. Supongo que en la próxima sesión inten­tará hacerla hablar de esa nota o esa carta que dejó su padre para ella con su abogado.

—Sí, definitivamente. Pero antes, me gustaría oír la versión que da usted de ese episodio.

—Es esto, simplemente. Tres meses antes de su muerte, aproximadamente, Carstairs no sabe la fecha exacta, Jason Rogers le dio un sobre cerrado, dirigido a Wanda y pidió que se lo entregara en caso de su muerte. Carstairs lo guardó junto con el testamento de Rogers, que también se hallaba en sus manos. El testamento, incidentalmente, era muy sencillo: dejó todo a Wanda, como su único familiar viviente.

"A la mañana siguiente al accidente, si lo fue... digamos, de la muerte de Jason Rogers, Carstairs llamó a Wanda por teléfono para expresarle sus condolencias y ofrecerle su ayuda para hacer los arreglos del funeral o para cualquier cosa. Ella le dio las gracias y dijo que iría a su oficina y hablaría con él y lo hizo. Discutieron los arreglos del funeral y él dijo que se encargaría de todo. Por supuesto, serían pagados por el Estado. Y entonces, antes que ella se fuera, recordó la cuestión de la carta y se la dio.

"Ella la abrió y la leyó, sentada frente a él, al otro lado del escritorio, pero no hizo ningún comentario. Puso simplemente el sobre y la carta en su bolso. Ésa es la versión de Carstairs de lo que sucedió.

—¿Y difiere en algo la de Wanda?

—No. Por supuesto, no fue interrogada respecto a esa carta hasta unos días después, luego que el déficit de la oficina del tesorero salió a la luz. Y entonces, dijo que la carta se refería solamente a los arreglos de su funeral, en caso de muerte. Todo lo que decía era que deseaba una ceremonia sencilla, no un gran funeral y que deseaba que recordara que tenían un lote en el Cementerio Spring Grove y que deseaba ser sepultado allí, junto a su esposa. Y que no mostró la carta a su abogado ni se molestó en decirle lo que estaba escrito en ella, porque aquéllos eran los arreglos que ya habían decidido hacer. Cuando menos, en lo que se refería a los planes para el funeral. No fue­ron unas exequias demasiado sencillas, pero ella no pensó que debían serlo, a pesar de su petición; después de todo, él era un honrado funcionario de la ciudad y ella sabía que gran parte del Ayuntamiento asistiría.

—¿Hay alguna razón para dudar de su historia?

—Ninguna razón mayor, varias menores. Primero, si eso era lo que decía la nota, ¿no habría sido natural que la mostrara a Carstairs, o que, cuando menos, le explicara de qué se trataba? Acababan de terminar de discutir los arreglos del funeral, ¿recuerda?

—Sí. Pero es fácil que no haya pensado en hacerlo. Estaba abrumada por el dolor y pudo no haber pensado en mencionarlo, si era efectivamente lo que dijo, no tenía objeto, si estaba de acuerdo con lo que ya habían discu­tido y decidido. ¿Qué más?

—¿No está un poco en desacuerdo con el carácter de Rogers que le haya dejado una nota, diciéndole única­mente eso? Él tenía conocimiento de que ella sabía dónde está sepultada su madre. De hecho, admitió que en oca­siones estuvieron juntos en el cementerio, aunque no lo habían hecho hacía años. Y ella debía saber, de hecho aceptó que lo sabía, que poseía un lote allí. Sería algo que él habría dado por sentado, ¿no? En lugar de to­marse el trabajo de dejarle con su abogado una carta cerrada, tres meses antes de su muerte, diciéndole eso.

—Quizá él no sabía que era tres meses antes de su muerte —repliqué—. Pero... admito que no parece una explicación bastante buena. ¿Algo más?

—Sólo que no pudo presentar la carta cuando se lo pidió la policía y les dio su versión referente al asunto que trataba. ¿No cree usted que debió guardar la última carta de su padre, cuando menos por un tiempo, en lugar de tirarla? Nada de esto quiere decir mucho en sí mismo, pero súmelos y podrá ver que nos preguntamos si Wanda dijo la verdad respecto a esa carta.

Moví la cabeza afirmativamente.

—¿Es cierto que solamente su padre o alguno de sus ayudantes pudo haber efectuado la parte del plan que se desarrolló en la oficina del tesorero, cualquiera que haya sido? ¿Que ninguna de las muchachas o el adminis­trador pudieron hacerlo?

—Sí. De hecho, yo fui quien le dije eso y le expliqué la forma en que se hicieron efectivos los cheques, lo del hombre que trabajaba en el exterior, que se hacía llamar Ralph Morrison, todos esos detalles. No hallé ninguna razón para no explicarle toda la situación.

"Respecto a las muchachas, el trabajo de ellas es pu­ramente mecánico. Ni siquiera las tres en combinación, podrían haber sacado aquellos cheques de la falsa compa­ñía constructora.

"En cuanto al administrador, él también está afuera. Cuando menos, como un operador único que trabajara en el interior de la oficina, con Morrison haciendo lo mismo afuera. Quizá olvidé explicar eso a Wanda o ella olvidó decírselo a usted, pero la razón es bastante simple. Du­rante las dos primeras semanas de junio, estuvo de vaca­ciones y uno de los cheques salió exactamente a la mitad de ellas. Y antes que sugiera que pudo haber regresado para hacer un poco de trabajo nocturno por su cuenta, pasó esas dos semanas completas en Cape Cod y lo hemos verificado completamente.

—¿Nadie más tomó vacaciones?

—Jason Rogers lo hizo. Durante las dos semanas si­guientes a eso. Pero mientras estuvo ausente, no salió ningún cheque de la Constructora del Medio Oeste. Por supuesto, las muchachas salieron de vacaciones, pero ya expliqué que ellas están afuera. El primer ayudante del tesorero, Whittaker, sufrió un ataque cardiaco y murió antes que llegara su periodo de vacaciones; las había pe­dido para septiembre. Y por supuesto, su sucesor Wilbur Schwarz, no ha trabajado allí el tiempo suficiente para tener vacaciones este año.

—¿Cuál es su opinión honesta —pregunté—, su opi­nión personal de todo esto, señor Koslovsky?

—Creo que Jason Rogers fue culpable. Eso es lo único que puede deducirse. Y no creo que su muerte haya sido accidental... Creo que fue suicidio, que se puso delante del carro deliberadamente.

Lo miré fijamente.

—Solamente puedo comprender por qué piensa que fue culpable. Pero, ¿por qué el suicidio? Hasta ese punto, había salido bien en lo que estaba haciendo. Tenía el dinero. Y faltaba todavía mucho tiempo hasta la auditoría, para que pudiera escapar con él.

—¿Tenía el dinero? ¿O lo traicionó su cómplice, de­jándolo para que pagara su delito? Suponga que no acordaron que Morrison hiciera esos retiros en efectivo. Rogers no tenía forma de estar informado respecto a la cuenta. Suponga que el dinero tenía que ir acumulándose hasta el momento de repartírselo, que debió estar próximo. Pero Morrison concibió la idea de que podía apoderarse de los cuarenta y seis de a mil, en lugar de esperar la parte que debía recibir. En lugar de dejarlo acumularse, lo retiró gradualmente y luego huyó, después del último retiro.

"¿Y dónde dejó eso a Rogers? Con la culpa y sin dinero. Lo esperaban la exposición, la deshonra y la cár­cel, en lugar de cuarenta y seis de a mil para huir. Podía confesar, para implicar a su cómplice e identificarlo, para que pudiera ser buscado pero, ¿qué bien le hubiera hecho eso?

—¿Usted cree que descubrió que había sido traicio­nado la misma noche en que murió?

—Es muy probable. Quizá empezaba a sospechar algo. Wanda dijo que llegó a casa un poco tarde y que parecía preocupado, ¿recuerda? Y adivino que mientras Wanda se encontraba en el garaje, recibió o hizo una llamada te­lefónica que le indicó que, efectivamente, su cómplice había escapado con el botín y sin él.

"Salió a dar un paseo, para pensar, pero..., ¿qué tenía que pensar? Estaba hundido. Se aproximó un auto­móvil, viajando a velocidad suficiente, así que se puso delante de él directamente...

Koslovsky se encogió de hombros.

Tenía sentido. Parecía estar más de acuerdo con los hechos conocidos que cualquier cosa en que hubiera pen­sado yo. Había buscado un motivo para el suicidio, pero no pensé en ése.

—Pero si usted y su compañía se sienten seguros de eso, ¿para qué continuar la investigación? Ustedes conce­dieron la fianza por Rogers y si él fue culpable, están comprometidos, aun cuando pueda probarse esa historia.

—Y especialmente si es probada. Pero todavía queda por buscarse a Morrison y él no habrá gastado todavía todo el dinero. Haciendo un cálculo muy vago, quizá no haya gastado más de mil dólares, más o menos. Si podemos encontrarlo y hallar el dinero, nuestra responsabilidad se reducirá a esa cantidad.

—Entonces, su investigación está concentrada en hallar el cómplice, el hombre que trabajaba afuera. ¿Alguna pista?

Koslovsky movió la cabeza tristemente.

—Ni una. Por una parte, la descripción es tan gene­ral, que podría corresponder a mil personas, aun cuando ninguna de ellas estuviera disfrazada. Con un disfraz par­cial... diablos, podía corresponderme a mí, si usara una peluca gris. Hemos estado investigando especialmente a las personas que hayan estado asociadas alguna vez con Rogers, en cualquiera forma. Algunas de ellas llenan la descripción, más o menos. Pero han sido eliminadas, en una forma o en otra. Hemos conseguido fotografías de aquéllos que no pudimos eliminar en otra forma, para mostrarlas a los cajeros del banco. Ni siquiera hemos ob­tenido la sombra de una identificación, aunque sea du­dosa. Pero sí, estamos buscando principalmente a Morrison. Él es la clave de esto, ya sea que tenga razón o no para pensar que traicionó a Rogers y que éste se suicidó, cuando supo que lo habían dejado comprometido.

—Y, supongamos por un momento que sus deduccio­nes son correctas, ¿dónde cree usted que entra Wanda en esto?

—No creo que Wanda haya tenido un conocimiento culpable de la malversación, mientras estuvo efectuán­dose. Creo que lo descubrió al leer la carta que le dejó su padre. Creo que mintió respecto a lo que estaba escrito en la carta, con la esperanza de proteger el nombre de su padre. Creo que sigue mintiendo al respecto, que sigue esperando que la Corte lo absuelva.

—Pero él escribió esa carta tres meses antes de su muerte. ¿Qué cree usted que debió decir en ella?

—Quizá una disculpa a Wanda por lo que estaba haciendo.... o lo que habría hecho para cuando ella la leyera. Una explicación, o una justificación, si podía tener una que fuera lógica para ella. Una nota de despedida, en efecto, que no esperaba que leyera ella, hasta que el gato estuviera fuera del saco. Por supuesto, dijo a Carstairs que debía entregársela a ella en caso de muerte, por­que no se habría arriesgado a decirle "su desaparición", pues Carstairs habría sospechado. Y de cualquier modo, sí desaparecía con cuarenta y seis de a mil, la carta tendría, que salir a la luz. En tales circunstancias, Carstairs la habría entregado primero a la policía, pero Wanda la obtendría o la leería eventualmente.

Pensé un minuto.

—Pero si eso es cierto, si eso fue de lo que trataba la carta y la razón por la que Wanda está mintiendo res­pecto a ella, ¿de qué le servirá que ella cambie su decla­ración al respecto? Eso haría completamente seguro que las Cortes fallarían en contra de Rogers y que su compañía tendría que pagar la fianza.

—Cierto, pero eso es seguro prácticamente en cual­quier forma. Su bebida se ha terminado y la mía tam­bién. ¿Quiere otra?

—Muy bien, pero sírvame poco.

Desapareció para prepararlas y esta vez no fui hasta el librero. Permanecí sentado y traté de pensar algo. Cuando regresó con las bebidas, dijo:

—Muy bien, esto es por lo que deseo que Wanda diga la verdad, aun cuando pruebe definitivamente la culpa­bilidad de su padre. Ella lo conoció mejor que nadie; ha vivido con él toda su vida. Si alguien tiene aunque sea una leve sospecha de quién fue su cómplice, es Wanda. Si sabe que su padre fue culpable, debe tener alguna idea de quién es Morrison. Un malversador no conspira con un desconocido.

"Pero mientras se aferré a su mentira respecto a la carta e insista en creer que su padre es inocente, no podrá confesarnos el resto ni nos dará una pista de Morrison. Aun cuando no sepa su nombre y su dirección, debe.sos­pechar quién es y podernos dar una pista. Y eso es todo lo que necesitamos; la tomaremos, descubriremos quién es y luego lo encontraremos.

—Muy bien —dije—. Me concentraré en ese aspecto. Trataré de convencerla de que si sabe que su padre fue culpable, ella y todos estaremos mejor, si habla. Por su­puesto, si la carta fue siquiera aproximadamente lo que usted cree que fue y ella lo admite ahora, está exponién­dose a una acusación de complicidad y de haber destruido pruebas. Supongo que puedo prometerle inmunidad.

—Por supuesto. Ya lo hice. Traté de convencerla de que cambiara su historia respecto a la carta. No llegué a primera base. Pero es que... —sonrió—, no soy joven y bien parecido como usted. Además, ella habla con usted como amiga, no como si lo hiciera a un investigador.

Moví la cabeza afirmativamente.

—Mientras usted preparaba las bebidas, estuve pen­sando en eso... especialmente en el punto de si alguien, además de Rogers, pudo trabajar la parte interna del plan. Concedo que las muchachas están fuera, que el adminis­trador de la oficina está afuera y que, excepto Rogers, sólo podría haber sido hecho por ambos ayudantes. Pero solamente veo una forma de que lo hubieran hecho sin ponerse de acuerdo, aún sin haberse conocido mutua­mente.

—Creo que entiendo a qué quiere llegar usted, Hunter y en tal caso, es algo que hemos considerado… y des­cartado. Pero continúe.

—La relación entre ellos —dije—, el único, puede ha­ber sido el hombre del exterior, Morrison. Supongamos que el primer ayudante.... ¿cómo se llama? Whittaker, inició la operación, trabajando con Morrison. Después mu­rió de un ataque cardiaco. Schwarz consiguió el puesto. Morrison debió conocer bastante bien a Whittaker, para saber que él trabajaba en la parte del plan que se efec­tuaba en la oficina. Pudo haberse acercado a Schwarz y lo convenció de que siguiera adelante con él.

—Eso fue lo que pensé que tendría en la mente, Hunter —dijo Koslovsky—. Si, pensamos en la posibilidad y la consideramos. Parece lógica, a menos que usted la examine cuidadosamente, a menos que considere los mo­tivos de Morrison.

"Considere esto: cuando murió Whittaker, Morrison, ya sea que haya sido el cómplice de Whittaker o el de Rogers, tenía veintisiete mil dólares en el banco, a su nombre; quiero decir, a nombre de Morrison, como quiera que se llame realmente. Y con Whittaker muerto, él podría haber retirado el dinero, como lo hizo, totalmente y sin ningún peligro, relativamente. Habría desaparecido y sería extremadamente difícil seguirle la huella, para cuando la próxima auditoría anual se hiciera, unos meses después.

"En lugar de eso, usted sugiere que puede haberse tomado el riesgo de acudir a otro hombre, con la espe­ranza de aumentar esa cuenta bancaria, en únicamente diecinueve mil dólares más, como resultó finalmente y después tendría que dividir las ganancias con él, obte­niendo menos de lo que tenía antes, sin peligro. Eso no tiene sentido, desde el punto de vista de Morrison... vein­tisiete mil que ya tenía seguros, contra la mitad de una suma que no podría aumentar mucho.

"Además, considere el peligro que correría al dirigirse a un nuevo hombre para continuar con un plan antiguo que, en todo caso, no podría seguir adelante durante muchos meses. Ponía a Schwarz en situación, si le hacía proposiciones, de hacerlo capturar inmediatamente y de que se redujeran sus posibilidades de escapar con lo que tenía. Y por extraño que parezca, algunos hombres son honrados, ¿cómo podía saber que Schwarz no lo era? Y aún más de ellos, tienen miedo de correr el peligro de ir a la cárcel. No, Morrison no se hubiera arriesgado a eso con Schwarz, proponiéndole que continuara lo que había iniciado Whittaker. O si hubiera hecho esa proposición a Schwarz, cuando menos habría retirado el dinero que tenía depositado, teniéndolo listo para una fuga rápida, en caso de que fuera rechazado. Y todos los retiros fue­ron hechos después de que Schwarz ocupó el puesto de Whittaker, como ayudante.

Convine en eso, aunque no muy contento. Fue una buena idea mientras duró, pero no duró lo suficiente para hacerme pensar en el punto de vista de Morrison, como lo hizo obviamente Koslovsky.

—Muy bien, señor Koslovsky, creo que eso es todo... Espere, respecto a la muerte de Jason Rogers, haya sido accidente o no, ¿tiene alguna información referente a ella, además de la que me proporcionó Wanda?

—No mucha. Una cosa más, pero no veo cómo puede estar relacionada o ser importante, aun cuando sea cierto. Las personas que viven en la esquina y que oyeron el ruido que produjo el carro de Sohl al chocar con el árbol, vamos a ver, su apellido es Wilkins, no están de acuerdo en un punto. La señora Wilkins dijo que creyó oír que pasaba otro automóvil o que partía, inmediatamente des­pués de que oyeron el choque. Pero no está segura y su esposo, que salió corriendo al momento de oír el ruido, no vio ningún otro carro a la vista.

"Además, si ella lo oyó y él no, eso no significa algo necesariamente. Otro auto podía estar pasando, en cual­quiera dirección, en el momento del accidente, sin dete­nerse. Muchas personas oyen o ven accidentes y tienden a alejarse de ellos, en lugar de acercarse. No quieren ser detenidos y convertirse en testigos. Si ven que sucede algo, y esto se aplica a gente honesta, aunque inconsiderada, lo mismo que a malhechores, prefieren seguir adelante y no verse involucrados.

—¿Y la historia de Sohl? ¿Declaró que había algún carro en algún lugar cercano o que pasó en una o en otra dirección?

—Dijo que no lo había. Cuando menos que no recor­daba ninguno, que fuera pasando en una u otra dirección. Y la historia de Sohl coincide con todos los otros hechos revelados por la investigación del accidente que hizo la policía, a pesar de lo que es él.

—¿Qué quiere decir con eso?

—Precisamente eso. Parece que nadie explicó a Wanda mucho respecto a Sohl, o ella se lo hubiera dicho a usted. Pero se hizo una investigación y es un personaje bastante desagradable. Es cuestión más bien de mala reputación, que de cosas escritas en los libros de registro de las comi­sarías de policía, pero también ha habido algo de esto último. Sin embargo, no han podido hallarlo culpable de nada. Es un muchacho rudo del sur de la calle State, Vive en el hotel Worth, que no es precisamente una Asociación Cristiana de Jóvenes. Es posible que no sea un hampón, pero tiene contactos con ellos. Con su reputación, habría sido condenado por el accidente, pero su declaración coin­cide con todo lo que descubrió la policía.

Me incliné hacia adelante, interesado.

—¿Incluso una buena razón de haber estado en Freeland y en aquella calle, precisamente a esa hora?

—Eso me explicó la policía y ellos lo interrogaron. No les pedí más detalles, porque... diablos, ¿por qué había de hacerlo? Rogers murió accidentalmente o se puso deliberadamente frente al automóvil. Y en cualquier caso, no importaba quién haya ido guiando el vehículo. Pudo haber sido Jack el Destripador o Billy Graham y habría sucedido lo mismo.

Vi que mi vaso se encontraba vacío y lo puse sobre la mesita. Koslovsky lo miró interrogativamente, pero moví la cabeza negativamente. Me levanté y dije:

—Ya le he quitado mucho tiempo, señor Koslovsky. Muchas gracias. Tengo una imagen mucho mejor de todo, de la que tenía antes. Particularmente de la posibilidad de que Rogers se haya suicidado porque su socio lo dejó comprometido. No había pensado en eso.

Se levantó también:

—¿Hay algo más que quiera saber? Algo que pueda decirle, por supuesto.

—No, a menos que haya preguntas que debiera ha­berle hecho y que no le hice.

Movió la cabeza negativamente.

—Creo que hemos cubierto todos los ángulos. Oh, po­dría ver mis notas y darle las fechas exactas de emisión de los cheques de los depósitos y de los retiros, cosas así. Pero no creo que importen, para el aspecto que usted está investigando. Y si surge algo que pueda hacer im­portantes esos datos, visíteme nuevamente... o llámeme por teléfono.

Dije que lo haría, le di las gracias nuevamente y me retiré. Ya en el exterior, caminé en la dirección gene­ral que me había indicado Starlock y luego busqué en el plano que me dio. No veía de qué me serviría ver la casa de los Rogers o la escena del accidente, ¿o suicidio?, pero me encontraba tan cerca, que decidí hacerlo.

 

 

CAPÍTULO NUEVE

 

Iba pensando mientras caminaba y no me agradaron mis pensamientos. Tenía cuando menos una esperanza vaga de poder descubrir o probar que Jason Rogers era inocente de malversación. Me gustaba mucho Wanda Rogers y la creí cuando me dijo que creía que él era inocente. Koslovsky me hizo estremecer.

Encontré la esquina de Tilos y Barthold y miré hacía el oeste, desde el lado sur de Tilos. Starlock tuvo razón; no había muchas casas en la cuadra; eran tres y una nueva, estaba aún en construcción.

Pero como me dijo, había árboles entre la banqueta y la orilla de la calle, cada seis metros, aproximadamente. Árboles de tamaño mediano; no sabía de qué clase eran, pero si era la Avenida de los Tilos, debían ser eso.

La primera casa se encontraba en el segundo lote; debía ser la de los Rogers. Una casa bastante modesta, para el tesorero de una ciudad, aun de una pequeña. Era de dos pisos, ni barata ni costosa. Con tres alcobas, pro­bablemente. Posiblemente fue construida por diez o doce mil dólares, ya que debió edificarse varios años antes. Y a un lado y cuando menos seis metros atrás de la casa, se hallaba el garaje que mencionó Wanda. No, desde esa distancia y sin que estuviera funcionando el motor del carro, no pudo oír si sonó el teléfono dentro de la casa.

El pasto necesitaba ser cortado, pero no sentí im­pulsos de entrar al garaje y sacar la cortadora de pasto para hacer el trabajo. En todo caso, iban a vender la pro­piedad para pagar al Estado. Wanda nunca viviría nue­vamente allí y el pasto cortado o sin cortar no cambia mucho el valor de una casa. Y de cualquier modo, si la Corte decidía que Jason Rogers era culpable de malversa­ción, la propiedad no quedaría en manos de Wanda; se vendería para pagar el dinero malversado.

Pasé frente a ella, sin tratar de encontrar un lugar para entrar. La policía la había registrado y a menos que Wanda estuviera mintiendo o equivocada, también entra­ron en ella los ladrones. No encontraría en ella nada que no pudieran haber hallado la policía o los ladrones. Ha­bría un piano de medio concierto, por supuesto y me hubiera gustado sacarlo y llevárselo a Wanda, pero dudé que pudiera hacerlo y llevarlo a Chicago.

La casa siguiente, unos pocos lotes más allá, parecía ocupada. Vi ropa colgada de una cuerda en el patio late­ral. Después, otros lotes más allá, se encontraba la casa en construcción. Pero era sábado por la tarde; nadie estaba trabajando en ella.

Más adelante se hallaba un espacio desocupado, de siete, ocho o nueve lotes y luego la casa de la esquina, que debía ser la de la familia Wilkins, los que oyeron el accidente y dieron parte de él. A media cuadra, atravesé la calle, no había visto tráfico desde que llegué a esa cuadra, y empecé a buscar un árbol con un gran pedazo de corteza arrancado. Lo encontré, pero eso no me indicó nada, excepto que era el tilo en el que se estrelló el carro de Sohl, después de atropellar a Jason Rogers. Y el im­pacto fue bastante fuerte, cuando menos a treinta y cinco o cuarenta kilómetros por hora, aun después de que, sin duda, fueron aplicados los frenos. El árbol tenía un tronco de doce centímetros de diámetro, aproximada­mente; si el impacto hubiera sido mucho más fuerte, po­siblemente se habría quebrado. Como fue, le faltaba un gran pedazo de corteza, pero el árbol viviría. Lo mismo que John Sohl, el conductor del auto.

Pero Jason Rogers no, suicida o víctima de un acci­dente. Caminé de regreso hasta el punto en que, de acuerdo con la declaración de Sohl y con las pruebas, fue golpeado Rogers por el automóvil. Pero el punto no me indicó nada. Si hubo marcas de neumáticos, fueron borradas por el tiempo, aun en una calle pacífica como ésa. ¿Y esperaba encontrar manchas de sangre, después de seis semanas y media docena de lluvias de principios de otoño?

Subí nuevamente a la banqueta y continué cami­nando. No tenía ninguna razón para detenerme en la casa de los Wilkins; no pude pensar en ninguna pregunta que quisiera hacerles, de la que no supiera ya la res­puesta. Y además, la puerta de su garaje se encontraba abierta y el garaje se hallaba vacío; posiblemente habían salido a un paseo de fin de semana y no estaban en casa.

Moví la mano hacia mi bolsillo, para sacar el mapa y ver en qué dirección tenía que caminar para llegar al sitio en que pasaba la línea de autobuses y entonces re­cordé y no llegué a sacarlo. Wanda me dijo que la señora Agnew, la amiga de su padre, vivía en la misma calle, a sólo dos cuadras. Eso hacía, automáticamente, que estu­viera en la dirección en que iba, pues la Avenida Tilos terminaba en una cerrada, a una cuadra de la casa de los Rogers, en dirección opuesta. Por supuesto, probablemente no estaría en casa, pues era jefa del departamento de alte­raciones de una tienda de ropa femenina, situada en el centro y seguramente estaría trabajando los sábados por la tarde, que son las ocasiones más ocupadas para las tiendas. Pero, ¿qué tenía que perder, con caminar otra cua­dra?

Lo hice. Había exactamente tantas casas como en la cuadra en que se encontraba la casa de los Rogers; tres habitadas y una en construcción. Y no tuve ninguna difi­cultad para identificar la de la señora Agnew, porque Wanda la describió como una casita de un piso, y era la única que había en la cuadra.

Se hallaba al otro lado de la calle. Lo cual significaba que Rogers podía haber estado en camino hacia ella, la noche que murió; pudo haber cruzado en cualquier parte y escogió exactamente, si su muerte fue realmente accidental, (cada vez estaba más y más de acuerdo con la hipótesis de Koslovsky, de que fue suicidio), un mal lugar y un mal momento, para atravesar.

Era una casita de probablemente tres habitaciones en total. Sin garaje, pero tenía un cobertizo y un automóvil estaba en él. Deduje mal, cuando pensé que seguramente se hallaría trabajando ese sábado por la tarde.

Me acerqué a la puerta y llamé. Una mujer de aspecto agradable la abrió. No era bella, pero sí atractiva, defini­tivamente. Wanda dijo que la señora Agnew tenía cua­renta años, pero podría pasar fácilmente por tener treintaycinco. No podría pensarse que mentía, si decía que tenía treinta. Poseía una cara agradable y sonrisa pla­centera, un cuando no sabía si iba a entregarle una ci­tación judicial o a tratar de venderle revistas.

Me presenté y le dije que estaba trabajando para Indemnizaciones Waukegan.

—Sé que otro representante nuestro habló ya con us­ted, señora Agnew, pero...

—Pase usted. No se quede parado allí, señor Hunter. Por supuesto, hablaré con usted gustosamente.

La sala, pulcra, pero no chillante, estaba inmediata­mente después de la puerta y tomamos asiento. Le conté una historia de que me habían destinado a ese caso re­cientemente y que aunque leí los informes, por supuesto, quería formarme una opinión de primera mano y espe­raba...

No terminé, porque me interrumpió serenamente.

—Por supuesto, señor Hunter. No necesita hacerme explicaciones. Me alegra hablar con cualquiera, en cualquier momento, si puedo ayudar a limpiar el nombre de Jason Rogers. Y debe quedar limpio. Él no tomó el di­nero. No era la clase de persona que haría algo así.

—Espero que tenga razón, señora Agnew —dije—. Yo no lo conocí personalmente, pero sería en bien de nues­tra compañía que pudiéramos probar que no lo hizo. ¿Quiere que le haga preguntas o prefiere que la deje hablar simplemente?

—Una y otra cosa. Pero empezaré por contestar la pregunta que quizá usted encuentre embarazosa de hacer. No fui amante de Jason. Ni estábamos teniendo una aventura..., si usted interpreta la palabra amante con el significado de que estaba sosteniéndome o contribu­yendo a mi sostenimiento. Éramos amigos, amigos muy íntimos.

—¿Usted cree que si las circunstancias lo hubieran hecho posible, quiero decir, sí usted hubiera sido libre, le habría pedido que se casara con él?

Seré sincera, señor Hunter. Estoy casi segura de eso. Existía afecto entre nosotros. No diré amor, porque bajo las circunstancias, ninguno de nosotros se atrevía a pensar en eso. Pero creo que si hubiese sido posible, él habría querido casarse conmigo y seré lo bastante franca para decir que lo hubiera aceptado. Pero sucedió dema­siado tarde.

—¿Qué sucedió demasiado tarde?

La muerte de mi esposo —aparecieron repentina­mente lágrimas en sus ojos—. Murió hace solamente diez días, en el asilo.

Así que ahora, ella estaba libre, demasiado tarde. ¿Aquellas lágrimas eran por su esposo? No lo creí así. No podía haberlo amado y aún así, estar dispuesta a ca­sarse con Jason Rogers. Las lágrimas eran por Rogers y por lo que pudo haber sido.

—Lo siento, señora Agnew —dije.

—No tiene por qué sentirlo. Fue algo piadoso. Hay enajenados cuya locura es de un tipo que los hace felices o cuando menos, les permite estar contentos. La de mi esposo no era así.

Me aclaré la garganta. No llegaría a ningún lado, dis­cutiendo la misericordia de Dios y no era eso lo que quise decir, de cualquier modo. Quise decir que sentía que Jason Rogers hubiera muerto antes. Pero, ¿por qué, si pensaba que era culpable y estaba a punto de huir cuando murió?

—Respecto a la noche de la muerte del señor Rogers, señora Agnew. Entiendo que usted no lo llamó por telé­fono, ni él a usted, que no tenían una cita previa y que usted no lo esperaba.

—Es cierto.

—Pero, ¿no podía venir hacia aquí, sin llamar antes? ¿Nunca lo hizo?

—Sí, ocasionalmente. Pudo venir en camino hacia acá. Comúnmente, me llamaba. Pero algunas veces, tenía el propósito de dar un paseo y luego decidía visitarme; en tales casos, eran visitas breves. Si pensaba permanecer más tiempo aquí, estoy segura de que hubiera dicho a Wanda que venía.

—O podía haber pensado en llamar a Wanda desde aquí para decírselo, si la encontraba en casa y decidía pasar aquí más tiempo.

—Supongo que es posible.

—A propósito, señora Agnew. ¿Cómo es que no está trabajando hoy? Yo pienso que los sábados por la tarde son ocasiones de mucho trabajo en las tiendas de ropa.

—Lo es, pero mi ayudante puede encargarse de todo. Nos tomamos los sábados, alternadamente y hoy fue mi turno. ¿Puedo ofrecerle un poco de té, señor Hunter? O... no tengo licor fuerte, pero sí una botella de Jerez, si lo prefiere.

—No, gracias —contesté—. Y de cualquier modo, sola­mente tengo unas pocas preguntas más que hacerle. Una de ellas es: ¿Alguna vez discutió el señor Rogers con usted su trabajo en la oficina de la tesorería?

—No. Nada que valga la pena decirse. Hacía comen­tarios casuales de que había sido un día muy atareado o que tuvo necesidad de trabajar horas extras, cosas así.

—¿O alguna vez discutió con usted respecto a sus subordinados?

—También, pero solamente en forma casual. Una men­ción o dos. Sé que no le agradaba el señor Whittaker, su ayudante por un tiempo. No le agradaba mucho personal­mente, pero pensaba que era eficiente y muy bueno para su trabajo. Y el sucesor del señor Whittaker, ¿cómo se llama? ¿El que sufrió el accidente?

—Schwarz. Wilbur Schwarz. Pero, ¿qué dice? ¿Tuvo un accidente? No he oído nada de eso.

—Fue atropellado también por un automóvil, un au­tomovilista ebrio, en este caso, poco antes de la muerte de Jason. Resultó herido, con un brazo roto y estuvo ausente del trabajo durante unos pocos días o tal vez fue una semana. Jason mencionó eso, naturalmente, ya que tuvo que trabajar muchas horas extra durante ese periodo. Pero no recuerdo ninguna otra cosa que me haya dicho respecto al señor Schwarz.

—Dijo usted que fue poco tiempo antes de la muerte del señor Rogers. ¿Cuánto tiempo, exactamente?

—Creo que alrededor de dos semanas. No más de tres. De cualquier modo, él volvió al trabajo, aunque con el brazo enyesado, antes de... lo que sucedió a Jason.

—¿Sabe usted dónde vive Schwarz?

—No. Imagino que en Freeland... y hay un directo­rio telefónico de Freeland en la mesita que está a su lado. Y también un teléfono, si desea usarlo.

Tomé el directorio telefónico y busqué el nombre. Había varios Schwarz en la lista, pero solamente un Wil­bur. Leí la dirección a la señora Agnew y le pregunté si sabía dónde podía ser.

—Sí, es cerca de aquí. A solamente tres cuadras, apro­ximadamente. Una cuadra hacia allá, sobre Tilos... —In­dicó la dirección de la que yo llegué. Una cuadra hacia allá, debía ser la esquina cerca de la cual fue atropellado Rogers—. Da vuelta a la izquierda y camina... veamos; debe ser aproximadamente cuadra y media.

—¿No es ésa la dirección en que tengo que caminar para llegar a donde pasa la línea de autobuses?

—Sí, está a media cuadra de la calle por la que pasa la línea.

—Entonces está en mi camino y no me molestaré en llamarlo por teléfono. Trataré de ver si lo encuentro en casa —me levanté—. Muchas gracias, señora Agnew.

Me acompañó hasta la puerta.

—Siento no haber podido ayudarlo.

—Quizá lo hizo —rectifiqué—. Adiós y gracias nue­vamente.

Tal vez me habla ayudado, pero todavía no veía cómo. ¿Qué relación podía tener el accidente sufrido por Wilbur Schwarz con la malversación o con la muerte de Jason Rogers? Ninguna que pudiera ver. Excepto que era una coincidencia y no confío en ellas.

Aun así, Koslovsky debió saber seguramente lo del accidente de Schwarz y las circunstancias en que sucedió. Y con seguridad decidió que no tenía ninguna relación con el caso o lo habría mencionado.

Encontré la dirección. Era una casa de! tamaño de la de Rogers, más o menos, pero más nueva. Oprimí el botón del timbre y aguardé. Después de alrededor de un minuto, cuando estaba a punto de llamar nueva­mente una mujer abrió la puerta.

Estaba ebria; no de caerse, pero evidentemente, cuan­do menos tenía dos velas al viento. Se veía en sus ojos, en su cara y en la forma en que oscilaba ligeramente, mientras se hallaba parada frente a mí. Estaba descalza. Vestía una bata delgada, atada en torno a la cintura y tuve una fuerte sospecha de que no llevaba nada debato. Debía tener treinta y tantos años.

—¿La señora Schwarz? —pregunté y cuando contestó afirmativamente con movimientos de cabeza, añadí—: Mi nombre es Hunter. Vengo de la Compañía de Indemnizaciones Waukegan. ¿Está en casa su esposo?

—Entre —dijo. Se apartó de la puerta—. Siéntese, se­ñor... ¿cómo dijo que se llama? ¡Al diablo con eso! ¿Cuál es su primer nombre? Es más fácil recordarlo.

—Ed —contesté—. ¿Está en casa su esposo?

—Le dije que se siente. Regresará en unos minutos. Un minuto.

El "un minuto" se refería a ella, aparentemente, pues salió del cuarto.

Tomé una silla y miré en torno mío. No era una ha­bitación mala; los muebles eran buenos, pero estaban un poco sucios y necesitaban cepillarse, si no era que la­varse. También había exceso de cretonas.

La señora Schwarz volvió, pero dijo nuevamente que regresaría en un minuto y salió otra vez. Se había puesto pantuflas y creo que pasó un peine por sus ca­bellos, pero no cambió de ropa.

La puerta por la cual hizo su segunda salida conducía aparentemente a la cocina; oí ruido de cristal y un momento después, regresó con sendos vasos en las manos, en los que había tres centímetros de líquido cristalino. Me ofreció uno.

—Es toda la ginebra que resta. Por eso salió Wilbur. Lo mandé a traer más ginebra. Y ale de jengibre. Me gusta la ginebra con ale de jengibre.

—También a mí —dije—. Quizá sea mejor que espe­remos hasta que regrese, para poder tomar bebidas mez­cladas.

Tomó asiento en el sofá y me alegré de no haberme sentado allí.

—No, él tardará todavía unos minutos. El viejo Wil­bur camina lentamente. Beberemos esto mientras lo espe­ramos. ¿Para qué quiere verlo?

—Nada más para hacerle algunas preguntas, señora Schwarz.

—Llámeme Margie, Ed. ¿Conoce a Wilbur?

—No, no lo conozco.

—Pregúnteme. Le diré cualquier cosa sobre él que quiera saber. ¿Qué quiere que le diga?

—Cualquier cosa que quiera decirme.

—Llevo quince años de casada con él. Me casé con él en Milwaukee. Ambos nacimos y nos criamos allí. Quin­ce asquerosos años. Él está hundido en el lodo, nunca hará dinero. Y es tacaño con lo que gana. Recibió mil dólares el mes pasado, mil malditos dólares, ¿y qué recibí de eso? Unos cuantos vestidos y un abrigo. Un abrigo barato de pieles, no uno bueno.

—¿Los mil dólares fueron un arreglo por su acci­dente?

—Seguro, pero pudo haber conseguido más, mucho más. No tiene redaños y no quiso acudir a la Corte. Es Wilbur "Sin Redaños" Schwarz.

Bebió el contenido de su vaso y se inclinó hacia ade­lante para poner el vaso en una mesita de café que ya estaba abarrotada. Al hacerlo, su bata se abrió; tenía razón al pensar que no llevaba nada debajo de ella. A menos que fueran las pantaletas; no pude ver hasta allí.

Se irguió y me miró fijamente.

—No me juzgue mal, Ed. Amo a mi esposo. Es bueno conmigo y me compra licor y algunas veces hasta bebe conmigo. Amo a Wilbur. Pero me gustan mucho más otros hombres. Especialmente Julius, el hermanito de Wilbur. Y usted. Usted podía gustarme, Ed —palmeó el sofá, a su lado—. Venga y siéntese junto a mí.

—Creo que será mejor que no lo haga, señora Schwarz. Su esposo puede llegar en cualquier momento.

—Un tipo miedoso. Muy bien, entonces, yo...

Estaba levantándose y probablemente tenía la inten­ción de sentarse en mis piernas. Pero me salvó la cam­pana. No fue la campana, literalmente; un hombre no llama antes de entrar a su casa..., aunque Wilbur Schwarz tendría ese hábito, si su esposa acostumbraba hacer insinuaciones a sus visitas, en la misma sala, frente a la puerta. Pero abrió la puerta, entró y la cerró tras él.

Pensé al principio que el hombre que entró estaba deformado y luego vi la razón de esa deformidad apa­rente. Tenía el brazo y el hombro izquierdo escayolados. Llevaba un saco sobre la escayola. Su brazo derecho estaba metido en la manga, pero el izquierdo no, por razones obvias. El hombro izquierdo del saco se encontraba echado simplemente sobre la escayola. Por eso, a primera vista, parecía que tenía una giba a un lado de la espalda.

Era de altura media, esbelto, parecía tener cerca de cuarenta años; cabellos castaños y una cara saturnina, con piel cetrina. Sus ojos eran claros; se hallaba o parecía encontrarse sobrio completamente. Pudo haber tomado un poco antes de ser enviado en busca de más licor, pero ciertamente, no tanto como su esposa.

Llevaba el licor bajo el brazo, una bolsa de papel que, obviamente, contenía botellas y eso le dejaba libre la mano izquierda para hacer girar la perilla de la puerta.

—Wilbur, éste es Ed —dijo la señora Schwarz.

Me levanté, por supuesto y como la presentación que hizo fue vaga, la terminé, proporcionándole mi ape­llido y el nombre de la compañía para la cual dije ante­riormente que trabajaba.

No.pareció ni feliz ni disgustado de encontrarme allí, pero movió la cabeza amablemente y luego miró a su es­posa, que se hallaba detrás de mí.

—Toma este paquete, ¿quieres, mi vida? Y... ¿desea tomar un highball, señor Hunter?

Le contesté que creía que uno me serviría de mucho. Solamente había tomado un sorbo simbólico de la gi­nebra que me ofreció la mujer.

Ella avanzó hacia él y tomó el paquete.

—Y escucha, querida —dijo Schwarz—. Prepara tres bebidas para nosotros. Pero hazme un favor, ¿quieres? Cierra la puerta de la cocina y no traigas nuestros vasos hasta que te llame. Queremos hablar en privado. ¿Está bien?

No respondió que estaba bien, pero tampoco dis­cutió. Llevó el paquete a la cocina.

Schwarz retrocedió un paso hacia la puerta de la calle y me hizo señas para que me acercara y luego puso un dedo extendido verticalmente sobre sus labios. Me asombré, pero fui hacia él. Podíamos oír los ruidos que hacía la mujer, al moverse en la cocina. Habló en voz baja:

—No sé de qué quiere hablarme..., pero hay una cuestión que puede surgir y quiero explicarla en pri­vado. Quiero decir, sin que lo oiga mi esposa. Después que la haya explicado, podremos hablar normalmente y si ella nos oye, no importará.

Bajé mi voz al nivel de la suya; ninguna de nuestras voces seria comprensible para la mujer, aunque apoyara el oído en la puerta.

—¿Puedo tratar de adivinar? Usted le dijo que reci­bió una indemnización de mil dólares por su accidente. Eso parece bastante poco. ¿Fue más?

—Sí, fueron cinco mil. Pero si se lo hubiera dicho, habría querido un mink, un convertible y Dios sabe cuántas cosas más. Pensé que la mayor parte del dinero debía quedar guardado en el banco, para el futuro o para alguna emergencia. Somos solventes, no estamos en deu­das ni nada, pero no tenemos una reserva de dinero y...

—Comprendo, señor Schwarz. Yo habría hecho lo mismo.

"Si, Dios no lo permita", añadí para mí, "estuviera casado con una mujer como Margie Schwarz".

Sonrió.

—He tenido que pasar por un infierno, por haber recibido tan poco, pero cuatro mil dólares valen la pena. Y están seguros. Vamos a ver. ¿Hay algo más que quiera preguntar respecto a la indemnización, mientras estamos hablando en voz baja?

¿Llegó a un acuerdo fuera de la Corte?

—Sí, con la compañía que tenía asegurado al auto­movilista. Podría haber recibido mucho más, si hubiera hecho una demanda, pero eso habría sido un azar y usted sabe cómo pueden prolongarse los juicios legales y cuánto pueden costar. ¿Algo más?

—Creo que no... respecto a ese ángulo. Pero es el accidente de lo que quiero hablarle principalmente.

—Muy bien. Podemos hablar abiertamente de cual­quier otra cosa. Venga y siéntese. Nos sentamos y preguntó: —Muy bien, ¿qué quiere saber del accidente?

—Cómo sucedió. La historia completa.

Pareció un poco aturdido.

—Pero debe estar en los archivos de ustedes. Le dije todo lo referente a él a su gerente local. Alrededor de una semana después del accidente y después de que el déficit se descubrió en la oficina.

Moví la cabeza afirmativamente.

—Sí, podía haber leído el informe, pero no lo hice, deliberadamente.

Y le conté la historia de que me habían asignado re­cientemente al caso y que deseaba hablar con todos y formarme mis impresiones de primera mano.

—Pero, ¿qué relación tiene un accidente que sufrí con lo que está investigando? Oh, estoy dispuesto a ha­blar de eso, pero tengo curiosidad respecto a eso.

—Probablemente no hay ninguna —admití—. Pero es una gran coincidencia que su accidente y el del señor Rogers hayan sido tan semejantes y hayan sucedido con tanta proximidad. ¿Cuánto tiempo pasó entre su acci­dente y el de él?

Encogió el único hombre que podía mover.

—Sí, es una coincidencia, pero las coincidencias ocu­rren. El mío fue exactamente dos semanas antes del suyo. El ocho de agosto. Fue también un martes por la noche, cerca de las ocho. Son más coincidencias para usted, pero allí terminan. Espere un momento. Si voy a relatarle todo, tomemos nuestras bebidas. Pensé que cualquier cosa que deseara usted saber nos tomaría un minuto o dos, cuando sugerí que primero terminásemos de hablar.

Fue a la cocina y regresó con dos highballs sobre una bandeja, para poderlos traer con una sola mano. No se molestó en cerrar la puerta (hubiera tenido que hacer un viaje más), pero la señora Schwarz no vino a unirse con nosotros. Se había oído una sentencia o dos en voz baja y probablemente le pidió que permaneciera allí, mientras terminábamos de hablar. Y estaba mostrándose dócil o bien prefirió beber sola y no en nuestra compañía.

Cuando Schwarz tomó asiento nuevamente, esta vez con un vaso en la mano, dijo:

—Está bien, así fue como sucedió: había salido a com­prar licor, a la misma tienda a la que fui ahora, que está a pocas cuadras de aquí y venía de regreso con el paquete.

"Empecé a cruzar Cranfort, que es la calle situada a media cuadra al norte de aquí, por la que pasa la línea de autobuses. No atravesé la calle a media cuadra, como Rogers. Crucé en la esquina, por la zona señalada a los peatones. Miré hacia un lado y otro y no venía ningún vehículo, cuando menos por Cranfort. Un carro se apro­ximaba por la otra calle, Rosemont, pero a demasiada velocidad para que fuera a intentar dar vuelta. Así que lo vi, pero bajé de la banqueta, para cruzar la calle.

"Solamente que sí dio vuelta, exactamente frente a mí y por la velocidad, no solamente fue un viraje abierto, sino que patinó. Recuerdo el chillido de los neumáticos. Traté de retroceder, estaba como a dos metros de la acera, pero todo sucedió con demasiada rapidez y no logré ha­cerlo. El automóvil no me golpeó de frente, o yo no es­taría ya aquí, pero me rozó, lanzándome hasta la banqueta. Y me desvanecí; desperté en el hospital, horas después.

"Así que solamente sé lo que sucedió después por los policías que persiguieron el carro y lo capturaron. Una patrulla policíaca venía por Cranfort, a una cuadra, aproximadamente y vieron todo. El auto siguió adelante y ellos lo siguieron, al tiempo que llamaban por radio, pidiendo una ambulancia de la policía que fuera a levan­tarme de la esquina de Cranfort y Rosemont. Si se hu­bieran detenido para ver si seguía vivo o había muerto, no me habrían hecho ningún servicio y hubieran perdido el carro. El automovilista quedaría impune. Pero lo alcanzaron unas cuantas cuadras más allá y lo capturaron.

—¿Quién era? —pregunté—. ¿Y qué le sucedió?

—Era vendedor de una tienda de herramientas. Su nombre, si tiene importancia, es Charles Bracken. Y lo que le sucedió, fue que le aplicaron todo el rigor de la ley; aún está en la cárcel y le restan algunos meses allí todavía. Lo acusaron de guiar ebrio, estaba muy borra­cho. Y de conducir descuidadamente, abandonando la escena de un accidente en que hubo daños personales. Y tenía una condena anterior por guiar ebrio, aunque en esa ocasión no causó ningún accidente.

"No sé hasta qué cantidad llegaron las multas que le aplicaron, pero las sentencias sumaron más de seis meses. No estuve en la Corte, así que no lo sé exacta­mente.

—¿No tuvo que declarar contra él?

—Oh, no. Se declaró culpable de todos los cargos. ¿Qué otra cosa podía hacer, si dos policías vieron lo que sucedió? Lo tenían tan frío, que sentí lástima por él... casi la sentí.

—¿Fueron graves sus heridas?

—Absolutamente, excepto las del brazo y del hombro. Allí fue donde sufrí raspones y contusiones, pero nada serio. Y aunque debo haberme golpeado la cabeza lo bastante fuerte para quedar inconsciente, al caer de es­paldas sobre la acera, no sufría ninguna conmoción grave.

—Pero, ¿no es demasiado tiempo dos meses, para traer la escayola?

—Lo es, pero las fracturas fueron bastante serias. Fueron varios huesos del brazo y dos del codo. Pero ahora ya están bien, prácticamente; me quitarán la escayola algún día de la semana próxima, gracias a Dios. Tendré el brazo un poco anquilosado por algún tiempo, pero me aseguraron que no será una situación permanente. ¿Quiere tomar otra bebida, señor Hunter?

Bajé la mirada y vi que mi vaso se encontraba vacío. Pero me levanté y dije:

—No, gracias, señor Schwarz. Y gracias por hablar conmigo. Será mejor que me ponga en camino.

Si la señora Schwarz me oyó despedirme y salir, no dio señales de haberlo hecho y me alegré.

Tomé un autobús hacia el centro de Freeland y me pregunté si habría algo más que pudiera o debiera hacer mientras me encontraba allí y decidí en sentido nega­tivo. Podía verificar la versión del accidente que me relató Schwarz, hablando con la policía, pero no tenía objeto. Koslovky ya debía haberlo hecho y la historia de Schwarz debía ser verídica. Y si lo era, tenía razón; no había relación posible, más allá de las coincidencias, entre su accidente y el de Rogers.

Así que tomé el autobús de regreso a Chicago. Para cuando llegué a la casa de la señora Brady eran más de las seis y subí a nuestra habitación. Tío Am se encontraba allí. Le pregunté si lo había hecho esperar.

—No, llegué hace pocos minutos. ¿Dónde has estado, si es algo que me interese?

—Trabajando. Fui a Freeland.

—Siéntate y háblame de eso, Ed. ¿A quién viste?

Tomé la copia al carbón de mi informe, la que leyó Starlock y envió a Koslovsky y se la di.

—El informe de anoche —expliqué—. Léelo primero, para que estés en antecedentes.

Lo leyó.

—Es un avance magnífico, Ed, para la primera noche. ¿Qué me dices ahora de Freeland? ¿O prefieres hablar mientras cenamos? ¿Tienes hambre?

—Creo que tengo ham... ¡Dios mío, estoy famélico! Olvidé comer. Fui directamente a ver a Starlock cuando cerré la oficina, después me llevó a Freeland y he estado trabajando desde entonces.

Sonrió.

—Muy bien, vamos a comer algunos filetes.

Fuimos a comer algunos filetes. Pero inicié mi relato mientras caminábamos hacia el restaurante, hablé mientras esperábamos el servicio, logré hablar mientras comíamos y terminé mientras tomábamos el café.

Tío Am movió la cabeza lentamente.

—Muchacho, la situación parece mala y mientras más buscas, empeora. Desde el punto de vista de lo que tratas de hacer, quiero decir.

—¿Qué trato de hacer?

—De encontrar una salida para Jason Rogers. En bien de Wanda. ¿Estás enamorado de ella?

―Me gusta mucho —admití—. Yo no diría que estoy enamorado de ella. Sí, estoy tratando de hallar la verdad, pero acepto que me sentiré más feliz, si resulta ser algo bueno para su padre.

—Sí, pero ese Koslovsky parece un muchacho brillante. Todo lo que dijo tiene sentido y él cree que Rogers fue culpable. Y esa parte referente a que el cómplice de Jason se llevó el botín y a que la muerte de Rogers fue suici­dio... Diablos, eso tiene casi demasiado sentido.

—Vamos a dejarlo reposar —sugerí—. Hablemos de otra cosa. ¿Cómo va tu caso?

—Muy bien. Tengo un día más. Creo que trabajaré mañana y terminaré con él.

—Mañana será domingo.

—Sí, por eso. El tipo no trabajará y podré seguirlo durante todo el día. No lo he seguido mucho todavía. No tendré que empezar hasta medio día y luego me pegaré a él hasta que se retire y eso deberá ser suficiente. Tomaré algún otro día libre la semana próxima, para resarcirme.

—Pero, ¿corno sabes que podrás encontrarlo después del medio día?

—Hablé con su casera y me explicó sus costumbres. Duerme hasta tarde los domingos, nunca sale del lugar hasta alrededor de la una. Si yo estoy afuera al medio día, esperándolo, tendré la seguridad de qué no habrá salido. Bueno, ¿te gustaría ir a ver una película?

—Está bien —contesté—. Pero, ¿no vas a ver a León Cavallo esta noche?

—Seguro, pero es un club nocturno; no tengo que llegar antes de las once. El lugar se abre a las nueve, pero no es probable que Cavallo llegue a hacerlo. Si vamos antes a ver una película, mataremos el tiempo. ¿Te gustaría ir conmigo? Quiero decir, al club. Ya dijiste que iríamos al cine.

—Me gustaría —respondí—. Pero, ¿sería apropiado... con Blackie como portero? Tú sabes que no somos amigos exactamente. Creo que le agradaría poderme rechazar como persona non grata, si no es que hacerme algo peor.

—Déjame encargarme de eso.

Así que dije que estaba bien.

—Pero, ¿qué me dices de alguna forma de diversión más intelectual que una película? Hemos visto varias re­cientemente. Tú viste una antenoche..., cuando seguiste en forma tan maravillosa a Wanda y ella te llevó a una sala cinematográfica... y por el sendero del jardín, des­pués de salir de allí.

Suspiró.

—Muy bien, muchacho. ¿Qué haremos?

—Vayamos a jugar a los bolos. No lo hemos hecho des­de hace más de un mes.

Fuimos a jugar a los bolos. Jugamos más o menos igual. Tío Am tiene un buen gancho y hace más "chuzas" que yo, pero es alocado para derribar los palos separados que no caen la primera vez y yo tengo más seguridad para hacerlo, así que conseguí más puntos extras. Juga­mos por cien dólares cada juego, para sumarlos a la ano­tación acumulativa del gin rummy, pero después de cua­tro juegos no habíamos llegado a ninguna parte, pues ganarnos dos cada uno.

Tío Am miró su reloj.

—Muchacho, no estoy cansado, pero mi brazo sí. Y son más de las diez. Vamos al Ganso Gris. Y si llegamos antes de León, qué diablos. Podernos beber una copa mientras esperamos.

Tomamos un taxi. Tío Am dijo al chofer que nos dejara en la calle Clark, pasando Burnham. El Ganso Gris se encuentra en esa esquina, pero la entrada es por Burnham, así que pensé que entraríamos por la parte pos­terior, para evitar a Blackie.

Pero me equivoqué. Después que tío Am pagó al chofer y de que el taxi se alejó, me dijo:

—Ed, esto es lo que haremos. Déjame dar vuelta a la esquina unos pasos adelante de ti, seis o siete. Lo su­ficiente solamente para que no parezca que llegamos juntos, ¿comprendes? Yo iré adelante y tú me seguirás.

No entendí qué diablos tendría en la mente... me pareció una locura. Pero ya estaba en camino, dando vuelta a la esquina. Lo seguí, diez pasos más atrás, aproximadamente.

Blackie se hallaba frente a la puerta abierta. Tío Am pasó frente a él, saludándolo despreocupadamente y entró. Y yo lo seguí, pensando todavía qué diablos iría a hacer.

Los dificultades empezaron cuando traté de entrar. Blackie abrió la boca al verme, unos pasos antes que llegara hasta él. Cuando llegué y traté de entrar, se paró en medio de la puerta y puso una de sus manazas en mi pecho.

—¿Adonde diablos crees que vas?

Era una pregunta retórica, aunque él no intentó que lo fuera, porque no habría sabido qué era una pregunta retórica. Sabía endiabladamente a dónde iba..., o a dónde intentaba ir.

—Escucha, Blackie —dije—, no puedes...

—Ya verás que sí puedo. Me contrataron para no permitir la entrada a los indeseables. Ésas son las órde­nes del patrón. A menos que quieras terminar embarrado en la calle, será mejor que...

Pero no llegó a decir más. Yo había estado mirando a tío Am, que estaba detrás de él. Tío Am llegó hasta el principio de una escalera que subía hacia el interior y hasta las puertas interiores, que se encontraban cerradas. Se detuvo allí para encender un cigarrillo o cuando menos lo puso en sus labios y tenía un cerillo en su mano. Se volvió y miró hacia nosotros. Retrocedió los dos pasos que lo pusieron detrás de Blackie y lanzó el golpe. Fue un golpe de conejo perfecto, en el centro exacto de la nuca de Blackie.

Y Blackie cayó hacia adelante, sobre mí y estuve a punto de caer, con sólo recibir su peso. Pero tío Am se adelantó a ayudarme.

—Ponlo al otro lado de la entrada. Bájalo suave­mente.

 

 

CAPÍTULO DIEZ

 

Lo bajamos suavemente, poniéndolo de espalda contra la pared y lo dejamos allí.

—¿Por qué diablos te arriesgaste a eso? —pregunté—. Maldita sea, si conoces a Cavallo, pudimos entrar por la parte posterior, o podrías haberlo llamado para que sa­liera a recibirnos, o algo así.

—Muchacho, lo merecía. Te golpeó en el callejón, ¿no?

No tuve tiempo de contestarle, pues habíamos pasado de las puertas interiores y estábamos dentro del club y nos detuvimos para mirar en torno nuestro. Al principio no vi a Wanda. Era un gran salón. Había cincuenta o se­senta mesas, desde las pequeñas, para dos personas, en adelante. En ese momento sólo se hallaban allí sesenta o setenta clientes, pero era temprano, demasiado temprano, para el público del teatro que gravita hacia los clubes noc­turnos después que termina la función.

Se veía un estrado para la orquesta, con una pista de baile enfrente. No era una gran pista de baile, pero tampoco era una del tamaño de una estampilla postal. La orquesta no se encontraba allí; en ese momento debían estar descansando en algún lugar. Quiero decir, los meta­les y las maderas se encontraban allí; el piano, los atriles y el bajo son muebles que estarían en el estrado, aunque la orquesta no hubiera llegado. Además de esos instru­mentos, se veían una trompeta, un saxofón, un trombón y un clarinete, frente a las dos sillas de los dos hombres que tocaban las maderas. Una orquesta de siete instrumentos, lo adecuado para un salón de esas dimensiones.

Después, cuando mis ojos viajaron más allá del es­trado de la orquesta, vi a Wanda. Estaba sentada en el rincón más lejano, donde había una mesita en la que po­día poner su cajoncito de cigarrillos, cuando no estuviese circulando con él. Vestía un bonito traje de satín negro, abreviado, pero no exageradamente. Llevaba desnudas las piernas, pero el escote del cuello era más modesto que el de la mayoría de los vestidos de noche. No estaba mi­rando en nuestra dirección y no nos vio.

—¡Am! ¡Am Hunter! —gritó una voz estruendosa desde el otro lado del salón.

Me volví en esa dirección y vi un hombre que agitaba la mano hacia nosotros, o hacia tío Am, desde una mesa en que se hallaba sentado, solo. O al principio creí que se encontraba sentado; no era así. Ya había bajado de su silla y dio vuelta a la mesa, para venir a nuestro en­cuentro y observé que era un enano de poco menos de un metro y cuarto. Estrechó cordialmente la mano de tío Am y fue entonces cuando nos presentó, Por supuesto, era León Cavallo.

—No se queden aquí, maldita sea. Vengan a mi mesa.

Ya iba en camino hacia ella. Nos sentamos. Noté que tuvo que subir a su silla dando un saltito; como todos los enanos, tenía un torso largo, relativamente, pero sus pier­nas eran muy cortas. Sus hombros eran amplios; sentado, no lo hubiera tomado por un hombre grande, pero se pen­saría que tenía una estatura común y era bastante re­choncho.

—Bueno... miró en torno suyo, buscando al mesero más próximo, para llamarlo.

—Espera —le dijo tío Am—. Las bebidas pueden espe­rar un minuto, pero antes quiero decirte algo rápidamente, Tu portero entrará en cualquier momento, viendo rojo. Tuvimos una pequeña dificultad con él.

—¿Blackie? ¿Qué diablos te hizo, Am?

—No lo hizo. Yo sí. Pero trató de evitar que entrara Ed. Es cuestión de una pequeña rencilla personal que tiene con... oh, oh, aquí viene.

Blackie había entrado y estaba buscándonos. Mirando rojo, como dijo tío Am. Parecía tan furioso y malévolo como era grande y fuerte.

—¡Blackie! —vociferó Cavallo.

Blackie miró hacia nosotros y pareció asombrado al vernos con su patrón. Pero avanzó y trató de dar su versión de los hechos.

—Estos tipos, señor Cavallo. Uno de ellos me golpeó por detrás.

—Mientras estabas tratando de impedir que entrara el otro. ¿Por qué lo hiciste, Blackie?

La voz del enano había bajado de tono, pero era fría, amenazante.

—Usted me dijo... —Ahora Blackie estaba a la de­fensiva— que usara mi propio juicio para...

—Te dije que no dejaras entrar a los borrachos y a los vagos. ¿Cuál de esas dos cosas es Ed, de acuerdo con tu juicio? ¿Alguna vez te dije que evitaras que entraran personas que no te agradaran personalmente?

—No, señor Cavallo, pero...

No supo cómo continuar.

Cavallo bajó de su silla y caminó hacia Blackie, dando vuelta en torno a la mesa. Se detuvo con los brazos en jarras, con la mirada levantada hacia Blackie. La parte superior de su cabeza no llegaba más arriba de la he­billa del cinturón de Blackie. Pero el grandulón retro­cedió. Parecía como si quisiera darse vuelta y volver a su puesto, pero no se atrevió a hacerlo, antes que Cavallo terminara con él.

—Estúpido —dijo Cavallo—. Estos hombres son amigos míos. No nada más clientes, sino amigos. En cualquiera ocasión que vengan, extiéndeles una alfombra roja. Si no tienes una, ve a conseguirla. ¿Entiendes?

—Muy bien, señor Cavallo.

Trató de darse vuelta.

—Un momento, no he terminado. No estoy hablando nada más de cuando vengan al club. Estoy hablando de lo que pueda suceder en cualquier parte y en cualquier momento, a estos caballeros. Y no estoy amenazándote con despedirte, si les sucede algo. Estoy diciéndote que te su­cederá algo peor de lo que les pueda pasar a ellos. Mucho peor. Ahora, lárgate a tu puesto.

Regresó y subió nuevamente a su silla de un salto. Tío Am sonrió.

—Muy bien, León y gracias. Ahora, estamos listos para ese trago.

Cavallo chasqueó los dedos y un mesero apareció in­mediatamente para tomar las órdenes. Cavallo comentó:

—Ese Blackie es un pedazo muy grande de músculos para ponerlo fuera de combate, Am, aunque sea por detrás. ¿Corriste el peligro o le pegaste con una cachi­porra?

Tío Am sonrió.

—No le pegué con una cachiporra, pero... —metió su mano derecha al bolsillo del abrigo y la volvió a sacar, cerrada en un puño. Después la volvió con las uñas hacia arriba y la abrió. En su palma estaba un rollo de medios dólares—. Calculé que el peso extra lo haría. El viejo truco del circo, ¿recuerdas? Cuando había una bronca, si había tiempo, tratábamos de ponernos un rollo de mo­nedas en cada mano, antes de meternos a la gresca. No son tan peligrosas como una cachiporra o una manilla de cobre, pero pueden convertir un golpe ordinario en uno soberbio.

Cavallo rió.

—Lo recuerdo. Am, ¿sigues siendo detective privado?

—Sí, pero no con la otra agencia. Ed y yo somos socios, tenemos nuestra oficina propia. Nuestro número está en el directorio telefónico, Hunter y Hunter, por si alguna vez quieres comunicarte con nosotros. Y eso nos recuerda que, en parte, estamos aquí por razones de negocios. Quiero hacerte un par de preguntas.

—Dispara, Am.

El mesero llegó con las bebidas y tío Am esperó hasta que se retiró. Después continuó:

—La pregunta principal es, ¿qué sabes de Blackie? Apareció en un caso en que estamos trabajando. No estoy seguro de que esté involucrado en él y no sé en que forma pueda estarlo, en caso afirmativo, pero quiero saber cualquier cosa que puedas decirnos.

—No es mucho. Creo que no nació en Chicago, pero ha vivido aquí mucho tiempo. Era un hampón insignifi­cante y hacía trabajos de músculo. Yo mismo lo usé una o dos veces… en los días en que utilizábamos músculos; ahora tenemos métodos mejores. Sé que ha caído algunas veces, pero imagino que ya habrán buscado en sus ante­cedentes policíacos.

Tío Am movió la cabeza afirmativamente.

—Bueno, pues no lo había visto hacía aproximada­mente dos años, hasta hace un año... vamos a ver, diez meses, cuando vino a visitarme. Dijo que necesitaba tra­bajo, de cualquier clase. De preferencia, uno que fuera honrado; habla decidido andar derecho, si podía. Dijo que hasta aceptaría trabajar en la cocina, si se lo ofrecía.

"Le contesté que tenía algo un poco mejor que eso. El puesto de portero se hallaba vacante; le di la oportu­nidad. Y maldita sea, Am, lo ha hecho bien. Puede con­fiarse en él. No creas que ha faltado una sola noche. Y se mantiene sobrio, cuando menos en el trabajo y no creo que nunca haya sido un borracho. Nunca se ha metido en dificultades ni las ha buscado, hasta esta noche. Les agrada a muchos clientes y me hablan de él.

Extendió las manos.

—Eso es todo, Am y Ed. Es todo lo que puedo decirles de él. Pero conozco a algunas personas a quienes puedo hacerles unas pocas preguntas y, si descubro algo más, los llamaré por teléfono y se los diré. Hunter y Hunter.

—Exactamente —dijo tío Am.

—Sólo que también quiero que sea en sentido con­trario, Am —Cavallo sacó una tarjeta de un bolsillo y un lápiz de otro. Garrapateó algo en la tarjeta y la entregó a tío Am—. Ése es mi número telefónico, que no está en el directorio. Si descubres que está mezclado en algo malo, en un asesinato o en el tráfico de drogas o algo así, me llamarás y me lo harás saber. ¿Está bien?

—Muy bien —aceptó tío Am—. Es un trato y bastante justo. Ésa fue la pregunta número uno. Ahora, la se­gunda es: ¿qué sabes de tu nueva cigarrera, Wanda Rogers?

—¿Uh? —Cavallo pareció sorprendido—. Casi nada... es su primera noche en el club. Oh, espera un momento. Ya veo; estás relacionándola con Blackie. Sí, Blackie la trajo el sábado pasado por la noche, cuando llegó a tra­bajar. Hablé con ella y la contraté.

"Dijo que tenía otro empleo, creo que en una ofi­cina y que tenía que dar aviso con una semana de antici­pación, pero que aceptaría el puesto, si seguía vacante ese tiempo. Estaba bien; la muchacha que tenía trabajando entonces me había dado aviso con la misma anticipación, de que había decidido marcharse a Nueva York... así que la contraté.

—¿No sabías o no sabes quién es?

—¿Qué quieres decir, Am? Me dio el nombre de Wanda Rogers. ¿Es alguna otra persona?

—Nop. Es Wanda Rogers. Pero, ¿no la relacionas con el asunto de Freeland? ¿Con Jason Rogers, el tipo acusado de malversar los fondos de allí?

—Diablos, no. Leí algo respecto al caso, pero, ¿qué es ella? ¿Su hija?

―Sí.

—Bueno, si leí su nombre, lo olvidé. Y Rogers es un apellido bastante común. No, nunca la relacioné con eso. No es que me hubiera importado. Ella no está acusada de nada, ¿verdad? Y si lo está, ¿qué me importa? Es la ciga­rrera de mejor aspecto que he tenido desde que abrí. Podía ser la hija de Jack el Destripador y no me importaría..., mientras no siguiera los pasos de su padre.

—Pero no fue mencionado por ella o por Blackie. ¿Cómo fue que la trajo?

—No lo sé. Lo hizo, simplemente. La trajo cuando vino a trabajar. Yo había llegado temprano, así que ya estaba aquí. La presentó y me dijo que había oído que el puesto de cigarrera quedaría vacante y que a ella le gustaría solicitarlo. Imaginé que él la conocía y... bueno, eso fue todo lo que pensé. Esa muchacha es de clase, puede verse. No pensé que estuviera acostándose con alguien como Blackie. Imaginé simplemente que él la conocía y quería hacerle un favor.

—¿No pensó que parecía ser demasiado distinguida, es decir, tener demasiada clase para ese trabajo? —pre­gunté.

Cavallo se volvió a mirarme.

—Bueno... sí, Ed. En cierto modo. Hasta el grado de prevenirla contra algunas cosas. Le dije que éste era un lugar limpio y que no tendría ninguna dificultad; pero que los hombres siempre serán hombres, después de unas cuantas copas y que no podría evitar que le palmearan o le pellizcaran el trasero algunas veces. Que cuidaríamos de que no llegara más allá de eso; si alguien se ponía fresco, nosotros se lo quitaríamos. Y que probablemente le harían proposiciones algunas veces..., pero que todo lo que tenía que hacer, era decir que no.

"Sí, le dije eso. Contestó que no era una pudibunda y que si no sucedía nada peor que eso, podría cuidarse sola. Ed, ¿esa pregunta fue por negocios o personal? Quie­ro decir, ¿la conoces?

—Sí, la conozco.

—Bueno, pues no te preocupes por ella. Tenemos diez meseros de talla regular y un portero musculoso de reserva. No tendrá ninguna dificultad —rió—. Tenemos más difi­cultades con las cigarreras que proceden a la inversa. He tenido que despedir a cuatro o cinco de ellas, por hacer proposiciones, por hacer citas para después de la hora de salida, para revolcarse en la cama, con objeto de aumentar sus ingresos. No es que yo sea tampoco un pudibundo; no me importa cuál sea su moral después de las horas de trabajo, siempre y cuando no hagan sus tratos aquí. Cuido que el Ganso Gris siga siendo respetable; no quiero que corra la voz de que es la antesala de un burdel. Ésa es una de las razones por las cuales uso meseros en lugar de meseras. Con un rebaño de meseras, no puede evitarse que suceda eso. No puede uno cuidarlas a todas y siempre hay alguna de ellas que quiere comerciar con el cuerpo. Especialmente con los clientes de un buen club, como éste... hombres que ellas saben que tienen dinero suficiente para pagar buenos precios.

"Por eso escogí a Wanda, por eso trato de escoger muchachas de clase, siempre que puedo. No, Ed, no tie­nes que preocuparte por tu muchacha, si ella lo es. Estará aquí tan segura como quiera estar. Ahora, será mejor que cambiemos de tema; viene hacia acá.

Me volví para mirar y Wanda estaba a unos cuantos pasos. Temo que lo primero que miré fueron sus piernas, pero valía la pena verlas. No solamente estaban formadas perfectamente, sino que la piel parecía tener la misma textura suave y cremosa que noté en sus hombros y en sus brazos la noche anterior. Quizá eran todavía más cremosas. La falda corta y negra que llevaba hacia un contraste perfecto. Valía la pena más que verlas; eran dignas de observarse. Pero una mirada fue todo lo que pude permitirme, sin apenarla. Tuve que levantar los ojos a su cara, antes que llegara hasta nosotros. Venía son­riendo.

—Ed —saludó—. Am. Señor Cavallo. ¿Cigarrillos, ca­balleros?

Tío Am y yo nos habíamos levantado. Cavallo no, ya fuera porque era el propietario del lugar o porque, siendo enano, estando de pie no quedaría más alto que sentado, no sé por qué.

—Siéntate, Wanda —ordenó—. Hemos estado hablando de ti. Solamente cosas buenas.

Chasqueó los dedos y un mesero se acercó a nos­otros. Wanda titubeó.

—¿Puedo sentarme con los clientes, señor Cavallo? Su maitre d'hotel me dijo...

—Mi maitre d'hotel, Wanda. Mi es la palabra clave. Cuando el patrón te lo pida, puedes hacerlo. Y también tomar una copa. ¿Highball?

El mesero revoloteaba cerca de la mesa y Cavallo le ordenó que trajera bebidas para todos. Detuve la silla de Wanda mientras ella se sentaba entre tío Am y yo y frente a Cavallo, Sacó los tirantes de su caja por encima de su cabeza y la puso en la mesa. Cavallo preguntó:

—¿Va bien el negocio?

—Creo que sí. No he vendido mucho todavía, pero es temprano. Señor Cavallo, debía hacerle algunas pregun­tas más, antes de empezar; ahora puedo hacerlo. Si un hombre toma un paquete de cigarrillos y pone un billete de un dólar sobre mi caja, ¿debo suponer que la dife­rencia es una propina? Sé que comúnmente lo es en un club nocturno, pero...

Cavallo movió la cabeza negativamente.

—Comúnmente lo es, sí. Un dólar es casi el precio del paquete, más la propina. Algunas veces encontrarás un despilfarrador que te dará uno de a cinco por dos pa­quetes y hasta uno de a diez, si está borracho o exhi­biéndose con las personas que lo acompañan. Pero siempre debes ofrecer el cambio. Nueve veces de cada diez, recha­zarán el cambio de un billete de a dólar, pero eso les da la satisfacción de sentir que está dando una propina, de sentirse generoso y un gran tipo.

Tío Am sonrió.

—León Cavallo, doctor en sicología. Escuche y apren­da, Wanda.

—¿Crees que la sicología no cuenta en la administra­ción de un club nocturno... o en cualquiera de sus acti­vidades? Diablos, Am, cuenta tanto como en un circo..., sólo que allí conocíamos tan bien la sicología de los ton­tos, que no teníamos que pensar mucho en eso.

"Pero déjame terminar, Wanda, si das las gracias simplemente y te retiras sin ofrecer el cambio, no te harán volver una vez de cada cien... y de cualquier modo, ese centésimo cliente no será un tipo deseable. Pero los otros noventa y nueve, los que te permitirían de cualquier modo conservar el cambio, pensarán que se les cobra un dólar por los cigarrillos y se sentirán engañados, además de habérseles negado la satisfacción de hacer un gesto generoso.

—Gracias, señor Cavallo. Veo que tiene.razón.

Llegaron nuestras bebidas.

—A tu salud, Wanda —brindó Cavallo. Y después de que tomamos un sorbo, preguntó—: ¿Y cómo van las otras cosas? ¿Alguna proposición? Ed estaba preocupado. ¿Y no te han palmeado todavía el trasero?

—Ninguna proposición. Y tampoco me han dado nin­guna palmada..., pero la noche es joven.

Cavallo sonrió.

—Si te levantas un momento, estoy seguro de que Ed Hunter efectuará con gusto tu iniciación.

Rió.

—Gracias por avisarme. Cuando me levante, tendré cuidado de hacerlo por el otro lado de mi silla.

La orquesta había regresado; estaban empezando a tocar "Polvo de Estrellas" y lo hacían bien. No en forma extraordinaria, pero bien, tanto como podía esperarse que lo hicieran en cualquier club nocturno, excepto en los de mejor categoría, como Chez Paree.

Y hablamos un poco, con la conversación dividiéndose en diálogos; Cavallo y tío Am hablando de circos y ferias y Wanda y yo de música y de compositores. Tenía otras cosas de las que deseaba hablarle, pero no allí ni en ese momento.

Después terminó su bebida y se excusó. La miré ale­jarse y sus piernas me parecieron tan bonitas por detrás, como desde adelante.

Escuché la música por un tiempo, sin poner mucha atención a la conversación, hasta que comprendí que Cavallo me había hecho una pregunta.

—¿Te gusta, Ed?

—¿Qué cosa?

—La orquesta.

—Bastante —contesté—. Es suave. Está tan lejos de Stan Kenton como de Lawrence Welk, justo en medio, Lo cual no es crítica; es lo que necesita para un lugar como éste.

Cavallo movió la cabeza afirmativamente.

—El muchacho sabe de música, Am. Tiene razón.

—Seguro que sabe de música —ratificó tío Am—. Toca el trombón. Quizá tu orquesta lo dejaría tocar un nú­mero con ellos.

—Maldita sea, tío —dije—. No digas eso. Sabes que soy aficionado, no profesional. No soy bastante bueno para...

Pero Cavallo ya había chasqueado los dedos y un mesero se acercó. Ordenó al mesero que dijera a Jack que viniera a nuestra mesa tan pronto como terminaran el número que estaban tocando. El mesero fue hasta el estrado de la orquesta. Ya estaba comprometido y decidí no discutir. Podría quedar bien, siempre y cuando me dejaran permanecer en el fondo y no tocar solos o exhibirme. Y siempre qué escogieran un número que supiera, lo cual harían, por supuesto. Así que seguiría adelante con el juego, qué diablos, ahora que tío Am me había comprometido. Pero le daría una reprimenda, tan pronto como estuviéramos solos.

El Jack que vino a nuestra mesa un minuto después, era el pianista, un joven alto y rubio. Ya había adivinado que lo era, pues noté que marcaba a los otros el ritmo que seguían y que seguían sus indicaciones. Cavallo me presentó e hizo la pregunta.

—Seguro —contestó Jack—. Willie permanecerá des­cansando un número con mucho gusto.

—¿Está seguro que no le molestará prestar su trom­bón?

—Diablos no. Lo ha hecho otras veces, con frecuencia. Con frecuencia nos visita alguien que quiere tocar un poco. ¿Qué quiere soplar?

—Casi cualquier cosa común. Déjeme avisarle; me enredaron para hacerlo y no soy profesional. Pero no echaré a perder el número, si me dejan permanecer en el fondo y tocar mi parte; no me haga tocar solos.

—Muy bien. ¿Quiere que toquemos "Dinah"? Es un número tan común como cualquier otro y no lo hemos tocado todavía.

—"Dinah" está bien —contesté. Tenía un disco de "Dinah" y la tocaba con frecuencia—. Vamos, acabemos de una vez.

Nos encaminamos hacia la plataforma de la banda, pero a la mitad del camino, pensé en algo repentinamente, tomé el brazo de Jack y lo hice detenerse.

—Escuche, ¿no saben por casualidad Vestí la Giubba, el "Ríe Payaso, Ríe" de Pagliacci?

Sonrió.

—Seguro, es la favorita del patrón. La pide algunas veces. Hasta hemos hecho un arreglo.

—Si quieren, dígales a los muchachos que olviden el arreglo y que me dejen tocar la melodía en solo.

—Seguro, es fácil.

Y un minuto después, estaba aplicando los labios a un trombón y tocando suavemente una nota o dos, para entonarme, mientras Jack daba indicaciones a los mucha­chos. No estaba preocupado por desentonar; conocía la melodía perfectamente. Hasta sabía la letra del aria, no la original, en italiano, sino la traducción al inglés, que fue popular por un tiempo. Lo único que me preocupaba, era saber si mi embocadura estaba bien para obtener un buen tono, un tono fuerte. Como acostumbraba tocar en la casa de huéspedes, siempre lo hacía lo más suavemente posible.

Entonces, Jack regresó al piano y estuvimos listos. Yo había tomado la silla que desocupó el trombonista, cuando me prestó su instrumento, pero Jack me hizo una seña para que me levantase y me adelantara y lo hice. Después inició la introducción y los otros instrumentos intervinieron suavemente y cuando llegamos al punto en que empieza el aria, comencé a tocar.

Y supe desde el principio que lo estaba haciendo bien. Quizá al tocar tanto pianissimo, fortalecí mi embocadura, en lugar de debilitarla. De cualquier modo, el tono fue bueno, redondo y armonioso, como el de Tommy Dorsey cuando se encontraba en su apogeo.

Vi que la gente, parte de ella, no todos, dejaban de hablar y se volvían para ver y escuchar. Vi a Wanda, in­móvil, parada en medio del salón, mirándome.

No me di crédito, excepto por tocar bien y simple­mente y por obtener un buen tono. Leoncavallo, el au­téntico Leoncavallo, la escribió y es una de las más be­llas y mordaces de todas las arias.

Cuando terminamos, hubo aplausos. No una gran ovación, pero sí unas pocas más palmas de las que obte­nían los números de costumbre de la orquesta. No hubo una ovación, excepto de una parte. Leoncavallo se había levantado a aplaudir y se veía de un metro ochenta y tres, porque estaba parado sobre la silla. Y ahuecó las manos en torno a su boca y vociferó:

—¡Encore! ¡Tócala otra vez!

Miré a Jack y estaba sonriendo; movió la cabeza afir­mativamente y dijo:

—Órdenes del patrón. Vamos.

Y empezamos nuevamente la introducción. No toqué mejor la segunda vez, pero tampoco toqué peor.

Pero después de eso, escapé. Jack quería que siguiera actuando. Dijo que podía tocar un tiempo entre todos o seguir llevando los solos. Pero contesté que iba a retirarme ahora que me había lucido y le di las gracias por haberme acompañado tan bien.

Cuando regresé a nuestra mesa, Cavallo me miró fu­riosamente.

—Hijo de perra. Tu tío te dijo que fui payaso y te aprovechaste de mí. Nada más por beber champaña gra­tuitamente..., que ya viene.

—No, León —corrigió tío Am—. Le dije solamente que te conocí en el circo, no lo que hacías allí. Pero me preguntó si León Cavallo era tu nombre verdadero y le dije la verdad. Así que tenía una base para adivinar.

—Y Vestí la Giubba es la mejor aria de Leoncavallo, así que deduje que le gustaría.

Cavallo movió la cabeza afirmativamente.

—Fui payaso durante siete años, Ed. Parte del tiempo con una troupe de enanos..., con frecuencia tienen un payaso enano entre ellos. Y parte del tiempo, hice un acto separado.

Llegó una botella gigante de champaña. Poco des­pués, Wanda vino a nuestra mesa.

—Fue maravilloso, Ed. Tocas bien realmente.

Sonreí y le dije que solamente tuve suerte y Cavallo la hizo sentarse con nosotros el tiempo suficiente para tomar una copa de "burbujas".

Pero rechazó el ofrecimiento de Cavallo de una se­gunda copa.

—No, gracias. Será mejor que vuelva a mi trabajo. Pero, señor Cavallo ¿puedo hablar antes en privado con Ed por un minuto? Podemos hacerlo en ese rincón en que está mi mesita.

—Seguro. No aliento las visitas de los clientes a ese lugar, pero Ed no es un cliente. O..., tengo una oficina privada. Si prefieren usarla...

Pero ella rechazó el ofrecimiento, dándole las gracias y nos excusamos. Ella avanzó, serpenteando entre las mesas y yo la seguí unos pasos más atrás, pues el es­pectáculo era mejor desde esa distancia. Una vez fue lla­mada a una mesa y esperé, mientras ella se detenía a hacer una venta.

En el rincón, puso su caja sobre la mesita y se volvió hacia mí.

—Ed, sé que tenemos una cita para mañana por la tarde, pero estoy demasiado curiosa respecto a algo, para esperar tanto tiempo. Y no quería hacer la pregunta delante del señor Cavallo. ¿Qué sucedió con Blackie? Lo vi entrar y..., bueno, vi lo que sucedió, pero no pude oír nada, por supuesto.

—Todo está bien —dije—. Pero me tomaría un tiempo contarte toda la historia y..., tengo una idea mejor. Hay algunas otras cosas que te quiero decir y sin esperar hasta mañana. Estuve en Freeland esta tarde y..., bueno, ¿crees que estarás demasiado cansada cuando salgas de trabajar, para que hablemos media hora entonces?

—N-no, creo que no. ¿Pero a dónde podremos ir a esa hora? Todo estará cerrado.

—Podemos hablar en uno de nuestros cuartos; eso sería lo mejor. Pero no en el mío, pues está junto al de Blackie. El también llegará a casa y no quiero que oiga tu voz en mi habitación. No creo que ahora busque nin­guna dificultad, pero..., tenemos que considerar tu re­putación.

—¿Vas a quedarte hasta que se cierre el club?

—Lo dudo. Por ninguna otra razón, que la de que, para entonces, estaría borracho, con Cavallo invitándonos champaña.

—Muy bien, daré un golpecito en la puerta de tu cuarto cuando llegue y entonces podremos subir al mío.

Moví la cabeza.

—Otra vez no, por Blackie. Puede llegar a casa al mismo tiempo que tú o aún antes. ¿Por qué no me das la llave de tu cuarto, para poder esperar allí?

—Muy bien, pero mi bolsa está en el vestidor. Te la llevaré dentro de un momento. He estado fuera de circu­lación y será mejor que haga mi ronda una vez, antes de ir por la llave. Y ya que de cualquier modo, hablaremos más tarde, déjame ponerme en movimiento.

Regresé a nuestra mesa. Tío Am estaba allí, solo.

—¿Algo importante? —me preguntó.

—Quería saber lo del episodio con Blackie y no quiso preguntar delante de Cavallo. ¿Dónde está, a propósito?

—Fue a su oficina. Tenía algunos negocios que arreglar. Dijo qué estaría ocupado alrededor de una hora y que esperaba que aguardáramos. Contesté que podríamos decidirnos a hacerlo o no y expresé mis excusas, en caso de que no lo hiciéramos. ¿Cómo te sientes?

—Muy bien —contesté—. No creo que deba quedarme tanto tiempo, pero puedo aguantar una copa más. Quizá podamos pagar una, para variar.

—Nop, oí que León le decía al mesero que no había cuenta. De cualquier modo... —se inclinó, sacó la bo­tella de champaña del cubo de hielo y la levantó para mirarla—, queda bastante de esto para tomar otra copa cada uno y no tiene objeto desperdiciarlo. Para cuando regrese León, habrá perdido el gas.

Sirvió una copa a cada uno y terminó la botella. Mientras bebíamos, le hablé de mi cita con Wanda para después de la hora de cerrar el club y le expliqué que teníamos, o cuando menos yo tenía que esperar, hasta que me trajera la llave.

Levantó un poco las cejas, pero no dijo nada, ex­cepto:

—Entonces vas a tener que matar el tiempo, mucha­cho. ¿Quieres venir conmigo?

—¿A dónde? ¿No volverás a casa de aquí?

 

 

CAPÍTULO ONCE

 

Tío Am sacó el rollo de medios dólares de su bolsillo, lo arrojó al aire, lo recibió en su mano y volvió a guar­darlo.

—Esta cosa es demasiado pesada para traerla en el bolsillo; me hace perder el equilibrio. Y sé dónde hay una máquina desplumadora de cincuenta centavos. Pri­mero, pienso deshacerme de estos medios dólares, o ganar el premio y cambiarlo todo por billetes y luego jugar póquer por un tiempo. O jugar a los dados, si no hay un lugar en una mesa de póquer. A menos que vengas con­migo. En tal caso, podrás luchar con el "bandido de un brazo" y yo podré empezar a jugar inmediatamente.

—¿Dónde es ese lugar?

—El establecimiento de Hank Cheyney. Estuviste una vez allí conmigo, hace alrededor de un año.

—Sí —admití—. Recuerdo que perdiste casi doscientos.

—Gracias por recordármelo. Pero esta noche no per­deré tanto. Es un juego sin crédito y sin cheques. Y todo lo que traigo son treinta dólares, así que no puedo perder mucho.

—¿Treinta, contando los diez que vale ese rollo de monedas o además de él?

—Además. Pero esos diez están destinados a la má­quina desplumadora. Es dinero afortunado..., o lo fue hace un poco tiempo. Para jugarlo al póquer, tendría que cambiarlo por fichas y eso le quitaría la suerte.

Reí y dije que estaba bien, que iría. Lo que me de­cidió, principalmente, fue que era en la dirección general de Convent Place. Bastante cerca de allí, de hecho; podré caminar el resto del trayecto.

Wanda vino unos pocos minutos después. Me alegré de que me diera la llave abiertamente, ya que le había explicado todo a tío Am; si hubiera tratado de dármela sin que él lo viera, le habría parecido como si considerase clandestina nuestra cita. Me las arreglé para gastar un poco de dinero, cambiando dos dólares por dos paquetes de cigarrillos. Ella no quería quedarse con el cambio, pero le aseguré que era de la cuenta de gastos y no de mi bol­sillo. Al retirarse, dijo:

—Tomaré un taxi, Ed y llegaré tan pronto como pueda.

Le contesté que eso sería maravilloso.

Terminamos nuestras copas y salimos. Tío Am tam­bién gastó un par de dólares, dejándolos corno propina para el mesero.

Afuera, Blackie no hizo zalemas al vernos, pero fue correcto y amable. Llamó un taxi, cuando le dijimos que deseábamos uno; abrió la puerta para que subiéramos, la cerró.

—Buenas noches, caballeros —dijo con voz cuidadosa­mente neutral.

El garito de Cheyney es un gran salón situado detrás de una taberna, que es principalmente un frente para la operación. El tabernero hizo una seña a tío Am con la cabeza, lo cual significaba que podía entrar inmediata­mente. Si hay en la cantina algún desconocido, que piense él que es un policía, no hace la señal y en ese caso, uno se detiene ante el mostrador y bebe algo. Después, si el sospechoso continúa allí al terminar su copa, uno puede salir, dar un rodeo y entrar por una puerta que se abre a un callejón; el portero estará allí en ese caso. Pero esa puerta no se usa cuando la ruta de la taberna está libre, para evitar una cantidad notable de tráfico y eso sucede la mayor parte del tiempo.

Así que pasamos a la parte posterior y por supuesto, el portero también conocía a tío Am, igual que el can­tinero. El lugar no se hallaba abarrotado, pero estaban haciendo buen negocio. Había ocho o nueve personas en torno a la mesa de dados y una mesa de veintiuna y dos juegos de póquer. Uno de estos últimos estaba com­pleto, pero en el otro se encontraban solamente cinco hombres, así que tío Am me dio el rollo de medios dólares.

—Diviértete, muchacho —dijo y se encaminó a la mesa de póquer que no estaba completa.

Fui hasta la hilera de cuatro máquinas desplumadoras que se encontraban frente a una pared y escogí la de cin­cuenta centavos; había dos de diez centavos y una de vein­ticinco. Ninguna de ellas estaba en uso. No eran parte importante de la operación; estaban allí para las per­sonas que tenían moneda fraccionaria y querían desha­cerse de ella o que pensaban que podían aumentar su dinero, para hacer una apuesta.

Deshice el rollo de medios dólares y empecé a meter­los a la ranura. Pronto descubrí que la máquina estaba dispuesta generosamente. No quiero decir que se hallaba arreglada para dejarme ganar, pero recuperaba cuatro monedas de cada cinco que metía, lo cual significaba que tenía que jalar cinco veces la maldita palanca, para des­hacerme de una moneda. Tiré de ella alrededor de cin­cuenta veces y había perdido la mitad de mis veinte me­dios dólares y estaba aburriéndome, cuando aparecieron las cuatro barras del premio mayor.

Tomé el botín, más lo que quedaba del dinero ori­ginal, lo llevé al cajero, lo dejé contarlo y darme dinero de papel por todo. Eran exactamente ochenta medios dó­lares y recibí cuarenta dólares.

Tío Am me vio caminar hacia él y dijo a los otros jugadores que jugaran una o dos manos sin él y vino a mi encuentro. Y tuvimos la misma discusión de siempre que me da dinero para apostar y gano. Primero, quería que me quedara con los cuarenta dólares. Después admi­tió que le pertenecían diez de ellos y que los tomaría y yo conservaría los treinta que gané. Y finalmente, arre­glamos todo en la forma en que lo hacemos comúnmente; tomó sus diez, más la mitad de las ganancias y yo con­servé quince.

—Hay otro lugar desocupado en el juego —dijo—. ¿Por qué no juegas por un tiempo? Si inviertes sola­mente tus ganancias, ¿qué tienes que perder?

—Quince dólares —contesté—. No, gracias, tío Am. Creo que me iré. ¿Todavía piensas pasar la tarde de mañana en seguir a ese tipo?

―Sip.

—Entonces, ni siquiera trataré de comunicarme con­tigo. Te veré en la oficina el lunes por la mañana. Hasta luego.

Volví a casa caminando. Podía haber matado el tiem­po en mi cuarto; pasaría cuando menos otra hora y media, antes que llegara Wanda. Pero no parecía tener objeto que dividiera mi espera entre dos lugares. Entré a mi cuarto solamente el tiempo suficiente para dejar mi sombrero y recoger algo para leer y luego subí al de Wanda.

El libro resultó ser bueno y el tiempo pasó rápi­damente. Faltaba hora y media, aproximadamente, para que Wanda regresara a casa, pero no pareció tanto tiem­po. Me levanté cuando entró, por supuesto.

—Hola, Ed —dijo—. Siéntate.

Se quitó el abrigo y lo arrojó a la cama y luego tomó asiento. Me sorprendí al ver que llevaba el vestido de noche, el mismo listado en blanco y rosa que vistió el viernes por la noche, cuando, fuimos a cenar a Ireland. Y estábamos sentados en las mismas posiciones relativas en que estuvimos el jueves por la noche, cuando bajó a mi habitación, pero con una diferencia pequeña; aquella noche, ella me apuntó con una pistola y ahora lo hizo con una sonrisa.

—Estás extrañado por el vestido, Ed. La respuesta es simple. No pensé en preguntar si el club proporcionaba un vestido y algunas cigarreras visten ropa de noche. Así que llevé éste, por si acaso. En lo sucesivo, usaré vestido de calle para ir y venir.

—Cualquier cosa es simple, una vez que está expli­cada. De cualquier modo, estás hermosa con ese vestido... creo que te lo dije el viernes en la noche. ¿Cómo resultó el trabajo?

—Magnífico, Ed. Gané casi tanto dinero esta noche, como en una semana de trabajar con Starlock. Por su­puesto, hoy fue sábado y otras noches no serán tan pro­ductivas. Pero aún así. En dos semanas, tal vez tres, podré empezar a buscar un apartamiento. Ahora que te he oído tocar, estoy anhelando que lo hagamos juntos. Buscaré también un piano. Ahora, explícame lo que su­cedió esta noche en el club con Blackie.

—Déjame hacerte antes una pregunta: ¿Te trajo a casa esta noche o compartió contigo un taxi?

Movió la cabeza.

—No. Encontré que él tiene que trabajar después que salgo. Debe ayudar a poner las sillas sobre las mesas y otras cosas semejantes. Y me alegro de eso. Bueno, ésa fue tu pregunta. Ahora, explícame lo de esta noche.

Le relaté lo que había sucedido, incluyendo lo que dijo Cavallo al despedir a Blackie. Wanda movió la ca­beza lentamente.

—¿No corrieron un peligro grande, Ed?

—No lo pensé yo. Ni siquiera sabía lo que planeaba tío Am. Pero creo que hubiéramos podido con Blackie entre los dos, aun cuando ese golpe en la nuca no lo hubiera puesto fuera de combate. Cuando menos, lo habría hecho trastabillar. Y creo que a tío Am le gusta arriesgarse algunas veces. Es un jugador de nacimiento..., y está demasiado viejo para que trate de reformarlo.

—Tú mismo, no me pareces una persona excesivamen­te cauta, Ed. ¿Dijiste que fuiste a Freeland esta tarde?

—Sí. Pero estoy preguntándome si debemos dejar esa explicación para mañana, por la tarde, Wanda... o para esta tarde, mejor dicho, pues una vez que empiece, me tomará algún tiempo. Y no pareces cansada, pero lo estás probablemente. Sé que yo mismo no estoy dema­siado fresco.

—Como digas, Ed. Estoy un poco cansada, así que tal vez eso sea lo mejor.

Me levanté y caminé hacia la puerta, pero me volví antes de abrirla y Wanda se echó en mis brazos. Empezó como el beso que le di la noche anterior..., pero no terminó en esa forma. Esta vez explotó. No resultó un beso de buenas noches y ninguno de los dos resultó estar cansado, en lo absoluto, cuando menos por un tiempo.

Desperté a las diez y me pregunté si debía vestirme y bajar a mi cuarto. Decidí no hacerlo. Wanda seguía durmiendo y podría despertarla. Además, si alguien me veía salir más tarde de su habitación, le parecería menos sospechoso. Además, me sentía demasiado contento y có­modo en donde me encontraba. Volví a quedar dormido. Me despertó el ruido de una puerta al cerrarse y abrí los ojos. Era Wanda, en bata de casa y pantuflas, que vol­vía del cuarto de baño.

—¡Dios mío, eres hermosa, aun en la mañana! Quizá un poco más; me gusta tu pelo un poco despeinado, como está. Ven.

Se acercó, tomó asiento sobre la cama y yo la atraje hacia mí y la besé. Fue un beso prolongado y pensé por un momento que llevaría a otra cosa. De hecho, llevó mi mano al cierre de cremallera de su bata de casa, pero antes que pudiera correrlo más de dos centímetros, se retiró y se levantó.

—Ahora no, Ed. ¿No fue suficiente lo de anoche por un tiempo?

—Lo de anoche fue suficiente para anoche —dije—. Y fue maravilloso. Pero está bien, me comportaré bien por ahora. E incidentalmente, ¿cuándo es ahora?

Miré mi reloj y me senté rápidamente.

—¡Buen Dios, Wanda, llegaremos tarde!

—¿Tarde para qué? —Pareció intrigada—. No me di­jiste que tenías planes especiales.

―No. Quiero decir, llegaremos tarde a nuestra cita de la una. Faltan ahora cinco minutos. ¿Podemos vestirnos y estar listos en cinco minutos?

Rió.

—Preferiría tener media hora. ¿No podemos posponer la cita para la una y media?

Ya me había levantado y empezaba a vestirme.

—Muy bien —acepté—. Ahora iré a mi cuarto..., pero no llames a la puerta. Si Blackie está en su cuarto, puede oír eso y oírnos salir juntos. Creo que ahora Blackie es un perro manso, pero es lo mismo, mientras menos sepa, será mejor. Respecto a cuánto y con cuanta frecuencia nos vemos. Así que saldrás y yo me reuniré afuera contigo. O quizá ya estaré afuera, esperándote.

—Muy bien, Ed.

Terminé de vestirme rápidamente. Como sería la última oportunidad que tendría, cuando menos por el momento, besé nuevamente a Wanda y luego salí. Después, por supuesto, de escuchar tras de la puerta, para asegu­rarme de que nadie estaba en el corredor.

No fui directamente a mi cuarto, también por Blackie. Si oía pasos que bajaban la escalera y entraban a mi cuarto, sabría en dónde estuve. Eso sería peor que si oyera pasar a Wanda a mi habitación, antes de salir.

Así que fui hasta la puerta y permanecí allí durante unos minutos. Era un día brillante y soleado y bastante cálido, para ser octubre. Soplaba una brisa leve del lago y el aire olía bien.

Después entré a mi cuarto. Me desvestí parcialmente, cuando menos, quería cambiar de camisa y de calcetines, y me lavé y me afeité en el lavabo y luego me vestí nue­vamente. Salí, eché llave a mi habitación y fui al cuarto de baño. No para desorientar a Blackie, sino porque tenía que ir. Luego salí a esperar a Wanda y ella salió pocos minutos después. Empezamos a caminar hacia e! oeste, en dirección de la calle State.

—Lo primero del programa —dije—, es comer. ¿Quie­res almorzar o comer?

—Bueno... un almuerzo, pero grande. Huevos con jamón, patatas fritas y esas cosas.

—Conozco el lugar indicado —le dije.

Tornamos un taxi en la calle State y fuimos a un res­taurante del Chicago viejo, donde se sirven almuerzos las veinticuatro horas del día y grandes, si uno los pide así. Los ordenamos así y les hicimos justicia.

Fue Wanda quien primero habló de lo que quería tratar, a la hora del café.

—¿A quién viste en Freeland, Ed?

—A Koslovsky, a la señora Agnew y a Schwarz. En ese orden, pero no hablaré de ellos cronológicamente. Quiero dejar lo de Koslovsky para lo último. Supe con la señora Agnew dos cosas que no me habías dicho. Una de ellas no la sabías probablemente. No es posible que tenga nada que ver con el caso, pero será mejor que te lo diga. Su esposo murió recientemente en el manicomio.

Pareció impresionada.

—Oh, Ed, es horrible que haya sucedido demasiado tarde. Ella y papá se hubieran casado probablemente y creo que ella lo habría hecho feliz.

—¿Qué tan bien la conocías, Wanda?

—No demasiado bien y no nos veíamos con frecuen­cia. Nos simpatizábamos bastante..., o cuando menos ella me agradaba y creo que yo le gustaba a ella. Pero había tanta diferencia entre nuestras edades y no tenía­mos mucho en común... excepto a papá.

"Solamente la he visto una vez desde el funeral y eso fue hace más de un mes. Después de que surgió a la luz la malversación y de que empezaba a sospecharse que papá era culpable y antes de salir de Freeland. Me visitó para preguntarme si podía ayudarme en algo. Pero no había ninguna forma en que pudiera hacerlo, por su­puesto.

—Y la otra cosa que me dijo, que no sabía, fue lo del accidente que sufrió Wilbur Schwarz dos semanas antes del de tu padre. Tú debes saberlo.

—Por supuesto. Papá me habló de eso y toda la his­toria salió en los periódicos de Freeland. Pero nunca pensé en mencionarlo, porque... Bueno, ¿qué tiene que ver eso con el dinero? ¿O con la muerte de papá? ¿Quieres que te diga lo que recuerdo de eso?

—No es necesario. Vi a Schwarz y él me relató la his­toria completa, con más detalles de los que puedas re­cordar. Y admito que no hallé lagunas en eso. Odio las coincidencias, pero quizá tendré que tragarme ésta. Kos­lovsky tuvo que aceptarla, aparentemente. ¿Qué tan bien conoces a Schwarz personalmente?

—No lo conozco realmente. Me presentaron a él poco después de que empezó a trabajar con papá. Un día estaba en el centro, de compras y me quedé sin dinero. Pasé a la oficina de papá, para que me diera algo; Schwarz se encontraba allí y papá nos presentó. Fue la única vez que lo vi.

—¿Sabías que vivía a pocas cuadras de tu casa?

—Sí. Por el mes de julio pasado, papá dijo que los Schwarz habían rentado una casa cercana a la nuestra. Le pregunté si quería que los invitáramos a cenar alguna noche, pero dijo que no. Dijo que Schwarz estaría bien, pero que no podía invitarlo solo. Y que conoció a la es­posa de Schwarz y que no pensaba que fuera una amistad que debiéramos procurar.

—Una opinión maestra —dije—. Para empezar, es una dipsómana. Y moralmente... bueno, creo que el pobre Wilbur no tiene solamente cuernos..., tiene astas como las de un alce macho.

"Bueno, tenemos que hablar de Koslovsky, pero no queremos permanecer sentados aquí tanto tiempo. ¿Qué dices de una copa? Sé que acabamos de almorzar, pero también son cerca de las tres de la tarde. Si te gustó la otra vez, sugeriría Tom, Dick y Harry.

—Muy bien. Pero caminemos hasta ese lugar. Es un día tan hermoso... Te permití tomar un taxi para venir, solamente porque estaba famélica.

Así que caminamos. En el camino, me dijo que no debíamos estar allí más de una hora, aproximadamente; quería regresar a su habitación para las cinco.

—¿Por qué tan temprano? —le pregunté—, ¿Piensas dormir más tiempo?

—No, me basta con lo que he dormido. Pero tengo cosas que hacer, cosas de mujeres. Debo lavar algunas medias y ropa íntima, coser un poco. Pero principal­mente, lavarme el pelo. Y tengo que hacer eso primero, no después de las cinco, para que esté secó antes de ir al club.

—Muy bien —admití—. Te daré la tarde libre. Pero..., es mejor que arreglemos eso ahora. ¿Cuándo te veré nue­vamente? ¿Mañana por la tarde?

—Que sea mañana por la noche. Creo que no te lo he dicho, pero descubrí cuál es mi noche libre y es la de los lunes. Así que si quieres llevarme nuevamente a cenar.

—Magnífico —dije—. Pasaré por ti a la misma hora que lo hice el viernes, a las seis y media.

Esperé hasta que estuvimos en un gabinete, con be­bidas frente a nosotros, en la taberna y luego abrí nue­vamente la sesión, hablando primero yo mismo prolon­gadamente. Le relaté mi entrevista con Koslovsky y todo lo que me dijo. No suavicé ningún golpe; quería lasti­marla. Le expliqué la teoría de Koslovsky, de que su padre era culpable y se suicidó porque su socio lo traicionó. Tampoco suavicé mis palabras, al decirle que Koslovsky no creía definitivamente la historia que contó ella, res­pecto a la carta que le dejó su padre. Y le expliqué las diferentes razones que tenía para no creerla.

—Ed, ¿estás... de acuerdo con él? —me preguntó cuando terminé de hablar.

Decidí correr el riesgo de decirle la verdad. Podía hacerla enfurecer conmigo, pero tenía que arriesgarme.

—Respecto a la hipótesis del suicidio... no lo sé. Pero en lo relativo a la carta, creo que sí, Wanda. Tu historia no tiene consistencia. ¿Por qué mentiste?

No estaba furiosa. Pensé por un momento que em­pezaría a llorar, pero logró controlarse. Su cara se veía un poco pálida y había preocupación en sus ojos, pero me miró directamente.

—Ed, tenía que mentir. O negarme a contestar, que habría sido peor. La carta no se refería a la malversa­ción... ni a ningún otro delito, sino que era algo per­sonal, privado. Y en ella, papá me pidió específicamente que no le dijera nada a nadie..., excepto a cierta per­sona.

—Wanda, considéralo en esta forma —dije—. Suponga­mos que tu padre es inocente. Entonces, cuando escribió esa carta para ti, tres meses antes de su muerte, no sabía nada de la malversación. Y no es posible que haya podido prever el predicamento en que te pondría, al tener que ocultar el contenido de la carta, o a mentir; que eso arrojaría sospechas sobre ti e indirectamente, más sos­pechas sobre él. Estoy seguro de que, bajo las circuns­tancias, él no habría querido que guardaras el secreto. A menos que, por supuesto, se refiriera a algo peor que la malversación y dices que no tenía nada que ver con ningún delito.

—Yo... nunca pensé en esa forma, Ed. Quizá tienes razón. Sé que si te lo digo, tendrás que informar al señor Koslovsky... pero no importará realmente si lo saben pocas personas. Siempre y cuando no se haga de conoci­miento general o salga en los periódicos.

—Koslovsky no hará nada para perjudicarte, Wanda. A menos que tenga que hacerlo, para resolver este caso.

—No seré yo la perjudicada, Ed, o habría dicho la verdad de cualquier modo. Es la señora Agnew. Pero su­pongo que no será en una forma demasiado significativa, ahora que es viuda, especialmente, aun cuando surja la verdad. Se trata de esto, Ed. Papá me decía en la carta que quería dejar un legado de mil dólares a la señora Agnew. Dijo que sus propiedades, aun cuando muriera pronto, rendirían esa cantidad varias veces, así que no debía importarme ni sentirme resentida y que le gustaría que ella recibiera esa cantidad.

"Decía que no quería hacer un nuevo testamentó ni añadir un codicilo al anterior, porque entonces, el legado se haría de conocimiento público cuando el testamento fuera verificado y podría perjudicar la reputación de la señora Agnew. Y ya ves que tenía razón, Ed... cuando menos por lo que concierne a algunas personas. Tú sabes la conclusión que sacarían del hecho de que un hombre dejase un legado a una mujer que, supuestamente, sólo había sido una amiga. Así que me pidió que me encar­gara de eso privadamente, dándole mil dólares del producto de las propiedades. Y eso es todo.

—Dios mío, Wanda, ¿no ves lo importante que podía ser la carta, si pudieras presentarla? ¿La destruiste?

—Sí, después que mi padre fue acusado; yo sabía que la policía iría a registrar nuestra casa y no quería que la encontraran. En ese caso, también se habría hecho de conocimiento público. La única forma en que podía lograr que permaneciera en secreto, era destruirla y papá me lo había pedido.

—¡Maldita sea! —exclamé—. ¿Y no hablaste de ella a la señora Agnew? ¿Puede ella corroborar tu historia hasta ese grado?

—No, Ed. Intentaba decírselo, por supuesto, pero no me pareció que hubiera tanta prisa y tenía muchas cosas que hacer. Y después, para cuando fue a verme, no se lo dije por otras razones. La propiedad había sido retenida y parecía, todavía lo parece, que sería confiscada como restitución parcial. Si resulta que no habrá mil dólares para ella, ¿para qué provocar sus esperanzas, hasta que lo sepa con seguridad? Y luego tendría que defraudarla. Ed, ¿por qué crees que esa carta es tan importante?

—Porque probaría la inocencia de tu padre, tontita. Fue escrita cinco meses después de que comenzó la mal­versación. El malversador sabía que solamente tenía pocos meses para trabajar, que tenía que escapar antes de la si­guiente auditoría ordinaria. Y que, cuando huyera, los valores que dejara detrás serían confiscados inmediata­mente.

—Pero si la escribió para el caso de que muriera antes que....

—Murió antes y sucedió de cualquier modo. Su muerte solamente adelantaría la fecha de la auditoría, como suce­dió. Y tu padre debía saberlo. Si era culpable, no habría absolutamente ninguna razón posible para que hubiera escrito esa carta y hecho ese legado. Ni siquiera para desorientar las investigaciones, ya que no sería abierta hasta que muriera o desapareciera.

Suspiró.

—Tienes razón, fui estúpida. Debí conservar esa carta y entregarla. Pero en todo lo que pensé, fue en la petición de papá, de que guardara en secreto el legado. ¿Qué puedo hacer ahora?

—Habla con Koslovsky. Ahora mismo, si está en casa y puede verte. Es más importante hacer eso, que lavarte el cabello.

—Pero él es tu cliente. ¿No vas a informarlo?

—Por supuesto. Pero queremos que lo sepa de primera mano, lo mismo que por intermedio mío. Así podrá inte­rrogarte respecto a los detalles y convencerse, si puedes convencerlo. Si puedes lograr que te crea, cambiará de forma de pensar respecto al caso. Llámalo ahora mismo desde ese gabinete telefónico, dile que es algo impor­tante y que irás a hablar con él, si puede recibirte. No creo que se niegue a oírte, pero si sucede así, concerta una cita con él mañana, en su oficina. Por la tarde, para que tengas tiempo para dormir. Recuerda una cosa, cuan­do hables con él: no está informado de que tú sabes que soy detective, así que no me delates. Dile simplemente que confiaste en un amigo, quien te aconsejó que acudieras a él. De cualquier modo, eso no será una mentira, sino una omisión. Dile la verdad respecto al resto.

—¿Aun si me pregunta quién es ese amigo?

—Por supuesto. Pero no te preguntará eso..., ya lo sabe. ¿Tienes monedas para hacer la llamada?

—Sí, Ed.

Fue hasta el gabinete y mientras estaba ausente, ordené dos bebidas más. Tendríamos que beberías rápida­mente o abandonarlas, si concertaba una cita inmediata, pero estaba bien.:.

Cuando regresó, movió la cabeza.

—No contesta.

—Si está afuera ahora, no regresará en toda la tarde y una cita por la noche te haría llegar tarde al club. Así que está bien, hazlo a un lado por hoy. Llámalo mañana por la mañana o temprano, por la tarde, tan pronto como te levantes.

—Muy bien, Ed. He estado queriendo ir a Freeland a recoger unas pocas cosas más de la casa. Especialmente un abrigo más grueso que estaré necesitando pronto, aun­que todavía hace calor.

—Respecto a la casa, Wanda —dije—, la noche que nos conocimos dijiste que los ladrones entraron a ella. Había tantas cosas que tenía que preguntarte, que olvidé eso. ¿Quieres explicármelo?

—No hay mucho que decir, Ed. Fue un robo a la luz del día, 24 horas después de que llegó la policía con una orden judicial para hacer el registro. Estuve ausente ese día. Fue la primera vez que salí de casa todo el día, desde la muerte de papá. Comprendí que tenía que hallar empleo y salí a buscarlo. Cuando regresé a casa, descubrí que había sido registrada; el ladrón o los ladrones hicieron una búsqueda detenida, igual que la policía, pero éstos pusieron las cosas nuevamente donde las encontraron y los ladrones no se preocuparon por hacerlo. Después que llamé a la policía y de que vinieron, me tomó la tarde arreglar las cosas. Era obvia la forma en que entra­ron; abrieron una ventana de la parte posterior.

—¿Desapareció algo?

—Unas pocas joyas. Nada muy valioso, porque nunca me han atraído demasiado las joyas, ni tampoco era muy aficionado a ellas papá. Y alrededor de treinta y cinco dólares en efectivo, que dejé en un cajón. Eso fue todo. Solamente las pocas cosas que consideraron bastante va­liosas para molestarse y que eran lo bastante pequeñas para llevárselas en los bolsillos.

—¿Y qué pensó la policía?

—Que fue un trabajo profesional de algún ladrón que leyó la noticia de la malversación y tuvo idea de que cuarenta y seis mil dólares... no, no tanto; todavía no habían llegado a ese total; que el dinero podía estar oculto en la casa y que aprovechó la oportunidad para buscarlo. No lo encontró, por supuesto. Si hubiera estado allí, la policía lo habría encontrado antes que él. Pero no pudo saber que la policía se adelantó a él; la noticia no salió en los periódicos. Así que, de cualquier modo, tomó lo que halló. Y las joyas deben haberle producido alrededor de doscientos dólares, así que con el dinero reunió lo suficiente para pagar su día de trabajo.

—Tragaría eso mucho más fácilmente, si no fuera porque también entraron a tu cuarto en la casa de la señora Czerny, mientras tú estabas ausente con Blackie —dije—. Pero dices que la técnica fue completamente diferente allí.

—Sí, muy diferente. No fue realmente un robo, pues no desapareció nada. Por supuesto, no había allí nada que pudieran llevarse. Llevaba mi dinero conmigo y las únicas joyas que pudieron hallar, fueron adornos de los vestidos, que no valían la pena. Así que fue comprensible. Pero sí, la técnica fue bastante distinta. Las cosas no fueron tiradas al suelo; las pusieron cuidadosamente en su lugar, en forma lo más parecida posible a como estaban. Pero tengo buena memoria visual; noté suficientes dife­rencias pequeñas en la posición de las cosas, para hacerme sentir segura de que alguien estuvo allí.

—¿Qué dices de la puerta?

—La cerré con llave al salir y estaba cerrada cuando regresé. Debe haber sido abierta con una ganzúa o una llave de esqueleto y luego la cerraron en la misma forma.

—Otra cosa que me dijiste..., que te habían seguido. Esto es, antes de que te siguiera mi tío y de que lo des­cubrieras. Háblame de eso.

—Ed, pude haberme engañado respecto a eso. No estoy segura. Estuve nerviosa y preocupada por un tiempo. Me has ayudado mucho, incidentalmente. Hubo una o dos veces que tuve la sensación de que me seguían, pero fá­cilmente pudo haber sido mi imaginación. Ahora creo que lo fue probablemente. Pero esa sensación, además de los robos, que fueron reales, me hicieron suspicaz y alerta. Por eso descubrí a tu tío. Y por eso fue que sospeché, esa primera noche, que eras un detective o un delincuente y quise saber cuál de las dos cosas era cierta.

—Y mostraste mucho valor en la forma en que lo hiciste —comenté—. Una pregunta más solamente, Wanda y luego hablaremos de otras cosas, en el tiempo que nos quede. Te dije que Koslovsky piensa todavía que puedes darle una pista para descubrir a Morrison. ¿Puedes hacerlo?

—No, le dije la verdad respecto a eso. Aun cuando mi padre fuera culpable, no tengo idea de quién pueda ser Morrison. Y dije al señor Koslovsky los nombres de todos los amigos y los conocidos de mi padre que puedan llenar la descripción de Morrison, aun disfrazados hasta cierto punto. Es decir, todos los hombres altos. Hasta incluí al alcalde de Freeland. Y al señor Starlock.

Reí de eso y luego hablamos de otras cosas hasta que casi fueron las cinco y entonces la llevé a casa. Sin em­bargo, no me dejó llevarla hasta su cuarto. Insistió en que tenía que lavarse el pelo inmediatamente, o no estaría seco a tiempo.

Consideré la idea de tratar nuevamente de llamar a Koslovsky y seguir intentándolo a intervalos, hasta comu­nicarme con él y luego deseché la idea. Pensé que podría encontrar más creíble la historia modificada de Wanda respecto a la carta, si la oía primero de ella, sin que yo se la hubiera relatado de segunda mano, antes que la oyera de primera mano. Y no había ninguna otra cosa que valiera la pena informar.

Maté el resto de la tarde en varias formas diferentes y me acosté a media noche y era domingo.

El lunes, encendí una mecha que causó un asesinato y luego otra que resolvió el caso con una explosión.

 

 

CAPÍTULO DOCE

 

Llegué a la oficina diez minutos tarde, aproximada­mente y tío Am ya estaba allí, tras su escritorio, empe­zando a escribir su informe a mano.

—Hola —saludé—. ¿Ya terminaste el caso del super­mercado?

—Sí. Acabo de hablar con nuestro cliente para infor­marlo, pero quiere un informe por escrito para su ar­chivo, maldita sea.

Tío Am odia escribir informes.

—¿Descubriste algo contra el tipo, el ayudante del gerente?

—Al contrario. Está limpio como un certificado de salud. Descubrí bastante respecto a él y todo bueno. No es posible que esté relacionado con una banda de ladrones, así que si ellos consiguieron la combinación lo hicieron por otro conducto —puso a un lado su pluma—. Bueno, cuando menos, no hay prisa en esto. Puedo redactarlo en cualquier otro momento. ¿Qué has estado haciendo?

Me senté y le esbocé rápidamente lo que había des­cubierto desde la última vez que nos vimos.

—Buen trabajo, muchacho, pero no me dijiste una cosa. ¿Dónde dormiste el sábado por la noche o el do­mingo por la mañana?

Le dije que no era nada de su incumbencia. Sonrió y tomó la pluma nuevamente. Supongo que debí mentirle, para ser caballero, pero no habría servido de nada. Si no hubiera sabido inmediatamente que estaba mintiendo, lo sabría la siguiente vez que nos viera juntos a Wanda y a mí y yo esperaba que eso sucedería con frecuencia.

Fui al escritorio de la oficina de recepción y metí papel en la máquina estenográfica. Sería mejor que co­menzara mi siguiente informe a Koslovsky, aunque cuida­ría que no llegara antes que Wanda tuviera oportunidad de hablar con él. Escribí unas pocas líneas y luego decidí que prefería pensar. No estaba seguro respecto a en qué quería pensar, pero eso era lo que deseaba hacer. Pensé alrededor de media hora.

Después, regresé y me senté nuevamente frente a tío Am. Puso a un lado su pluma.

―¿Y bien, Ed?

—No estamos seguros de que John Sohl no tenga ninguna relación con nuestro caso, excepto en forma ac­cidental —dije—. Tampoco estamos seguros de que Blackie tampoco tenga ninguna relación; puede haber sido una coincidencia que se haya mudado a la casa de huéspedes inmediatamente después de que lo hizo Wanda y que haya estado con ella cuando fue registrado su cuarto. Pero ambos son hampones... o cuando menos Blackie lo era, hasta que se reformó recientemente, si lo hizo en reali­dad. Ambos viven en el centro de Chicago. ¿No sería inte­resante descubrir si se conocen uno al otro? Si es así, yo diría que lo más probable es que ambos estén involu­crados, sin importar para quién estén trabajando.

—Seguro, Ed. Y no se pierde más que una llamada telefónica con tratar de descubrirlo. Puedes imitar la voz de Blackie lo bastante bien para hacerte pasar por él, hablando por teléfono; nada más haz un poco más grave tu voz y pon en ella un leve gruñido. Llama a Sohl, dile "Habla Blackie" y veremos si contesta "¿quién?" u "hola".

Tenía sentido, pero no quise intentarlo en frío. Pri­mero ensayé cerca de diez minutos, tratando de hablar como Blackie, hasta que tío Am, que es bueno para iden­tificar voces, me dijo que podía pasar. Después busqué el número del hotel Worth y lo marqué. Pregunté por John Sohl y aguardé durante medio minuto, presumiblemente, mientras el operador llamaba a un cuarto y luego se oyó una voz:

―¿Sí?

Era una voz aguda, poco común y decidí que podía fingir que la reconocía, sin tener que preguntar "¿Sohl?", o "¿John?" o "¿Johnny?", ya que no sabía qué tratamiento usaba Blackie. Gruñí:

―Habla Blackie.

—Ya era tiempo. ¿Tienes algo para mí?

—Quizá —dije—. Ven.

Y colgué.

—Sohl conoce a Blackie —dijo tío Am—. O cuando menos a un Blackie. Pero, ¿por qué le dijiste "ven"? Des­cubrirá mucho más pronto que la llamada fue falsa.

—Seguro —dije—. No solamente eso, sino también va a estropear el sueño de belleza de Blackie; no puede haber estado durmiendo más de cinco horas. Así que descubrirán que la llamada fue falsa... o bien, cada uno de ellos creerá que el otro está mintiendo y disputarán. Y ya sea que estén asustados o furiosos, alguno de ellos puede co­meter un error o alguna tontería. Y eso es lo que necesi­tamos, que alguien haga algo. En este caso, todos han es­tado sentados tranquilamente, desde que empezamos a investigarlo.

Volví al escritorio de la oficina de recepción y traté de pensar un poco más; de deducir qué significaba que Sohl conociera a Blackie y cómo podía entrar eso en el cuadro. Pero no pude llegar a ninguna parte; faltaban todavía demasiadas piezas y no podía siquiera imaginar cuáles eran. Sudé quizá veinte minutos y entonces vi re­pentinamente, no las respuestas a ninguna de las pre­guntas, sino lo tonto que estaba siendo.

Corrí a la puerta de la oficina privada y dije a tío Am:

—Tío Am, toma tu sombrero. Vamos a perder el barco. Debíamos estar en Covent Place, maldita sea. Vamos.

En el elevador, expliqué:

—Quizá todavía podamos llegar antes que él. Aunque vaya en automóvil o tome un taxi, tiene que atravesar el Loop.

—Seguro —admitió tío Am—. Y quizá no salió inme­diatamente después de que colgaste. Los tipos como él duermen usualmente hasta tarde. Quizá lo despertaste y no estaba vestido aún. Creo que llegaremos a tiempo.

Perdimos cinco minutos esperando un taxi y después decidimos que llegaríamos más rápidamente caminando, Tío Am preguntó:

—¿Entraremos ambos a tu cuarto?

—Tengo una idea mejor —le contesté—. Yo entraré para ver qué puedo oír... puede ser bastante, si levantan la voz. De cualquier modo, sabré a qué hora entra y a qué hora sale. Tú permanecerás al otro lado de la calle y lo seguirás cuando salga. Por supuesto, si regresa al hotel, eso no nos indicará nada, pero si va a algún otro lado, posiblemente sí.

—No sabemos cómo es, Ed. Podría seguir a otro que no fuera él. ¿No puedes avisarme en alguna forma?

—Seguro. Cuando salga, lo seguiré al exterior. Cami­naré en dirección contraria a la que tome, para que no crea que lo estoy siguiendo. Pero eso servirá para avisarte y podrás seguirlo desde ese momento. Regresaré a la ofi­cina y esperaré a saber de ti.

Pero tan pronto como dimos vuelta hacia Covent Place, supimos que habíamos llegado tarde; había carros policía frente a la casa de huéspedes. Apresuramos el paso y entramos.

Había gente y policías en el corredor y la puerta de la habitación de Blackie se encontraba abierta. Caminé hacia ella y un policía me detuvo, pero estaba lo bastante cerca para mirar al interior del cuarto, por arriba de su hombro. También se veían policías en el interior... y uno de ellos era Frank Bassett, nuestro mejor amigo en la sección de homicidios. Blackie también se hallaba allí, pero estaba tendido sobre su espalda, atravesado en la cama, vestido solamente en ropa interior. En su pecho desnudo se veía el agujero de una bala, un poco arriba de su corazón, rodeado por la quemadura de la pólvora. El disparo fue hecho a corta distancia, casi en contacto.

—¡Frank! —grité.

Se volvió, me vio y salió.

—Hola Ed. Hola, Am —nos saludó.

El policía que me había detenido se apartó.

—¿Saben ustedes algo de esto? —preguntó.

—Mucho —contesté—. Pero salgamos de aquí. Yo tengo el cuarto vecino.

Fui hasta la puerta de mi cuarto, la abrí y entré y Bassett y tío Am me siguieron. Una vez adentro, dije:

—Escucha, Frank, sabemos bastante, pero nos tomará tiempo decírtelo. Puedes decirnos lo que sucedió aquí en un minuto, así que habla primero.

La mayoría de los policías no le dicen a uno la hora, si no lo voltean antes al revés, pero Frank es razonable y comprendió mi punto de vista.

—Sucedió... —Miró su reloj— hace quince minutos. Llevamos cinco de estar aquí. Dos personas que se encon­traban en este piso oyeron el disparo y tenían abiertas sus puertas cuando salió el asesino: la casera y un inquilino. Estaba corriendo hacia la salida cuando lo vieron. Toda­vía llevaba la pistola en la mano, pero iba metiéndola a un bolsillo, mientras corría.

"No hicieron una descripción muy detallada... joven, alto, rubio. Pero cuando se dio vuelta, afuera, la casera logró verlo de perfil y dice que puede identificarlo. ¿Sig­nifica algo para ustedes esa descripción, tal como está?

—La descripción no —dije—, porque nunca hemos visto al tipo. Pero podemos darte su nombre y su direc­ción, si te sirve. John Sohl, hotel Worth. Y es el que con­ducía el carro que mató a Jason Rogers en Freeland. Y Blackie...

—Espera —me interrumpió—. Déjenme poner a fun­cionar la maquinaria con el nombre y la dirección.

Salimos al corredor y caminamos hacia el teléfono.

—Defiende la fortaleza, tío Am. Regresaré en un par de minutos. Si Bassett regresa antes que yo, mantenlo entretenido.

Pasé junto a Bassett que estaba marcando un número de teléfono y subí la escalera. Llamé a la puerta de Wanda. Tuve que llamar una segunda vez y cuando abrió la puerta, cubierta con una bata, aún parecía medio dormida, así que supe que estuvo durmiendo cuando sonó el disparo y durante la agitación.

—Siento despertarte, Wanda, pero es importante. Déjame entrar un minuto.

—Seguro, Ed —contestó y retrocedió.

Entré y cerré la puerta tras de mí.

—Sólo quiero permanecer aquí un minuto, así que ha­blaré rápidamente. El caso empieza a solucionarse. John Sohl acaba de asesinar a Blackie. Eso indica que ambos estaban involucrados en el trato en Freeland y también que, probablemente, la muerte de tu padre fue un ase­sinato.

"Quiero que permanezcas aquí, para saber dónde es­tás y poder comunicarme contigo en cualquier momento que quiera. No llames a Koslovsky. La cuestión de la carta de tu padre no importa ahora. Y quizá ya nunca importe, si capturan a Sohl y lo hacen hablar. Hasta luego.

Me incliné hacia adelante, la besé suavemente y salí.

Cuando pasé junto a Bassett, todavía estaba hablando por teléfono. No creí que me hubiera visto ir y venir y esperé que así fuera. No era que importara, pero sería una cosa menos que tendría que explicar.

Estaba relatando a tío Am lo que había dicho a Wanda, cuando entró Bassett y me interrumpí.

—Siéntate, Frank —indiqué—. Esto va a tomar algún tiempo.

Primero le hice un relato sinóptico de las cosas y aun para hacerlo, necesité hablar mucho. Después, cuando volví a comenzar y empecé a explicarle los detalles, me in­terrumpió, diciendo:

—Espera, Ed. Eso es suficiente para ponernos en movimiento y no quiero escucharte el resto de la mañana. Quiero concentrarme en Sohl y supervisar la cacería per­sonalmente. Me darás todos los detalles después que lo capturemos.

—Magnífico —dije—. Tenemos que regresar a la ofi­cina. Llámanos si capturas a Sohl, para decirnos dónde encontrarte. Que sea preferiblemente donde y cuando lo estén interrogando.

Bassett dijo que lo haría y salimos. Esta vez, como no teníamos prisa, pasó un taxi desocupado y lo tomamos. En el taxi, comenté:

—Maldita sea. Qué error cometí, al no pensar en venir a Covent inmediatamente después de colgar el te­léfono. Habría estado en mi cuarto; hubiera oído lo que dijeron, si disputaron antes del disparo. Y tú habrías estado afuera, preparado para seguirlo cuando saliera... y la policía no tendría que buscarlo ahora; no sería necesario.

Tío Am gruñó.

—Muchacho, ésa es la tontería más afortunada que hemos cometido. Si hubieras estado escuchando en tu habi­tación cuando se produjo ese disparo, tu puerta habría sido la primera en abrirse... y se encuentra entre la puerta de Blackie y la salida. Él salió con una pistola en la mano. Aunque no fueras lo bastante tonto para tratar de detenerlo, podría haber disparado contra ti, sólo por­que lo habrías visto de frente y de cerca; porque podrías identificarlo. Si hubieses estado en tu cuarto cuando dis­paró, quizá estarías con Blackie.

—Es cierto —admití.

Cuando regresamos a la oficina, tío Am dijo que es­taba demasiado nervioso para volver a su tarea de hacer el informe del trabajo del supermercado y sugirió que jugáramos rummy. Intentamos hacerlo, pero ninguno de los dos podía concentrarse en las cartas. A la mitad de una mano, cedimos y lo abandonamos. Rompí la anotación.

Empecé a pasear. Mi mente estaba girando. Entonces, unos pocos de los círculos se superpusieron. Hice una conjetura descabellada. Me senté en una esquina del es­critorio de tío Am y le dije:

—Tío Am, hice una conjetura descabellada.

—Adelante —me alentó.

—Quiero una cosa más, si puedo conseguirla —le dije—. Tienes el número telefónico de Cavallo. Llámalo. Puedes decirle que será mejor que empiece a buscar un nuevo portero para el Ganso Gris, pero eso es incidental. Él iba a tratar de investigar cosas referentes a Blackie, para nosotros. Pregúntale si descubrió dónde nació.

—Muchacho, ¿qué diablos tiene eso...? Oh, está bien.

Tomó el teléfono y marcó. Después habló un mo­mento y colgó.

—Sí, habló con algunas personas respecto a Blackie y no descubrió nada que le pareciera lo bastante impor­tante para llamarnos. Pero una de esas personas recordaba que Blackie le dijo una vez dónde nació... o cuando menos, de dónde llegó.

Lo miré coléricamente. Añadió:

—Milwaukee.

Dejé escapar el aliento que había estado conteniendo y me senté en la silla, frente a él.

—Entonces, mi conjetura no es tan descabellada. Wilbur Schwarz también es de Milwaukee. Su esposa me dijo que nació y se crió allí. Y también mencionó que tiene un hermanito llamado Julius. Este nombre es muy parecido a Jules y "hermanito" sería el calificativo que aplicaría la señora Schwarz a Blackie, si lo conociera como Julius Schwarz, el hermano menor de Wilbur.

—Quizá, pero...

—Como dijo Frank Bassett, espera. No he terminado. La palabra schwarz, en alemán, significa negro, lo mis­mo que black en inglés. Cualquiera que hubiera sido criado en Milwaukee, una ciudad alemana, que se apellidara Schwarz, sabría eso, se lo habrían dicho, aunque no hablara otra palabra de alemán. Y si Julius o Jules quiso cambiar su nombre, cuando vino de Milwaukee a Chicago, ¿qué cosa habría más natural que traducirlo? Y quizá nunca le gustó el nombre Julius. A mí no me gus­taría, a menos que mi apellido fuera César. O si no lo cambió antes, debió ser el primer nombre que pensó dar cuando fue arrestado por primera vez, si trató de dar un nombre falso. Y después de eso, con sus huellas dactila­res registradas, habrá tenido que conservarlo. Tío Am, te apuesto diez a uno que Jules Black, alias Blackie, se llamó una vez Julius Schwarz y era el hermano menor de Wilbur Schwarz. Diez a uno en dólares o en billetes de diez dólares y en dinero, no en la contabilidad del gin rummy.

—¡Jesús! —exclamó tío Am, no reverentemente, pero tampoco profanamente.

—Tío Am —dije—, sé cómo podemos encender otra mecha y hacer explotar el caso hasta el cielo. Si lo hace­mos hoy. No es posible que Schwarz sepa que Blackie murió, hasta que lea los periódicos de la tarde. Y no sa­bemos si al saberlo, decidirá correr o pensará que es más seguro que espere tranquilamente un poco más.

"Pero lo llamaré a su oficina, imitando la voz de Blackie, como hice con Sohl y puedo decirle, en efecto "Éste es Blackie...". No, si la señora Schwarz lo llama Julius, así debe ser también como lo llama Wilbur; "Ha­bla Julius. La policía tiene a Sohl y debe haber cantado, porque me avisaron que andan buscándome. Así que no puedo ir a mi cuarto; ellos estarán allí. Será mejor que huyamos rápidamente".

"Sólo que antes llamaremos a Koslovsky y le dare­mos la oportunidad de llenar de policías el Ayuntamiento, para que sigan a Schwarz cuando salga. Con agentes ves­tidos como civiles, por supuesto, para que lo puedan se­guir. Irá directamente a buscar el dinero, donde quiera que esté oculto y entonces podrán capturarlo.

—Muchacho, es posible que funcione. Cuando menos, llama a Koslovsky y explícale todo, a ver si está de acuerdo con la idea. Diablos, debiste haberlo llamado hace media hora, cuando llegamos, para informarlo del asesinato.

Llamé a Koslovsky. Lo informé primero del asesinato. Después le hablé de mi suposición descabellada y de las razones que tuve para hacerla. Y luego de mi idea de ate­morizar a Schwarz, para hacerlo ir en busca del dinero.

—Déjeme pensar un minuto —lo hice y luego deci­dió—: Muy bien, inténtelo. No hay nada que perder. Si está equivocado respecto a Schwarz, la llamada lo intri­gará, en lugar de atemorizarlo, pero eso no hará daño a nadie. Tan pronto como lo tenga vigilado, lo llamaré, y le daré la voz de adelante. ¿Está en la oficina de Starlock?

—No —contesté—. Llámeme al... —Y le di nuestro número.

—Espera un minuto, Ed —intervino tío Am—. Déjame hablar con él.

—Un minuto —pedí a Koslovsky y entregué el telé­fono a tío Am.

—Habla Ambrose Hunter, señor Koslovsky —expli­có tío Am—. ¿Me recuerda...? Sí... No, Ed no es mi hijo; es mi sobrino. Escuche, he trabajado con Ed en al­gunos ángulos de este caso y me gustaría estar en el mo­mento culminante. ¿Puede esperar hasta que llegue...? Magnífico, gracias.

Colgó y me dijo:

—Me esperará, si tomo un taxi. Dice que, de cual­quier modo, le tomará ese tiempo preparar todo. Me encontraré con él frente a la entrada principal del Ayuntamiento, al otro lado de la calle; él y yo nos encarga­remos de eso.

Fue por su sombrero.

—Nunca mencionaste que conocieras a Koslovsky —comenté extrañado.

—No tenía razón para hacerlo. Sí, trabajé con él en un caso o dos, cuando estábamos con Starlock. Hasta luego, muchacho.

Esperé y cuando era cerca de mediodía, empecé a impacientarme. Schwarz debía salir a comer a las doce y si lo hacía, todo tendría que esperar hasta que regresara y sería una hora perdida.

Sonó el teléfono. Pero no era una llamada de Freeland; era Frank Bassett.

—No, no hemos capturado a Sohl. Pero hay algo que quizá te interese. Hice que una pareja registrara el cuarto de Blackie. Hallaron dos mil dólares escondidos y bien escondidos. En veinte de a cien. ¿Tienes alguna idea res­pecto a eso?

—No, Frank —contesté—, pero muchas gracias por in­formarme. Pensaré en eso y veré dónde puede encajar. Te llamaré, si lo encuentro. ¿Estás en la comandancia?

—Sí, estoy extendiendo la red desde aquí. Muy bien, Ed. Hasta luego.

Sí, tenía idea de lo que significaban esos dos mil dó­lares, pero no quise decírselo inmediatamente, para no mantener ocupado el teléfono. Y por la misma razón, amplificada, no quise decirle lo que íbamos hacer en Freeland.

Pero pensé que esos dos mil explicaban el motivo de Sohl para haber matado a Blackie. Era probablemente el dinero que le dio Schwarz para que pagara a Sohl, el pago por el asesinato de Jason Rogers. Pero Blackie no los entregó; retuvo el dinero de Sohl. Imaginó que si lo retenía el tiempo suficiente, hasta que Wilbur y él estuvieran preparados para huir, tendría dos mil más. Dos de a mil, de los que ni siquiera Wilbur sabría, además de su parte del botín principal.

La primera cosa que me preguntó Sohl cuando me identifiqué con él como Blackie, fue "¿Tienes algo para mí?". Y pareció colérico. Le contesté "quizá". Y Sohl estaba harto y no quería esperar más; llevó su pistola con­sigo, cuando fue a ver qué significaba "quizá". Y luego, cuando Blackie no solamente negó que hubiera hecho la llamada, sino siguió queriendo hacerlo esperar, cuando exigió el dinero, Sohl sacó la pistola y lo mató.

Corrección: ningún hombre cuerdo mata a otro a sangre fría, cuando tiene algo que perder y nada que ganar. Sohl debió haber sacado la pistola, diciéndole que pagara. Y Blackie, con el orgullo de su fuerza y sus re­flejos y despreciando probablemente a Sohl, trató de qui­tarle la pistola. Fue su error.

Ésa era la forma en que debía haber sucedido y mi "quizá" lo provocó. Si yo hubiera dicho "sí", Sohl no habría llevado la pistola. Si hubiera dicho "no", es posible que no fuera en busca de Blackie.

Pero si ésa fue la forma en que sucedió y la razón que hubo para que sucediera, podía deducir uno o dos hechos.

Sohl no fue parte integral de la operación, con un por­centaje del producto. Fue contratado por Blackie para hacer un trabajo específico, por un precio específico. Y no sabía cuál era el juego. No tenía conocimientos de con quién o para quién estaba trabajando Blackie. De otro modo, después que se le retuvo el pago por tanto tiempo, habría pasado sobre Jules y exigido a Wilbur el pago. Y también, si hubiera sabido cuál era el juego y conocido a Wilbur, Blackie no habría tratado de retener el pago, pues sabría que Sohl haría eso. Y Schwarz, que ya había dado a Blackie el dinero para el pago de Sohl, sabría que su hermano estaba tratando de aprovechar la oportunidad de hacerse de más dinero, poniendo en peligro toda la operación en esa forma, así que Blackie no habría tratado de retener el dinero, si Sohl conociera a Schwarz.

Sonó el teléfono. No era Koslovsky, sino tío Am.

—Muy bien, Ed, adelante. Juégales sucio —aconsejó.

La operadora de Freeland me comunicó a la oficina de la tesorería y pregunté por el señor Schwarz. Medio minuto después, se oyó la voz de Schwarz:

—Habla Schwarz.

—Es Julius —gruñí—. Los policías tienen a Sohl. Y debe haber cantado, porque...

 

 

CAPÍTULO TRECE

 

Esperé, después de terminar. Y sudé un poco. Si no había contestado aún era porque estaba preguntándose en qué diablos pensaría yo...

Después preguntó:

—¿Dónde estás?

Comprendí que había mordido el anzuelo.

—En una tabaquería, en el Loop —contesté—. Pero no puedo esperar a que me llames a este lugar. Tengo que perderme.

—Muy bien. Nos veremos en un par de horas; me, tomará ese tiempo. Tú sabes dónde.

―Sí —dije.

Y colgué, mientras todavía estaba adelante, antes que me preguntase algo que no pudiera contestar. Por supuesto, no sabía dónde, pero eso no podía importar me­nos. El nunca llegaría a ese lugar. Ni tampoco Blackie, por razones aún más grandes.

Respiré profundamente.

Y entonces empecé a esperar. Consideré la idea de llamar a Frank Bassett, ya que, de cualquier modo, no me hablarían por teléfono pronto, y de explicarle todo: ¿Cuál pensaba que era la explicación de los dos de a mil que tenía Blackie, qué estaba sucediendo en Freeland y por qué no se lo expliqué cuando me llamó? En­tonces decidí no hacerlo. Nada de esa información lo ayudaría a encontrar a Sohl y eso era en lo que se quería concentrar y en lo que yo deseaba que se concentrara.

Esperé y esperé, por más de dos horas. Eran casi las ocho, cuando sonó el teléfono. Era nuevamente tío Am.

—Caso cerrado, Ed. Tenemos a Schwarz y el dinero. Y se abrió como un libro. Los malversadores siempre lo hacen, cuando los capturas con el botín encima. Empezó a escupir en el camino a la comandancia. Podía haberte llamado antes, pero quería escuchar mientras estaba ha­blando y no perderme de nada.

"Y algo mejor. Koslovsky nos dará una gratificación de mil dólares, por haberse recuperado el botín. Por supuesto, él piensa todavía que estamos con Starlock y los mandará por su conducto. Pero Ben es honrado. Te los entregará. Cuando menos, la mayor parte. Es posible que piense que merece una participación.

—Pero no para mí —corregí—. A la agencia Hunter y Hunter. Pero ya que estamos tan ricos, toma un taxi. Y escucha, llamaré a Wanda y..., oye, nos reuniremos en Tom, Dick y Harry.

—Seguro.

—Espera un minuto. Llegaremos mucho antes que tú y empezaré a relatarle todo a Wanda. Explícame algunas de las partes principales.

Me relató las partes más importantes. Y luego llamé a Wanda y le dije dónde nos deberíamos encontrar y que no dejara que creciera la hierba debajo de sus pies. Y le dije que todo estaba bien, pero que tendría que esperar, para oír la historia; no iba a empezar a contársela por teléfono.

Llegué solamente medio minuto antes que ella y tomé un gabinete para nosotros, pero no había ordenado aún.

—Tengo un poco de hambre, Ed —dijo—, y tú di­jiste que aquí hacían buenos emparedados. ¿Puedo comer uno antes?

—Yo también tengo hambre —concedí—. Pero no quiero hablar mientras como. Y tío Am estará hambriento cuando llegue. ¿Puedes esperar un poco, hasta que termi­nemos de hablar? Y entonces podremos comer los tres.

Aceptó, así que ordenamos highballs y comencé.

—Empezaré por el principio —dije—. Todo comenzó hace diez meses, cuando se iniciaron las malversaciones. Y Whittaker, el ayudante anterior de tu padre, ideó el sistema y empezó a trabajarlo..., esos cheques que se extendían a. una compañía constructora mítica, con base en órdenes de pago falsificadas, puestas entre las autén­ticas, que provenían del Departamento de Calles y Carreteras, que eran enviados a un apartado postal.

"Cuando obtuvo el primero, abrió con él la cuenta de Ralph Morrison; sí hubo dos Ralphs Morrisons y des­pués llegaron al segundo. Recuerdas que cuando mostra­ron a la empleada de cuentas nuevas la fotografía de Whittaker, dijo que podía ser Morrison, pero que no estaba segura positivamente. Lo cual no es extraño, ya que solamente lo vio una vez, nueve meses antes que le mostraran la fotografía. Y él nunca regresó al banco; depo­sitó los cheques siguientes por correos y pensaba dejarlos acumularse y cancelar la cuenta, cuando estuviera pre­parado para huir. Pero cinco meses después, murió en la oficina de un ataque cardiaco y con eso terminó su parte en el negocio.

"Una semana después, aproximadamente, Schwarz se hizo cargo de su puesto y de su escritorio. Y al segundo día que estaba allí, encontró un gran sobre de papel manila en el escritorio. Estaba en un compartimiento mar­cado "Papelería" y no fue notado ni abierto por cual­quiera que haya sacado de allí los efectos personales de Whittaker.

"Schwarz abrió el sobre y encontró en él algunas cosas muy interesantes. Había un sello de caucho, del tamaño de los usados para endosar cheques, que decía Compañía Constructora del Medio Oeste; un recibo de un apartado postal, rentado por un año y la llave del apartado; y lo más interesante eran cuatro estados de cuentas mensuales, todavía en sus sobres, así que él com­prendió que habían sido mandados al apartado postal. Mostraban una serie de depósitos y ningún retiro, indi­cando que la compañía del Medio Oeste tenía una cuenta total de poco más de veintisiete mil dólares. También había una serie de recibos de depósitos enviados por correo, que cubrían todas las cantidades, excepto la pri­mera, así que descubrió que "Morrison" no se presentaba al banco desde que abrió la cuenta, cinco meses antes. Como dividendo extra, encontró medios de identifica­ción de Ralph Morrison, varias cosas, incluyendo una li­cencia de automovilista auténtica, que solicitó y obtuvo Morrison con ese nombre. Probablemente no la necesitó para abrir la cuenta, pero podrían pedírsela cuando tu­viera que retirar dinero y cancelarla y estaba preparado.

"La licencia de manejar tenía una descripción física... altura, peso, edad, color de cabello, etcétera. Pre­guntó casualmente al administrador de la oficina qué aspecto tenía Whittaker, halló que coincidía y supo que el mismo Whittaker había sido Morrison y no trabajó con un cómplice.

"Y fue fácil para él encontrar en los archivos de la oficina los cheques cancelados y devueltos de la compa­ñía del Medio Oeste, cada uno de ellos endosados por Morrison, con el sello de la compañía, así que tuvo una firma para copiarla. Y adosada a cada cheque, había una forma de pago, que implicaba que se había extendido por el Departamento de Calles y Carreteras. Así que tenía todos los detalles de la operación de Whittaker y todo lo que necesitaba para continuarla, para aumentar esa cuen­ta bancaria todo lo que pudiera.

"Pero no le iba a servir de nada, a menos que pudiera sacar el dinero del banco. No podía simular que él mismo era Morrison, aun cuando los cajeros nunca hubieran visto al cuenta habiente, por una razón muy sencilla. Por mala suerte, había abierto su propia cuenta de cheques en ese mismo banco una semana antes y era conocido en él por su propio nombre.

"Así que intervino Blackie. Jules era veinte años más joven que Whittaker, pero tenía casi exactamente la es­tatura y el peso apropiados. Y una peluca gris no sola­mente subsanaría la diferencia en el color del pelo, sino también lo haría parecer más viejo, lo mismo que unas pocas arrugas, hechas con lápiz para caracterizaciones tea­trales. Además, ¿en quién podía confiar más, que en su propio hermano?

"Así que hizo intervenir a Blackie en el plan, por una tercera parte del producto. Pero no quería que dejara su empleo o atrajera la atención hacia él, empezando a gas­tar dinero repentinamente, así que insistió en que todo el dinero le fuera entregado, a medida que lo retiraba Blackie. Le entregaría su parte cuando terminara la ope­ración y huirían juntos. Así que hizo los cheques que debían cambiarse, falsificando la firma de Morrison y Blackie retiró el dinero del banco. Y pensó que sería mejor que continuara haciéndolo hasta que la siguiente auditoría estuviese próxima, para aumentar los ingresos tanto como pudiera hacerlo, razonablemente, ¿Está claro hasta aquí?

―Sí, Ed.

—Entonces se zafó una rueda, el día de la muerte de tu padre..., del asesinato de tu padre. Algo llamó su atención hacia aquellos cheques de la compañía del Medio Oeste, nunca sabremos lo que fue. Y sacó del archivo todos los cheques, con la orden del Departamento de Calles y Carreteras adosado a cada uno y los llevó a casa, para estudiarlos. Sabía que algo estaba mal, pero no había descubierto aún qué era. Sospechó probablemente que las maniobras fraudulentas se hacían en otro departamento, pero quería estudiar los detalles, antes de hacer la acu­sación. No sospechaba todavía de Schwarz, probablemente, porque algunos de los cheques, de hecho la mayor parte, habían sido emitidos antes que Schwarz tomara el puesto.

"Así que Schwarz llamó a Blackie e ideó un plan rápido para hacer asesinar a tu padre. Tío Am no me explicó en qué forma lo hicieron, así que dejaremos eso para cuando llegue. Y después.

—Pero, ¿por qué, Ed? ¿Por qué pensó que tenían que asesinar a mi padre? Para entonces, la cuenta de Morrison había sido retirada, hasta dejar solamente unos pocos de cientos de dólares, así que ya tenía el dinero. Y de cualquier modo, tendrían que huir pronto..., antes de la auditoría anual. ¿Por qué no huyó antes, simplemente? Antes que papá descubriera todo.

—El brazo escayolado —expliqué—. Allí fue donde el accidente sufrido por Schwarz, completamente genuino, se constituyó en un factor. Tenía enyesado no solamente el brazo, sino también el hombro y en una forma par­ticularmente conspicua. No podía huir y no tenía la menor oportunidad de quedar impune. No importaba a dónde fuera o cómo viajara, habría sido notado fácil­mente. Y probablemente no podía librarse de la esca­yola, tan poco tiempo después del accidente; quedaría con un brazo y un hombro inutilizado para el resto de su vida, probablemente y eso también lo hubiera señalado. Así que hizo un intento desesperado por ganar tiempo y logró ganarlo..., hasta ahora.

La miré.

—Dime, Wanda, ¿destruíste esos cheques y esas ór­denes? Debes haberlo hecho.

Se ruborizó.

—Sí, lo hice. Al mismo tiempo, destruí la carta refe­rente al legado a la señora Agnew. Los encontré en el escritorio de papá. Eran cheques provenientes de la ofi­cina y me pareció que no debía haberlos llevado a casa.

"Creo que no pensé claramente; sufrí dos choques, uno seguido del otro. Primero su muerte y luego la acu­sación contra él. Creo que mi primer pensamiento, cuando encontré aquellas cosas, fue tal vez que era culpable realmente y que aquellas cosas lo probarían. No fue hasta después, luego que tuve tiempo para pensarlo, cuando comprendí lo ridículo que fue que pensara eso. Y para entonces, era demasiado tarde. Al admitir que hallé y destruí esos documentos, habría hecho que el caso pareciera estar aún más en su contra. Dime, ¿si los hu­biera entregado a la policía, eso habría aclarado su ino­cencia?

—Es posible —dije—. Schwarz hizo probablemente un buen trabajo, falsificando la firma de Whittaker-Morrison; la pasaron en el banco. Lo mismo con lo escrito y las firmas que debió haber en las órdenes de pago. Pero si lo hubiera estudiado un perito en caligrafía, habría descu­bierto el hecho de que un hombre hizo lo fechado antes de la muerte de Whittaker y otro lo que databa de fe­chas posteriores. Y eso hubiera puesto a la policía sobre la pista inmediatamente. Aquí viene tío Am.

Llegó sonriendo. Wanda se corrió sobre su asiento y él se deslizó junto a ella.

—¿Qué le has explicado?

—Nada más lo que me dijiste por teléfono. Puedes continuar a partir de allí.

—Muy bien, comenzaré con la captura. Schwarz salió inmediatamente después de tu llamada telefónica. Por la puerta principal, así que Koslovsky y yo lo descubrimos. Nos apartamos. Como Schwarz no me conocía, yo lo seguí de cerca, mientras Koslovsky permanecía más atrás. Schwarz se detuvo primero en una ferretería y salió con un paquete. Después fue a un hotel, se registró, subió a su cuarto y permaneció allí durante media hora y luego bajó. No llevaba el paquete ni el yeso; por supuesto, había comprado herramientas para quitárselo. Debió costarle trabajo, pero logró hacerlo.

"Después fue a un banco, a una caja de seguridad. Cuando salió de allí, llevaba un paquete diferente, de buen tamaño. Cuarenta y tantos mil dólares, en billetes diferentes, de no más de cien, hacen un buen bulto. Koslovsky y yo lo capturamos. Técnicamente, fue Kos­lovsky quien lo hizo; él es comisario, tiene una estrella. Y como te dije, empezó a cantar desde antes que llegá­ramos a la comandancia. Y eso fue el final. Pero antes que continúe, Ed. ¿Volvió a llamarte Bassett mientras estabas en la oficina? ¿No han capturado a Sohl?

—Sí a la primera pregunta, no a la segunda —dije.

Le relaté que habían sido encontrados dos mil dó­lares en el cuarto de Blackie y las deducciones que hice, a partir de ese hecho, del motivo de Sohl para haber lle­vado una pistola cuando fue a ver a Blackie y cómo debió suceder el asesinato. Tío Am movió la cabeza afir­mativamente.

—Probablemente tienes razón, muchacho, excepto por una pequeña corrección. Schwarz entregó a Blackie tres mil dólares, para que los diera a Sohl; se suponía que esa sería su paga. Blackie debió darle uno de a mil y retuvo los otros dos.

—Así tiene más sentido —admití—. Si Sohl recibió en realidad uno de a mil en efectivo, puedo comprender que haya esperado tanto como lo hizo. Si no hubiera reci­bido ningún dinero, habría visitado a Blackie con una pistola mucho antes. Muy bien, continúa. ¿Cómo se pla­neó el asesinato?

—Bastante bien, para ser una operación precipitada. Schwarz fue quien la proyectó, por supuesto. Blackie y Sohl fueron a Freeland en automóviles diferentes. Blackie rentó uno y Sohl utilizó el de su propiedad. Tenían que estar en sus lugares a las ocho. Blackie estaba estacionado al otro lado de la calle del punto en que fue atrope­llado Rogers, dirigido hacia el este. Sohl se encontraba estacionado al lado opuesto y dirigido hacia el oeste, más allá de la casa de Rogers.

"A las ocho en punto, Schwarz llamó, a Rogers por teléfono. Dijo que tenía algo importante de qué hablarle y preguntó si Rogers podía ir a verlo por un momento. Explicó que él caminaría hasta la casa de los Rogers, pero que su hombro estaba doliéndole, lo cual era razona­ble que sucediera, tan poco después del accidente, aun­que ya se había presentado a trabajar. Y por supuesto, Rogers contestó que estaba bien, que iría. Él pensó pro­bablemente, que también Schwarz había descubierto algo irregular o desacostumbrado en la oficina y que era de eso lo que deseaba hablarle. Y Schwarz sabía que Jason iría caminando, pues la distancia era corta y él no acos­tumbraba conducir un carro, en lugar de pedir a su hija que lo llevara. Y eso fue lo que hizo, por supuesto... o comenzó a hacer al salir.

—Espera un minuto —dije—. ¿Cómo supo que Rogers no diría a Wanda a dónde iba?

—No lo supo. Pensó que posiblemente lo haría, como posiblemente lo habría hecho realmente, si Wanda hu­biese estado en la casa y hubiera oído la llamada tele­fónica, en lugar de estar en el garaje. Pero eso no im­portaba. Si hubiera dicho a Wanda a dónde iba, Schwarz tenía preparada una buena razón, para explicar poste­riormente por qué llamó a Rogers y de qué deseaba hablarle. Y como sucedió, tuvo una mejor oportunidad.

"Cuando Rogers salió y se encaminó a casa de Schwarz, y sólo podía haber caminado en una dirección, Sohl puso en marcha su automóvil y lo siguió lentamente, mante­niéndose a una distancia apropiada detrás de él, con las luces apagadas. Cuando Rogers llegó al punto frente al cual estaba estacionado Blackie, éste lo llamó... por su nombre. Ni Schwarz supo exactamente lo que dijo o preguntó su hermano, pero fue algo que hizo que Rogers empezara a cruzar la calle hacia el carro de Blackie, para ver quién era el que lo llamaba y qué quería.

"Y cuando estuvo a una distancia suficiente de la banqueta, Sohl aceleró el motor y encendió las luces para cegar a Rogers e iba cuando menos a cincuenta kilóme­tros por hora, cuando lo arrolló.

"Y todo funcionó perfectamente..., o casi perfecta­mente. Se suponía que debía pasar por un accidente de "pega y huye". Pero el impacto, o los neumáticos del automóvil de Sohl al pasar sobre el cuerpo, lo hicieron soltar el volante y se estrelló contra un árbol. Solamente Blackie escapó, en lugar de que pudieran hacerlo ambos, pero Jules lo hizo inmediatamente y con bastante rapi­dez, de modo que había dado vuelta a la esquina, cuando Wilkins salió corriendo de su casa. Sí, la señora Wilkins oyó el motor de otro carro, después del sonido del choque; fue el del automóvil en que huyó Blackie. Y como éste no tenía que entrar a trabajar hasta las nueve, llegó a tiempo.

"¿Hay algo más? Oh, sí, los robos. O el robo en su casa y el registro de su cuarto, Wanda. Schwarz sabía que Rogers se había llevado a casa esos cheques y los otros papeles y si podía apoderarse de ellos para destruirlos, estaría mejor. Quizá los papeles no lo habrían implicado precisamente, pero hubieran arrojado sospechas sobre él. Se volvió hacia Wanda.

—Wanda, ¿tengo que preguntarle qué sucedió con esos cheques y esos papeles? ¿O ya se lo dijo a Ed?

—Ya me lo dijo —contesté rápidamente—. Adelante.

—Fue Blackie quien robó en su casa, la primera vez que usted salió durante un tiempo considerable... y por supuesto, Schwarz no sabía que la policía había hecho un registro el día anterior. Pero..., no preguntamos esto a Schwarz, ¿hubo alguna forma en que haya podido saber que usted estaría ausente todo el día o cuando menos la mayor parte de él?

Wanda movió la cabeza afirmativamente.

—El primer lugar en que me detuve ese día, fue la oficina de papá. No vi a Schwarz, pero hablé con el señor Tinsley, el administrador de la oficina; lo conocía bastante bien. Le pedí que me diera sugestiones de luga­res a donde debía ir, de personas a quienes debiera ver, para buscar un empleo. Y él supo que estaría haciendo eso durante todo el día. Pudo haber comentado con Wilbur Schwarz que estuve allí y el resto de lo que sabía.

—Y fue Sohl quien registró su cuarto, Wanda, des­pués de que Blackie se hizo amigo de usted y cuando la llevó al cine, para asegurarse de que estaría ausente. Eso fue poco después del primer trabajo, así que Sohl todavía no estaba encolerizado realmente con Blackie porque no le había dado aún todo el dinero.

—Eso explica la diferencia en técnica entre el robo de la casa y el registro de la habitación de Wanda —dije—. Pero hay una cosa que no comprendo, tío Am. Si Wanda había encontrado esos cheques y esas órdenes de pago, los habría entregado a la policía o los hubiera destruido, ¿no es cierto? Entonces, en caso de que no los hubiese hallado puedo ver la razón de la violación de domicilio. Pero, ¿por qué registraron su cuarto? Si los hubiera tenido anteriormente, habría hecho una u otra cosa con ellos. Entonces, ¿qué razón tuvo el registro?

—Schwarz es un tipo cuidadoso y existía una tercera posibilidad, Ed. Podría tenerlos y estar dudosa; temerosa de entregarlos, por si implicaban definitivamente a su padre, cerrando el caso en su contra. Temerosa de destruirlos, por si pudieran ser algo que demostraría su ino­cencia; esperando ver hacia dónde saltaba el gato. Bueno, estoy muriéndome de hambre. ¿Ya comieron?

No habíamos comido y también nos estábamos murien­do de hambre. Eran casi las tres y ninguno de nosotros había comido. Decidimos que deseábamos algo más que em­paredados y que iríamos al mejor restaurante que estu­viera cerca. Y lo hicimos.

—Ed, ordena por mí —dijo tío Am—. Llamaré a Bassett. Tengo curiosidad respecto a Sohl.

Así que ordené para él algo que sabía que le gusta­ría y regresó y se sentó con nosotros.

—Capturaron a Sohl —anunció—. No ha hablado toda­vía, pero eso no importa. Lo tienen frío por los dos ase­sinatos. El de Freeland, por la confesión de Schwarz; y el de Blackie, porque ni siquiera se había deshecho de la pistola. Una treinta y dos con una cámara descargada y un cartucho vacío. Sin contar con que la señora Czerny podrá identificarlo. Si no pueden freírlo por un asesinato, lo harán por el otro. ¿Qué ordenaste para mí, Ed?

—Chuletas de cerdo, fritas. ¿Está bien?

—Mejor serían si no hubiera hablado de freír. Wanda, ¿qué va a hacer ahora? Quiero decir, ahora que todo está arreglado y que las propiedades de su padre pasarán a sus manos.

Contestó que iba a tomarse un tiempo para llegar a una decisión. Ahora que sus propiedades estaban en sus manos y que podía obtener dinero por ellas, no se vería urgida por la necesidad de conseguir efectivo rápidamente y no quería seguir siendo cigarrera; no era un tipo de trabajo con un futuro. Por supuesto, daría al señor Cavallo el tiempo necesario para que encontrara otra muchacha. Por otra parte, no deseaba volver al colegio y tratar de recobrar el tiempo perdido. El curso que había tomado solamente la capacitaba para ser pianista o pro­fesora de música y no quería ser ni una ni otra cosa. Se tomaría probablemente su tiempo para encontrar otro empleo y ya que el sueldo inicial no importaba mucho ahora, buscaría un trabajo que la condujera a una carrera que le gustase. Ambos estuvimos de acuerdo en que eso parecía lógico.

Pensé algo y dije:

—Un cabo suelto. Todavía no comprendo por qué reaccionó Blackie tan violentamente ante mis relaciones con Wanda y por qué no quería que saliera con ella. Aun cuando él mismo estuviera tratándola como una hermana. ¿O exageraste un poco respecto a eso, Wanda?

Wanda movió la cabeza.

—No, es verdad. Nunca trató de abrazarme o de be­sarme.

—Nunca lo sabremos —dijo tío Am—, pero puedo tra­tar de adivinarlo. Se enamoró realmente de ella, pero con un complejo de adoración lejana. Los tipos duros pueden tener puntos blandos en algunos lugares y Wanda halló uno de ellos. La puso en un pedestal y la vio como una diosa, demasiado hermosa y pura para ser tocada aun por él, ya no digamos por otro. Entonces, ya sea que lo llamen celos, o deseos de protegerla, o una mezcla de ambas cosas.

Se encogió de hombros y se interrumpió, mientras el mesero empezaba a traernos la comida. Comimos hasta hartarnos.

Entonces, tío Am dijo:

—Escuchen, tengo una idea. Prometí a Frank Bassett que iría a rendir declaración y a informarlo de los pun­tos que no sabe todavía. Y también desea hablar con­tigo, Ed, pero lo convencí de que aguarde hasta mañana.

"Entonces, ¿por qué no lo celebran ustedes dos? Han estado hablando de tocar duelos de piano y trombón. Y en Freeland hay un piano de medio concierto que ahora es suyo nuevamente, Wanda. ¿Por qué no van y tocan? Compren una botella en el camino, si no hay licor allá.

—Hay un poco —dijo Wanda—. Me parece maravi­lloso. ¿Y a ti, Ed?

Contesté que me parecía mucho más que maravilloso.

Cuando salimos del restaurante, detuve un taxi. Wanda y yo subimos a él y di la orden al chofer. Pero, antes de que partiera el vehículo, tío Am se acercó a la orilla de la banqueta y nos gritó:

—Diviértanse, muchachos. Ed, no olvides tu trombón.

Reí y esperé hasta que el taxi dio vuelta en una esquina y estuvo fuera del campo visual de tío Am, antes de inclinarme hacia adelante y cambiar mis instrucciones al chofer, dándole la dirección de la casa de la señora Brady y diciéndole que se detuviera allí un minuto, antes de llevarnos a Freeland.

Había olvidado mi trombón; o lo habría olvidado, si tío Am no me lo hubiese recordado. Pero nunca se lo diría.

 

 

FIN

 



[1]  Loop. El centro del Chicago viejo, en que las calles no son rectas, sino curvas. (N. del T.)